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miércoles, 20 de julio de 2011

Las flores de Fiorella

Sólo se trata de mirar más allá de tus ojos. Quizá lo encuentres, lo anheles y lo ames. Pero recuerda: nada es para siempre. Nada.

Eran las 6:47 a.m. cuando recibió la llamada de Claudia.

- ¿Sabes la hora qué es? – Preguntó Emilio.

- ¡¡Emilio!! Levántate rápido, no sabes lo que pasó – Le dijo.

- ¿Qué pasa? – le respondió con voz de sueño.

- La mamá de Gabriela acaba de llamar. ¡Fiorella despertó!

- ¿Cómo que despertó? – Respondió Emilio atónito - ¿Cuéntame qué te dijo?

- No me contó mucho, estaba muy emocionada.

- Mierda ¡¡Por fin!! Voy para tu casa y salimos para el hospital. Alístate – Colgó.

Fiorella era la mejor amiga de Emilio desde que tenían 7 años. Se conocieron en la inauguración de la clínica dental de su mamá. Fueron inseparables. Pareja de promoción de primaria, también en quinto de secundaria. Para su cumpleaños número 15 gastó todos los ahorros para comprarle una esclava de plata con sus nombres en ella, acompañados por una frase: “Sin ti mi mundo sería un desierto. Feliz cumpleaños Fio”.

Fue ella quien le presentó a Claudia, quien comenzó siendo su compañera de asiento en la Universidad y ahora andaban los tres de un lugar a otro.

- Claudia estoy a una cuadra, sal de una vez que no voy a estacionarme – le dijo por celular.

La conmoción de que Fiorella, su Fiorella, haya abierto los ojos nuevamente después de una semana y media lo ponía nervioso y muy angustiado. La impotencia de saber que durante ese tiempo él, quien juró protegerla por siempre, no podía hacer nada tan sólo esperar le hacía perder la paciencia y entraba en depresión con facilidad. Pero las cosas estaban cambiando.

- Emilio, maneja tranquilo, Fiorella no se moverá. Es más estoy segura de que nos debe estar esperando con una gran sonrisa. Por cierto, que hermosas flores le compraste, te deben haber costado un montón de plata.

- Lo suficiente – respondió sonriendo.

- ¿Puedo leer la notita?

- ¡No! – gritó él y le arrancó el papel.

Llegaron al hospital. Presentaron sus documentos y corrieron hasta el área de emergencias. Una enfermera rechoncha y poco agraciada les dio la bienvenida. Preguntaron por Fiorella Correa y les indicó el camino.
Al fondo del corredor ubicaron a su madre. La saludaron, se dieron un fuerte abrazo y les agradeció que hayan llegado.

- Despertó ayer en la noche, el doctor dijo que sólo necesita unos días de reposo y un poco de terapia. El accidente en el carro de Raúl fue muy fuerte pero no más que mi pequeña – dijo su madre.

Claudia asintió dibujando una sonrisa de oreja a oreja. - ¿Vamos? – le preguntó a Emilio señalando la puerta de la habitación de Fiorella.

- Anda tú primero, prefiero esperar un poco más antes de entrar…

- Qué raro eres, primero estabas desesperado por llegar y ahora prefieres esperar… bueno yo no aguanto más, entraré. Le llevo tus flores si quieres… – Al ver el gesto de rechazo de Emilio, abrió la puerta lentamente y entró a la habitación con saltos demostrando mucha alegría.

Emilio se dirigió a la mamá de Fiorella que estaba sentada al lado de la máquina de café.

- ¿Qué fue lo primero que dijo cuando abrió los ojos? – le preguntó poniendo las flores encima de sus piernas.

- Me vio y empezó a llorar, a llorar mucho. La abracé y quedamos un rato en silencio. La llené de besos e intenté calmarla.
- Pobre… ¿Hablo de mí?

- Me preguntó por Raúl…

- Ese infeliz, Fiorella no se merecía a alguien como él. Qué poco hombre para irse y dejarla abandonada inconsciente. Si lo tuviera en frente lo mataría al hijo de puta.

- Creo que sería muy doloroso para ella saber que fue abandonada por la persona que más amaba. Nadie sabe su paradero.

Claudia salió de la habitación. Estaba llorando.

- ¿Qué pasó? – preguntó Emilio extrañado

- Me siento terrible mintiéndole, no sé cómo explicarle lo de Raúl. – Fue hacia él y lo abrazó. – Ve, te está esperando… - añadió.

Cogió las flores, tocó la puerta antes de entrar y abrió el pestillo. La vio postrada en la cama, con tubos y cables a su alrededor. Una lágrima rodó sobre su mejilla y fue corriendo a abrazarla. Fue un largo abrazo quizá demostrando todo lo que sentía por ella durante sus 13 años de amistad.

Agarró una silla y se sentó al lado suyo. Acarició su mejilla y besó su mano.

- ¿Crees que ya estés lista para ir a montar bicicleta?
Ella sonrió, pero fue una sonrisa triste.

- ¿Qué pasa, Fio? – le preguntó con ternura.

- Raúl… eso pasa. Nadie me da razón de él. – Derramó lágrimas y continuó – Quisiera saber si está bien, si piensa en mí… quisiera que esté aquí, a mi lado.

- No llores preciosa… – Bajó la cabeza, miró las flores. Lo pensó varios segundos.

- ¿Qué ves? - Le preguntó ella

– Toma, esto te lo manda Raúl, hable con él antes de venir.

- ¿En serio? – lo miró sonriendo mientras sostenías las flores con una mano y la nota en la otra.

Se levantó de la silla, le dio un beso en la frente y se acercó a la puerta. Volteó, la miró y le sonrió. Salió de la habitación. Su cuerpo apoyado del otro lado de la puerta poco a poco iba deslizándose hasta caer en el suelo. Recogió sus piernas y empezó a llorar.

Querida Fiorella:

Qué alegría saber que ya estás mucho mejor. Cuando me enteré no dudé en salir a comprarte estas flores, sé que son tus preferidas. Lamento no haberte protegido como alguna vez te lo prometí. Lamento haber sido un idiota y haberte expuesto a tantos peligros. Lamento que no sepas nada de mí hasta el día de hoy, después de una semana y media. Lo remediaré, lo juro.

Una cosa más:

Te amo Fiorella, te amo demasiado.

- ¿Raúl? – Dudó Fiorella mirando las flores. Las abrazó y volvió a cerrar los ojos.