Mostrando entradas con la etiqueta adiós al amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta adiós al amor. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de octubre de 2011

Nada de narajanas, nada de gemelas

Autora invitada: Raquel Foinquinos

Siempre pensé que encontraría al amor de mi vida y todo sería muy fácil. "El amor de mi vida"... precisamente compenetrados para coordinar en todos los niveles, hasta cuando nos enojáramos. 

Había llegado a mí la astrología de Rodolfo Hinostroza. Encontrar a mi perfecto opuesto con el que me sentiría atraída desde el primer momento: necesitaría a alguien que tenga Venus o Marte en Virgo, o que sea Acuario o Escorpio... luego de un tiempo me permití desencasillarme y redefinir. 

Que sea mi perfecto opuesto no quiere decir que sea el amor de mi vida. No. Conocí a una persona así, lo conocía desde hace 6 años y mientras practicaba la astrología enseñada, logré averiguar todos sus datos, como era mi amigo fue fácil. 


En ningún momento he sentido atracción alguna por él, entonces comencé a estudiar más a profundidad la situación. Mi conclusión fue que no existía tal alma gemela, complemento perfecto, etc. Lo más perfecto que puede existir no es algo perfecto en sí. Se nos enseña eso del complemento perfecto, el alma gemela y se nos hace dependientes afectivamente. Mitad y mitad, uno y uno que hacen dos. No lo sé. 

No. Mi media naranja, mi complemento perfecto, mi alma gemela soy yo, yo y todas mis otras yo, somos las perfectamente complementarias. Y así me encontré, sentada frente a un espejo mirándome a los ojos y conociéndome. Alejandro Jodorowsky dice que tenemos 80 000 almas gemelas regadas en el mundo, que a cada uno de nuestros cambios le corresponde un alma gemela. Tiene razón. Al final, yo soy tú y todos los demás. Entonces, ¿cómo encuentro al amor de mi vida? 

Supongo que el amor de mi vida sería mi compañero eterno; con el que, por decirlo de alguna manera, mientras vamos evolucionando independientemente coincidimos más veces; que su simple existencia me ponga contenta; que nuestros caminos se crucen sin querer; que uno y uno hagan Uno con el universo entero.

Creo que la independencia en el ser, para encontrar al amor de mi vida, es el requisito más importante. Y que afloremos en el otro el deseo de compartirle lo que somos a los demás. Todo eso en líneas generales. Los proyectos, principios, y más cosas personales que coinciden o se complementan serían los detalles y claro que no espero a un amor perfecto y sin problemas ni etapas.

Típicamente, se dice que soy muy joven para encontrar al amor de mi vida. No creo en lo que dice la gente que debe ser.

En realidad, creo que todo lo escrito acá será completamente irrelevante para lo que sucederá. No se puede conceptualizar el amor, definirlo, encasillarlo en una forma correcta de encontrarlo. Aún así lo estoy haciendo, aunque sé que no debería. 

Estas palabras son nada comparado a lo que puedo sentir. Soy feliz cuando lo veo sonreír, cuando lo veo reír. A él le quisiera dar mi vida entera, quisiera ser su fiel pastel de cumpleaños y que me coma cada año (hasta que cumpla infinitos años), y curarlo de la vida cuantas veces se requiera. Tener una casa y que seamos padres de muchos hijos. Igual, mis deseos poco harán con la realidad por el momento. Él ahora camina por otro sendero, parecido al mío quizás, pero alejado de mí. No lo quiero poseer, no lo quiero tener, no quiero ser su novia, aún así lo sigo admirando, respetando y cada día siento que lo amo mejor. 

Dicen que una pareja está compuesta de alguien que ama más y alguien que ama mejor, y no hay nada malo en eso, así funciona. De seguro yo soy la que ama más, lo malo es que cuando no estás bien contigo mismo, te jodes. Prácticas autosabotage (léase en francés). Cuántas veces lo habré hecho con nosotros, cuántas veces lo habremos hecho con nosotros. Cometemos el error de meternos en una relación, de decir "te amo", cuando ni si quiera estamos amándonos a nosotros mismos, cuando ni si quiera nos aceptamos, cuando aún proyectamos nuestros miedo en el otro. 

Si algo he concluido sin lugar a dudas este tiempo es que los problemas que tengas en una relación de pareja con la otra persona, no son problemas de esa persona, son problemas tuyos que sueles proyectar. Algunos dirán que soy una cojuda, pero yo estoy convencida de una sola cosa: Yo al amor de mi vida ya lo he encontrado, solo es cuestión de ser paciente. Lo bueno toma tiempo, se tienen que construir los cimientos.

Amar es estar contento con la simple existencia del otro, así de simple.

miércoles, 20 de julio de 2011

Las flores de Fiorella

Sólo se trata de mirar más allá de tus ojos. Quizá lo encuentres, lo anheles y lo ames. Pero recuerda: nada es para siempre. Nada.

Eran las 6:47 a.m. cuando recibió la llamada de Claudia.

- ¿Sabes la hora qué es? – Preguntó Emilio.

- ¡¡Emilio!! Levántate rápido, no sabes lo que pasó – Le dijo.

- ¿Qué pasa? – le respondió con voz de sueño.

- La mamá de Gabriela acaba de llamar. ¡Fiorella despertó!

- ¿Cómo que despertó? – Respondió Emilio atónito - ¿Cuéntame qué te dijo?

- No me contó mucho, estaba muy emocionada.

- Mierda ¡¡Por fin!! Voy para tu casa y salimos para el hospital. Alístate – Colgó.

Fiorella era la mejor amiga de Emilio desde que tenían 7 años. Se conocieron en la inauguración de la clínica dental de su mamá. Fueron inseparables. Pareja de promoción de primaria, también en quinto de secundaria. Para su cumpleaños número 15 gastó todos los ahorros para comprarle una esclava de plata con sus nombres en ella, acompañados por una frase: “Sin ti mi mundo sería un desierto. Feliz cumpleaños Fio”.

Fue ella quien le presentó a Claudia, quien comenzó siendo su compañera de asiento en la Universidad y ahora andaban los tres de un lugar a otro.

- Claudia estoy a una cuadra, sal de una vez que no voy a estacionarme – le dijo por celular.

La conmoción de que Fiorella, su Fiorella, haya abierto los ojos nuevamente después de una semana y media lo ponía nervioso y muy angustiado. La impotencia de saber que durante ese tiempo él, quien juró protegerla por siempre, no podía hacer nada tan sólo esperar le hacía perder la paciencia y entraba en depresión con facilidad. Pero las cosas estaban cambiando.

- Emilio, maneja tranquilo, Fiorella no se moverá. Es más estoy segura de que nos debe estar esperando con una gran sonrisa. Por cierto, que hermosas flores le compraste, te deben haber costado un montón de plata.

- Lo suficiente – respondió sonriendo.

- ¿Puedo leer la notita?

- ¡No! – gritó él y le arrancó el papel.

Llegaron al hospital. Presentaron sus documentos y corrieron hasta el área de emergencias. Una enfermera rechoncha y poco agraciada les dio la bienvenida. Preguntaron por Fiorella Correa y les indicó el camino.
Al fondo del corredor ubicaron a su madre. La saludaron, se dieron un fuerte abrazo y les agradeció que hayan llegado.

- Despertó ayer en la noche, el doctor dijo que sólo necesita unos días de reposo y un poco de terapia. El accidente en el carro de Raúl fue muy fuerte pero no más que mi pequeña – dijo su madre.

Claudia asintió dibujando una sonrisa de oreja a oreja. - ¿Vamos? – le preguntó a Emilio señalando la puerta de la habitación de Fiorella.

- Anda tú primero, prefiero esperar un poco más antes de entrar…

- Qué raro eres, primero estabas desesperado por llegar y ahora prefieres esperar… bueno yo no aguanto más, entraré. Le llevo tus flores si quieres… – Al ver el gesto de rechazo de Emilio, abrió la puerta lentamente y entró a la habitación con saltos demostrando mucha alegría.

Emilio se dirigió a la mamá de Fiorella que estaba sentada al lado de la máquina de café.

- ¿Qué fue lo primero que dijo cuando abrió los ojos? – le preguntó poniendo las flores encima de sus piernas.

- Me vio y empezó a llorar, a llorar mucho. La abracé y quedamos un rato en silencio. La llené de besos e intenté calmarla.
- Pobre… ¿Hablo de mí?

- Me preguntó por Raúl…

- Ese infeliz, Fiorella no se merecía a alguien como él. Qué poco hombre para irse y dejarla abandonada inconsciente. Si lo tuviera en frente lo mataría al hijo de puta.

- Creo que sería muy doloroso para ella saber que fue abandonada por la persona que más amaba. Nadie sabe su paradero.

Claudia salió de la habitación. Estaba llorando.

- ¿Qué pasó? – preguntó Emilio extrañado

- Me siento terrible mintiéndole, no sé cómo explicarle lo de Raúl. – Fue hacia él y lo abrazó. – Ve, te está esperando… - añadió.

Cogió las flores, tocó la puerta antes de entrar y abrió el pestillo. La vio postrada en la cama, con tubos y cables a su alrededor. Una lágrima rodó sobre su mejilla y fue corriendo a abrazarla. Fue un largo abrazo quizá demostrando todo lo que sentía por ella durante sus 13 años de amistad.

Agarró una silla y se sentó al lado suyo. Acarició su mejilla y besó su mano.

- ¿Crees que ya estés lista para ir a montar bicicleta?
Ella sonrió, pero fue una sonrisa triste.

- ¿Qué pasa, Fio? – le preguntó con ternura.

- Raúl… eso pasa. Nadie me da razón de él. – Derramó lágrimas y continuó – Quisiera saber si está bien, si piensa en mí… quisiera que esté aquí, a mi lado.

- No llores preciosa… – Bajó la cabeza, miró las flores. Lo pensó varios segundos.

- ¿Qué ves? - Le preguntó ella

– Toma, esto te lo manda Raúl, hable con él antes de venir.

- ¿En serio? – lo miró sonriendo mientras sostenías las flores con una mano y la nota en la otra.

Se levantó de la silla, le dio un beso en la frente y se acercó a la puerta. Volteó, la miró y le sonrió. Salió de la habitación. Su cuerpo apoyado del otro lado de la puerta poco a poco iba deslizándose hasta caer en el suelo. Recogió sus piernas y empezó a llorar.

Querida Fiorella:

Qué alegría saber que ya estás mucho mejor. Cuando me enteré no dudé en salir a comprarte estas flores, sé que son tus preferidas. Lamento no haberte protegido como alguna vez te lo prometí. Lamento haber sido un idiota y haberte expuesto a tantos peligros. Lamento que no sepas nada de mí hasta el día de hoy, después de una semana y media. Lo remediaré, lo juro.

Una cosa más:

Te amo Fiorella, te amo demasiado.

- ¿Raúl? – Dudó Fiorella mirando las flores. Las abrazó y volvió a cerrar los ojos.








domingo, 10 de julio de 2011

Cuando inicie un nosotros

De enero a diciembre afloran las situaciones inversas cuando uno menos lo espera. Es momento de tomar decisiones aunque a veces nos preguntamos si es o no la correcta. Las luces se apagan y la claridad se disuelve cada vez más. Uno gira y un mundo vira, y es que cada uno de nuestros actos marca un nuevo punto de partida. El final no tiene fin, es un comienzo para algo que nos llevará a un inicio.

Hace una semana llegué de Estados Unidos con una sola idea en la mente. Decidí dejarlo todo por retener algo que desde siempre fue mío. Arriesgué mi futuro para luchar contra mi marcado destino y volver a sonreír como lo solía hacer antes de partir del país.

Recuerdo la reunión que hubo en mi casa hace 11 años, cuando tenía 14. Mi mamá me presentó a la pequeña hija de la señora Victoria, Rebeca. Ambas nos dijeron que debíamos ser los mejores amiguitos y cuando grandes, nos debíamos apoyar uno al otro sin importar las circunstancias. Y así lo hicimos. Nos convertimos en hermanos aunque no compartíamos la misma sangre. Íbamos juntos al colegio, nos sentábamos uno al lado del otro y a la hora del recreo comprábamos la salchipapa con poco kétchup y bastante ají que tanto nos gustaba.

“Te amo Rebeca” le dejé escrito dentro de su cartera antes de que tomara el avión que nos separara durante mis estudios universitarios. Ni siquiera pude despedirme de ella, sabía que rompería en llanto. O al menos eso esperaba. La cobardía no me dejó descubrirlo, y preferí construir en mi mente una escena perfecta después de abrocharme los cinturones.

Y así comencé a vivir. Una tras otra, las mujeres que conocía comenzaron a distraer mi atención de aquel amor no concretado. Las relaciones que tuve fueron duraderas, estables y aparentemente felices, hasta que abrazado a sus cuerpos llamaba su nombre entre sueños, una y otra vez, como una triste canción cuya melodía busca revancha.

Sin embargo, un día Victoria, su madre, me sorprendió cuando vi un mail suyo en mi bandeja de entrada. Era un texto largo pero este párrafo lo resume: “… salió del Perú en busca del vestido perfecto y al parecer ya lo encontró. La ceremonia será en dos semanas…”

Sonreí y un par de lágrimas pasaron por mis mejillas. No eran de felicidad. Pero al cabo de un año, tras componerme, me sentía preparado para dejarla atrás. Y entonces lo supe. Ella no podía haberse quedado con él para siempre. Era seguro. Se divorciaron.

Y es en esos momentos donde uno se percata que el presente es el porvenir y el olvido. No tenemos derecho a conocer el futuro, pero nada nos impide adelantarnos a él. Estaba dispuesto a dejar todo por ir a buscarla y culminar el capítulo que aún no habíamos empezado a leer.

Ahí estaba, en la barra, sola, esperando mis palabras para decirme lo que tanto anhelaba, deliciosa en un vestido que atraía miradas, esperándome desde siempre.

Me acerqué con miedo, ya habíamos salido durante la semana pero esta ocasión sería diferente. Muy diferente.

- ¡Hey! - me dijo Rebeca sonriente.

Le di un gran beso en la mejilla y me pedí un trago.

- ¿Qué tal, que hiciste en la mañana? – me preguntó.

- No mucho… - Y ambos quedamos en silencio mientras escuchábamos Heaven de Brian Adams. Tomé otro sorbo y sostuve su mano.

- Rebe… Hace 6 años, cuando me fui…

- Me dejaste un papelito en la cartera, ¿no? – me interrumpió mirándome fijamente.
Quedé en silencio.

- Lo leí, sí... – continuó.

- Hace mucho que quiero saber…

- Eres increíble, ¿sabías? – Volvió a interrumpirme mientras acariciaba mi mejilla – No tienes por qué darme explicaciones. Eso fue hace mucho.

Dejamos de hablar por unos segundos, volteé nuevamente hacia ella y le dije:

- Aún me gustas

- Tú también me gustas, pero me gustas como un amigo, mi eterno compañerito. Es que… creo que no estoy hecha para las relaciones, desde que mi matrimonio terminó todo ha sido muy distinto. Un día me gustas tú, otro día me puede gustar Julián, otro David, y así.

- No Rebe, no entiendes. Esto no se trata sólo de un gusto. Yo te amo.

- No, no. Mira creo que sólo estás un poco confundido porque tampoco tus relaciones funcionaron. Imagino que dentro de poco volverás a Estados Unidos y estoy segura de que saldré de tu mente más rápido de lo que te piensas. Todo bien, gordito, tranquilo…

Sólo pude mirarla y mi cuerpo temblaba.

- Ya vengo un rato, iré a bailar con las chicas – me dijo. Se fue.

Sabía que decirle que me quedaría a contemplar su perfección y a mirarla sin cansancio por el resto de mi vida no cambiaría lo que pensaba de mí, su "eterno compañerito".

El tiempo de espera se esfuma con palabras que se llevan tu esencia y dejan mi vida vacía. Todo pasa y nada queda, y lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos que nos lleven a la eternidad, una eternidad que terminará cuando inicie un nosotros.

Que seas feliz.








Agradecimiento especial a:
Ana Lucía Mosquera Rosado

domingo, 19 de junio de 2011

Nunca es tarde


Diez de la noche del 6 de junio de 1991

Me siento más enamorado que nunca. Hoy he tenido relaciones con Karen por primera vez. La amo con todo mi corazón. Fue el momento más hermoso de mi vida. Se dio de manera espontanea, antes de ir a la fiesta de Piero, estuve en su casa, nos besamos y no le pusimos freno a nuestra pasión.

- Vamos Yayo, solo son unas cuantas cervezas. Mira que es mi santo, me dijo Piero, unos segundos antes de pedirle al Barman dos Pilsen.

Nunca había bebido. No me atraía la idea de ingerir alcohol. Pero me dejé convencer esa noche. Un par de botellas cambiaron mi vida a los veinte años, sumado al hecho de no haber usado preservativo. El destino de uno se basa en dos respuestas, sí o no. Solo una es la correcta.

Tres de la tarde del 19 de junio del 2011

Los domingos siempre son días complicados para mí. Generalmente no recuerdo lo que hice la noche anterior. La cabeza me retumba, pienso que es muy temprano cuando abro los ojos, pero al mirar el reloj doy que son las tres de la tarde, que tengo más de cien llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de voz que en la mayoría de veces dice algo como: “Yayo, no puedo que creer que todos los fines de semana sea la misma historia. Te desapareces por completo. Ya tienes cuarenta años, hijo. No puedes seguir así. Por otro lado…ya sé que no te gusta que te hable de esto, pero igual lo voy a hacer. Llama a tu hijo, por Dios. No lo ves desde que era un bebé. Te vas arrepentir”. Sin embargo, hoy no había ese mensaje ni las llamadas perdidas. ¡Qué raro!, me dije. Pero de pronto sonó mi celular y me di cuenta de lo que realmente pasaba.

-Aló, ¿quién habla?

- Mariano, tu hijo. Feliz día del padre, papá.

Dos de la mañana del 19 de junio del 2011


-Soy padreee hace veinte años, caraajo, pero nunca he pasado el día del padre con mi hijo, expresé, alzando mi vaso de ron, totalmente ebrio, tambaleándome de un lado a otro.

- Tranquilo Yayo, ya no digas esas cosas. Creo que es mejor que te vayas a descansar, me dijo Camila, preocupada, intentando que dejara de hablar.

Me encontraba en la fiesta del matrimonio de la hermana de Camila, Claudia. Sé que le prometí a mi novia que no bebería esa noche, pero le fallé. Estaba haciendo el ridículo, era la atracción principal de la fiesta, bailando como un loco, haciendo payasada y media. Pero sobre todo, dando discursos melancólicos sobre mi vida. Camila tenía todo el derecho de pedirme que me vaya a descansar. No me despedí con un beso de mi novia, simplemente partí sin decir nada. Preferí las cosas de ese modo.

Obviamente no manejaría hasta mi departamento. Detesto conducir, es por eso que tengo chofer. Pero camino a casa, los recuerdos invadieron mi cabeza, haciendo que me diera cuenta de una triste realidad. No importa que tan bien me esté yendo con Camila, nunca la voy a amar como a Karen, la madre de Mariano, mi único hijo. A pesar de que todos los meses le deposito a su cuenta una buena cantidad para pagar los estudios de Mariano, no mantengo comunicación con ninguno de los dos. Tengo sus respectivos números celulares, pero me da mucha vergüenza llamarlos.

Llegué a mi departamento, abrí una botella de Whisky, etiqueta negra y empecé a beber. Después de algunos vasos, ya nublado por el alcohol, con lágrimas en los ojos por recordar el amor de Karen, la llamé sin pensarlo dos veces.

- Aló, quién habla, dijo Karen con un tono fantasmal. Estaba durmiendo.

No sé mucho sobre su vida. Pero desafortunadamente sí estoy enterado de que se casó con un tal Javier.

- Hola, amor, sé que son más de la dos y que a tu lado duerme, otro amor.

- ¡Yayo!, exclamó Karen, alzando un poco la voz, totalmente sorprendida. Más de diez años sin escucharme y me reconoció al instante.

- Se que ya el tiempo pasó. Pero no cuelgues, por favor. Aún queda mucho por decir.

- ¡Estás borracho, Yayo, como siempre! Desde aquel cumpleaños de tu amigo, nunca has dejado de beber. No tengo nada que hablar contigo. Llama a tu hijo, a mí, no tienes nada que decirme…

- Se me hizo tarde para invitarte un café, para decirte que yo, realmente te amé. Se me hizo tarde para disfrutar de tu desnudes, una vez más. Se me hizo tarde para disculparme, por permitir, que te olvides de mí, le dije, interrumpiéndola, con una tonalidad confusa y mascada, producto de mi ebriedad.

Karen se quedó en silencio por algunos segundos. Sentí que se levantaba, al parecer estaba saliendo de su habitación para poder hablar mejor y no despertar a su esposo.

Nueve de la noche del 20 de junio de 1992

- ¡Lárgate de aquí! No quiero verte en este lugar. Olvídate de mi hija, expresó con rabia la señora Diana, madre de Karen.

- Con todo respeto, señora, no me iré sin ver a mi hijo.

Diana se me acercó y me tiró una fuerte cachetada.

- ¡No te das cuenta de las cosas! Mi hija está a punto de morir al igual que su hijo. A los siete meses ha nacido, y no de forma natural. Le desgraciaste la vida a mi Karen, le arrebataste la posibilidad de seguir sus metas. Y encima de todo, día que tomas, día que te emborrachas hasta los suelos. ¡Vete Yayo, dale la posibilidad a mi hija de ser feliz con otra persona!

Las lágrimas no dejaban de resbalar por mi mejilla. Parado en los pasillos de la clínica Ricardo Palma, sufría con la posibilidad de perder en la misma noche a la mujer que amo y a mi hijo recién nacido.


Tres de la tarde del 19 de junio del 2011


-Aló, quién habla.

- Mariano, tu hijo. Feliz día del padre, papá.

Me quedé mudo por varios segundos, hasta que al final, atiné a decir: “Gracias, hijo. Que sorpresa escucharte”.

- Hoy hablé con mi madre. Me contó que la llamaste y que le dijiste que por favor me diga que te llame, que tú jamás te atreverías, que te daba mucha vergüenza. Que tenías miedo de como yo podía reaccionar.

Suspiré, traté de hacerme el fuerte pero de todos modos las lágrimas salieron sin permiso.

- Es verdad, hijo.

- Me hubieses llamado. Nos hemos perdido tanto. Yo jamás te negaría la posibilidad de verme ni de hablar conmigo.

No pude más, exploté en llanto y empecé a bombardear a mi hijo con cientos de “perdóname, he sido el rey de los idiotas. Ha sido muy difícil para mí también”.

Fue una larga charla con mi hijo. Cien por ciento provechosa. Mañana saldré con Mario a almorzar después de diecisiete años sin verlo. Desde esa triste noche en la que Karen me dijo que lo nuestro no podía continuar. Que si no dejaba de beber, no quería seguir más conmigo. Discutimos mucho ese día y nos gritamos sin cesar. La amenacé que si renunciaba a mi amor, no volvería a ver más a mi hijo. Fui un imbécil. De nada me sirvió ser un respetado orador esa noche, ya que eché a perder mi vida por un impulso inmaduro. Gracias a Dios el destino me ha vuelto a dar una segunda oportunidad. No la pienso desaprovechar. Nunca es tarde para despertar. Nunca es tarda para volver a empezar.

Jhonnattan Arriola Rojas

lunes, 13 de diciembre de 2010

Simplemente adiós

Este año 2010, ha venido acompañado para mí de un conjunto de situaciones en común, de la cuales, he intentado afrontar con la cabeza en alto, pero no en todos los casos, lo he conseguido. Decir adiós, sin importar el modo en que se presente el instante, es sumamente difícil. Es por ello que dedicaré este post a este sentimiento de nostalgia, donde un abrazo, una mirada, un beso, un apretón de manos, forman parte del cliché del momento.

Todo comenzó el 23 de enero. A pesar que la mala noticia ya había sido anunciada, preferí no hacerle caso, sin embargo, llegó el día de afrontarla. Mi mejor amigo, Carlos, mi fiel compañero de noches de tragos, de confesiones mortales, de ensayos musicales y de sueños imponentes de negocios y viajes, se iba a Miami con sus padres con planes de quedarse a vivir allí e iniciar una nueva vida, ya que una mejor oportunidad laboral había surgido para su familia. Pasé todo el último día de mi amigo en Lima con él, desde las diez de la mañana que nos tomamos unas cervecitas, hasta las once de la noche, donde antes de abordar su avión, me dio un fuerte abrazo y me dijo que siempre seríamos mejores amigos y que nunca dejaríamos de comunicarnos. Ambos lloramos como dos niños, sin embargo, por más que inconscientemente lo intenté retener con continuos apretones de manos y palmaditas en la espalda, no pude impedir lo inevitable.

Por otro lado, en julio, el ocho de aquel mes, una desgracia atentó contra mi melancólico estado emocional. Mi tío Miguel, el hermano de mi abuela, falleció de un infarto en su casa. Debo confesar que hace bastante tiempo que no veía a mi tío abuelo, sin embargo, tenía un muy buen recuerdo de él ya que hasta que cumplí los 15 años, venía todos los miércoles a almorzar a mi casa. Nunca olvidaré como por ley a las cuatro de la tarde, me enseñaba a tocar la guitarra. Gracias a este hombre aprendí a apreciar la música y a componer canciones. Pero en aquel instante, tan solo parado, mirando en su ataúd su cuerpo sin vida, debía decirle adiós. Era la primera vez en mi historia que me había tocado despedir a un ser querido de esta manera. No se me ocurrían palabras ni oraciones precisas para el momento, pero sí una de sus canciones favoritas, Llorarás de Oscar de León. Así que decidí cantarle en voz baja un poco de esa canción mientras iban enterrándolo.

Finalmente, el sábado cuatro de este mes navideño, me encontraba sumamente aturdido por los continuos dolores de cabeza provocados por los exámenes finales de la universidad y el estrés generado por el trabajo, así que esperaba fielmente relajarme el fin de semana con mi enamorada, pero todo se fue al demonio. Primera mala señal. Andrea me dijo que la llamara a la una de la tarde para quedar la hora en la que nos veríamos, pero al hacerlo, su madre que comentó que la habían retenido en su trabajo y que llegaría como a las seis.

Yo estaba en una encrucijada ya que me había hecho la idea de verla a las cinco, celebrar un mes más de nuestra relación, y de ahí, ir a saludar a mi amigo Juan por su cumpleaños a las nueve de la noche. Finalmente no me hice bolas y decidí dejar todo al destino. Pero a las cinco y cuarto de la tarde, su madre me informó que su hija ya había llegado a casa y que la podía llamar. Realmente me pareció raro el asunto, ya que Andrea no fue la que me avisó, si no su progenitora. La cuestión es que llamé a mi chica algo molesto ya que últimamente no se había mostrado interesante en mí y además de ello, ayer armó todo un berrinche cuando se enteró que estaba en una cabina de internet jugando con mis primos, ya que pensaba que estaba en una fiesta. Ya arto de todas estas situaciones decidí hablarle del asunto y arreglar las cosas antes de ir a verla, pero desastrosamente, ella estaba de pésimo humor, ya que había discutido con su madre por un tema que ignoro. Sin darme cuenta me vi envuelto en un bochinche telefónico con mi amada, y acabamos mandándonos al cacho. Sin embargo, eufórico y estérico decidí ir a verla y enfrentar el problema, pero me encontré con un ser despechado que alegaba que soy un terrible enamorado ya que en vez de apoyarla en este momento difícil, donde la estaban explotando en su trabajo y su mamá le hacía más disturbios, no supe hacerlo y le di más problemas. De ese modo, Andrea, más arrebatada que nunca, terminó conmigo mostrando una faceta que no conocía, la de una mujer sumamente orgullosa que solo quería dejar de verme. Irónicamente le pregunté si realmente quería acabar con nuestra relación en vísperas de navidad, y entre lágrimas le quise explicar mi sentir, justiciándome de cierta manera, pero no quiso escucharme. Un año y ocho meses de relación arrojados al vació por un instante de locura.

Al día siguiente pensé que me llamaría para disculparse, pero no lo hizo, al parecer el demonio que la atormenta la tiene aún controlada, impidiéndome que pudiera aplicarle algún tipo de exorcismo. Debo reconocer que soy bastante culpable de este problema, ya que conchudamente le reclamaba atención, cuando siempre era ella la que me buscaba, y muy aparte, hace dos meses me perdonó una infidelidad. El amor se había desgastado, y ella optó por ir acumulando todos estos problemas del corazón, explotando como una bomba atómica de desamor.

Ya ha pasado una semana. Definitivamente mi relación con Andrea no tiene solución. Hace unos días nos vimos para conversar, despidiéndonos con un último beso. Intentaremos ser amigos, pero ya con el tiempo. Ambos seguíamos la rutina de vernos, sin darnos cuenta que el amor, hace ya buen tiempo nos había dicho adiós.

Tomando una cerveza en la escaleras de mi casa, me doy cuenta que en la vida siempre se presentan distintas despedidas. Uno no puede evitar que algo termine, de alguna u otra forma siempre llega el final, y preparados o no, lo debemos afrontar. Cuando era niño, el tiempo se pasaba lento y creía que la realidad que conocía siempre sería la misma, pero ahora, triste por el conjunto de hechos que he vivido durante el año, tan solo quiero expresar que aunque deba resignarme a no ver quizá nunca más a estas tres personas que mencioné en este escrito, seguiré adelante y voltearé la página. Sin embargo, estoy seguro que aunque no quiera, pronto volveré a decirle adiós a alguien más. La vida es así, un cuento donde van desfilando personajes, los cuales vienen y se van.

Jhonnattan Arriola