Aún recuerdo los días que pasaron pero que – quiero creer - quedaron grabados en mi mente, quizá, eternamente.
Empezamos, así, como si nada. – Oe, ¿viste al cobrador ese? Pucha que tiene poderes que nunca había imaginado. – Jaja, lo sé lo sé, ¿por qué no haces tu trabajo final sobre el Transporte Público en Lima?
Una amistad que nació a partir de un viaje de 55 minutos en un conocido bus local. Ambos, burlándonos de todo, del joven que quería pagar su medio pasaje con su carné de postulante, de la chica que seducía al cobrador para no pagar pasaje, y de las maravillas del sujeto que grita ¡Pasaje, pasaje! en su intento de cobrar el traslado de las personas. Así te conocí.
Pasamos momentos inolvidables. Comprábamos tragos de todo tipo: de 4, 5, 6 soles, no importaba, en nuestra mente solo analizábamos como una amistad surgió así de repente, sin que nadie lo pidiera ni obligara.
Pero en qué cabeza cabía que algún día todo se iría a la basura. ¿Cómo? Hasta ahora busca la respuesta y sufro para encontrarla. Llevo conmigo, hasta ahora, ese peso.
Quienes nos rodean día tras día nos cuestionan: Pero puta huevón, si eran tan amigos, ¿qué paso? Ayúdame a responder. Apuesto a que ni tú lo sabes.
Quizá fueron celos, tal vez escuchaste palabras que nunca salieron de mi boca, probablemente fue la falta de comunicación, o quién sabe, simplemente viste en mí algo que nunca demostré.
Vivimos más de un año sintiendo rencor, nos mirábamos y no nos reconocíamos. Hablábamos y no nos entendíamos. Sonreíamos, pero no reíamos. Nos dábamos la mano, pero no teníamos contacto. Éramos un par de desconocidos qué sabían muy bien la vida del otro.
Ambos teníamos claro que ya todo había terminado, mi orgullo y el tuyo podían más que nuestras voluntades. Ninguno de los dos hacíamos ni el menor esfuerzo para arreglar algo que lo dábamos por perdido.
Pero esa historia de la noche a la mañana dio un giro inesperado. Mientras revisaba mi correo electrónico, como todas las noches, vi un mensaje en el cual alguien me pedía disculpas. Eras tú maricón, eras tú. Sin embargo, dudé en responder. ¿Valdría la pena? Aunque por mi mente solo pasaba la interrogante de por qué te disculpabas. ¿Qué fue lo que te impulsó hacerlo?
Te respondí. Entre bromas y recuerdos hubo una cuasi reconciliación, surgió una amistad virtual, por eso mismo dudaba en que fuera verdad. Total, en aquel momento podríamos ser los mejores amigos pero al día siguiente, al cruzarnos, ¿qué pasaría? Era más que obvio. Al día siguiente éramos los mismos idiotas con sentimientos reprimidos. Ambos nos ignorábamos.
Me invitaron a una reunión, cualquier escusa es buena para tomar un trago. Como en su momento ambos pertenecimos al mismo grupo de amigos, era casi evidente que me lo encontrase ahí, y mi instinto no falló.
Estabas fumando parado como siempre, compartíamos el mismo trago, el mismo vaso, el mismo encendedor, y quizá el mismo pensamiento. Sabía que querías hablar conmigo pero yo no te lo diría.
Luego de varias combinaciones extrañas, me dijiste: -Ya ven mierda, quiero decirte algo. Muy obediente yo, te seguí.
Abriste muy ampliamente tu corazón y me permitió comprender lo que significa la amistad. En tan pocos minutos de conversación me hiciste recordar cada momento que compartimos juntos. ¡Fuck! Eres un huevón. Y fue por eso que te di un golpe, tal vez haya sido sin motivo lógico, pero tuve la necesidad de hacerlo.
Pero nuevamente me hice a la idea de que todo quedará en ese momento. Es que simplemente pienso que nos podemos amistar mil veces, pero al salir el sol nuestros cerebros son reprogramados para odiarnos nuevamente. ¿Qué pasa con nosotros? Por qué no podemos sobrellevarlo y listo, fin del problema. Por qué no podemos vivir como normales, hablarnos como normales, o saludarnos como normales.
Pero hoy, no quiero una amistad normal. ¿Será mucho pedir una amistad un poco anormal pero para siempre?
Es que simplemente, nosotros no somos normales. Somos amigos un poco cobardes.
EB
domingo, 21 de marzo de 2010
domingo, 14 de marzo de 2010
Los ojos de la bestia
Esto no es real, es un sueño. Solo es cuestión de esperar a que despierte, y me aleje de esta oscuridad. Todo se ve tan diferente, más tétrico, sombrío, de un atmosfera perversa. Tengo mucho miedo, quiero gritar, pero no puedo. Alguien me observa, lo sé. Su mirada brilla ante esta neblina de sombras, que rodea mi habitación.
Este es uno de los párrafos de la carta que escribió Fiorella Melisa Reyes Bazán, antes de su extraña muerte. La madre de la joven de dieciocho años, fue a levantar a su hija a las siete de la mañana, para que pueda alistarse para ir a la universidad, pero se llevó una terrible sorpresa, al ver su cuerpo, regado por todo el cuarto, la habitación llena de sangre, y un escrito en la pared, que decía: “Dios te salve María”.
El principal sospechoso del asesinato fue Patricio Alessandro Hermoza Palomino, el enamorado de Fiorella, ya que según Pilar Karina Reyes Bazán, la hermana menor de la víctima, había sido testigo en más de una oportunidad, que Patricio se metía al cuarto de Fiorella por la ventana de su habitación, pasaban la noche juntos, y luego se iba temprano. La pequeña niña de doce años, nunca delató a su hermana, hasta ese día, creyendo haber encontrado al asesino.
Patricio pasó un mes detenido, pero debido a la falta de pruebas en su contra, las autoridades lo soltaron. Se dice que el joven de veinte años, fue internado en un centro psiquiátrico, ya que decía escuchar la voz de Fiorella, a toda hora, repitiendo la misma oración, una y otra vez: “Quiere mi alma, ayúdenme”.
Han pasado ocho meses, y aún no se encuentra al culpable. No hay huellas, ni rastros que ayuden a encontrar a algún posible asesino. Ha habido infinidades de sospechosos, incluso al padre de Fiorella, también se le consideró como uno. El señor Ignacio Francisco Reyes Chiri, que se había negado a hablar con la prensa, a dar una entrevista con algún medio, rompió su silencio ayer por la noche, gracias a la empatía que se generó con el periodista Jossué Rojas, fiel investigador del caso.
Debí prestarle más atención a mi hija. Un día antes de su muerte, me pidió que la arropara, y que le diera las buenas noches. Sentí mucha ternura, Fiorrella ya no era una niña, pero desde que comenzó a tener esas pesadillas (6 días antes de su muerte), su actitud variaba. Había momentos en que se ponía toda una adolescente rebelde, diciendo que quería irse de la casa, alegando que había algo extraño, o alguien, que no dejaba de observarla por las noches, y otros, en que me miraba con un semblante triste, rogándome que duerma a su lado. Volviendo al instante en que le di las buenas noches a mi hija por última vez, ella me dijo algo que nunca olvidaré. Aunque quizá para muchos les parezca sin sentido esas palabras, las mencionaré: “Recuerdas que me dijiste hace uno días que no le haga caso a esta pesadilla continua, que aunque no lo pueda ver, Dios está en mi habitación…Papá, hay alguien más, que quiere entrar a mi habitación, pero a este, lo puedo ver a los ojos”.
El extraño asesinato de Fiorella, no solo conmocionó a la familia Reyes, si no, al mundo entero. La señora Carolina Diana Bazán Quiroz, después de divorciarse del padre de sus hijas, decidió darnos la primicia que tanto esperábamos. La desesperación de no encontrar lógica al terrible asesinato, hizo que mostrara la carta que encontró aquella fatal mañana, junto al cadáver de Melissa, así la llamaba ella, por su segundo nombre.
Tengo miedo, no dejo de rezar. “Dios te salve maría, llena eres de gracia”. Me gustaría ir corriendo a la habitación de mis padres, pero alguien cuida la salida.
Esto no es real, es un sueño. Solo es cuestión de esperar a que despierte, y me aleje de esta oscuridad. Todo se ve tan diferente, más tétrico, sombrío, de un atmosfera perversa. Tengo mucho miedo, quiero gritar, pero no puedo. Alguien me observa, lo sé. Su mirada brilla ante esta neblina de sombras, que rodea mi habitación.
Esta es la sexta vez que veo esos ojos hambrientos, que me asechan en la oscuridad. Brillan como estrellas, me hipnotizan, me adormecen. Qué está esperando para entrar a mi cuarto, me pregunto. Que venga y me devore, así podré despertar de una vez.
Son las tres la mañana, escribo a oscuras, no sé como lo puedo lograr. Estamos seis de junio del dos mil seis, y sudando de miedo, espero el amanecer.
No entiendo que pretende este ser, no sé casi nada de él, tan solo que tiene varios nombres, lo he llamado de muchas formas, y en todas, parece sentirse aludido. Quizá debí preocuparme más por esto, y no engañarme diciéndome que solo es una pesadilla. Tal vez yo sea el principio de un cambio, del cual, no haya marcha atrás.
“Dios te salve María, llena eres de gracias, el señor es contigo”.
!He visto a la bestia, se está acercando! Sus ojos son grandes, de un color muy similar al amarillo. Siento su entusiasmo. Mi cazador ya no podía esperar más, ansía tanto devorar mi carne, y hacerme pedazos. Debería correr y dejar de escribir, pero persisto. Tiene cuernos de cordero…
La carta estaba manchada con sangre, al parecer, la pobre Fiorella, no pudo terminarla, ya que algo, o alguien, la atacó.
Jossué Rojas, renunció al medio de prensa donde trabajaba, un mes después de la publicación de esta carta.
Ha pasado un año exactamente, y el caso aún sigue abierto. A pesar que Jossué, declaró en una entrevista exclusiva, que sabía quién era el asesino, pero que tenía miedo a decirlo sin rodeos, así que solo se limitó a mencionar lo siguiente:
Nosotros somos los culpables de la muerte de Fiorella. Gracias a nuestros pecados, se le ha permitido a la bestia salir a cazar. “El que sea inteligente, que interprete la cifra de la bestia. Es la cifra de un ser humano, y su cifra es 666” (Apocalipsis 13, versículo 18).
Jhonnattan Arriola
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