Buenas buenas señorita Palermo. Disculpará usted mi
irrupción a su domingo familiar, pero necesito hacer algo desde hace mucho
tiempo; y bueno, creo que ha llegado el momento.
A ver, cómo empezamos. Primero, creo yo, vale la pena
especificar y responder algunos puntos. Lo más probable es que ahorita no
entiendas absolutamente nada, tampoco yo (créeme).
No, no estoy borracho, mucho menos bajo alguna sustancia
prohibida, como quizá lo has pensado. Tampoco estoy pasando por
una etapa de depresión al lado de cigarrillos y una copa de vino. Creo que es
algo más simple que eso, aunque muchas veces me hago un mundo para todo.
Suelo ser muy reservado con lo que realmente me interesa.
Dejo que la vida pase por debajo de mis pies luciendo pieles distintas
dependiendo de la sonrisa con la que haya amanecido. Evito complicarme, aunque
sé que es inevitable, pero hubo un punto de quiebre que me hizo pisar el freno de mi carrito de golf de 40 km por hora; y recién ahí comenzar a pensar,
volver a pensar y finalmente a preguntar: “¿Qué carajos está pasando?”. Si de
casualidad te estás preguntado: “¿Y yo qué tengo que ver acá?”, bueno esta es
la parte de mi pequeña historia en la que tú apareces. Ponte cómoda, enciende
un cigarrillo, dale play a tu canción favorita y sigue leyendo.
No soy un fanático de la hipérbole, pero quizá mis palabras
te parezcan un poco exageradas, aunque no lo son. Todo fue un tanto complejo.
Inició con una solicitud de amistad enviada. A diferencia tuya, yo sí sabía
quién eras. En ciertas reuniones, sutilmente intentaba saber de ti, preguntas
por aquí, algunas otras por allá. Poco a poco fui recopilando información. No,
no soy stalker, prefiero llamarme persona con un interés específico. Suena más
bonito.
Intenté hablarte muchas veces. El “ESC” pudo más que el “Enter”.
Creo que nunca me sentí tan cohibido por
alguien, no encontraba el modo. Me quedaba en neutro y no era capaz de poner
primera. Recuerdo el día que me fui al todo por el todo y quise invitarte al
cine. “¿Qué puede salir mal?” pasaba por mi mente. No estoy seguro de cuál fue
tu respuesta, pero en conclusión fue un claro: “no”. Perdí la batalla sin ni
siquiera haberla iniciado.
Semanas después se acercaba mi cumpleaños. Y tu presencia (aunque
prácticamente no nos conocíamos) fue mi mayor obsequio. Sin querer, tengo una
canción que me hace recordar a ti, y no es porque te la dedique o algo por el
estilo, sino que la primera vez que la escuché nos vi a los dos bailándola, mis manos rodeando suave tu cintura, mientras tu cabeza se acurrucaba sobre mi pecho.Rogaba que el DJ la pusiera en la discoteca sin embargo, no fue así. Felizmente
sí fuimos a bailar, y para suerte mía, la realidad supero con creces a la
pequeña ficción que se había armado en mi cabeza.
Después de aquella noche no lograba sacarte de mis
pensamientos. ¿Por qué? Hasta ahora sigo buscando una respuesta. Y está más difícil
que entender “Rayuela” por más que sigas las instrucciones de Julio Cortázar.
Mi cabeza se volvió un laberinto con millones de puertas y
una sola llave que no sabía a qué cerradura apuntar. Decidí elevar mi alma al
aire, ordenar mis ideas, despreocuparme y continuar. Total, la vida es una, o
al menos eso es lo que dicen.
Intentar llegar a un cierre preciso que pueda resumir esta carta, a mí parecer, sería necio. Si te diste cuenta, me gusta escribir, y
aunque ya no lo hago con mucha frecuencia, cada vez que vuelvo a lo mío,
intento aflorar absolutamente todo lo que llevó dentro. Hoy lo hice contigo y para serte franco,
necesitaba hacerlo.
Con mis palabras no te estoy pidiendo un noviazgo, o que te
guste, o que salgamos y pueda robarte una sonrisa. Sólo quería que lo sepas. De
mí para ti.
Llevarlo tanto tiempo guardado conmigo, no resulta muy alentador.
Siempre, tarde o temprano. No existe el crimen perfecto, la
deuda sin culpa, el favor sin paga. Siempre llega. Siempre. Tarde o temprano.
Tarde o temprano.
Son las noches solitarias en las que uno por fin empieza a
unir los pedacitos de basura que contornean nuestros recuerdos. Los actos, las
pasiones, los romances, las palabras, las comas, los puntos finales. Tu historia, mi historia, nuestra perfecta y
estúpida historia.
Quizá tenga mucho alcohol en la cabeza y mucho tabaco en las
venas, o viceversa (da igual). Quizá esté un poco loco, quizá mis dedos tengan
vida propia, quizá mis lágrimas ya no salen de mis ojos y encontraron una mejor manera de por fin liberarse. No sé por qué hoy, lo pude haber hecho ayer,
pero no, hoy era el día. Mis instintos lo exigían. Tenía ganas de gritar. Ganas
de escuchar tus canciones. Ganas de perderme por un rato. Ganas de que mi
vecino me grite por tirar las colillas de cigarros en su balcón. Ganas de que
me den un abrazo. Ganas de que me acaricien. Ganas de que me digan: “Tranqi
loco, todo será mejor cuando creas en ti”. Ganas de por fin, luego de un año
dedicarte mis letras.
Hola, hay unas cuantas cosas que no te he contado de mí. No
creo que sean todas, pero gracias a los mensajes de mi antiguo celular
volvieron a mí. Tantas canalladas. Tantas pero tantas. Como la vez que cambié
la fecha de mi regreso para que Lucía no me viera a mi llegada al aeropuerto
con mi nueva enamorada. O cuando me encamé con mi compañera de cuarto quien era
la enamorada de dos años y medio de mi mejor amigo. Tal vez nunca debí hacer
público mi beso con la prima de mi enamorada el día de su cumpleaños. Quizá todo empezó cuando inicié la relación
con Mariana solo para que me presente a su amiga francesa que viviría con ella
durante seis meses. O los jugueteos con Silvia antes de llevarla a su boda a
causa de un niño en camino.
Esto no se trata de pedir una amnistía escrita. No se trata
de arrepentimiento. No se trata de nada en realidad. Para mí, todo ahora es
nada. Tú te encargaste de ese pequeño detalle en mi vida. De hacerme pagar por
estos y quizá otras más bajezas que mi mente se niega a recordar.
Encontrarte con mi medio hermano en la hacienda de los
abuelos el día de mi cumpleaños fue tu mejor regalo que no incluía una tarjeta.
Una pincelada fina y profunda grabada en mi pecho. Pues la vida es así, siempre, tarde o
temprano. No existe el crimen perfecto, la deuda sin culpa, el favor sin paga.
Siempre llega. Siempre. Tarde o temprano. Tarde o temprano.
Sí, seguro
que hoy lloverá. El cielo está despejado, no hay nubes grises y una sola estrella se vislumbra a lo lejos
de mi ventana.
Existen
muchos vestigios en el andar, la imaginación se vuelve cada vez más inmensa y
profunda, pero poco a poco el final prevalece en un cumulo imperfecto que no
entiende de razones.
Los besos se
vuelven frágiles y son fáciles de enumerar. Los de ayer, los de hoy, los de
mañana, los de aquella noche en el que juramos junto a un candado atado en un
puente que las cuerdas de mi guitarra no dejarían de sonar por más que el día
resulte desafinado.
Pensar, sí
claro, pensar. Las astillas se encargaron de perforar el alma. Muchos errores,
muchas faltas, mucha cuerda a la misma marioneta. El instinto de querer volar
nos dejó varados sin un suelo en el que
podamos caminar sin tropezar.
“Nadie puede
mentir, todo saben que siempre fue así”. Love it! Perfecta combinación de
nostalgia, mentiras y sonrisas. Una luz parpadea, pero jamás se apaga, a menos
que tengas el valor de reemplazarla por una bombilla nueva. Ahí está la prueba,
sólo tienes que buscar el momento adecuado para sacar la mejor calificación.
Y si este es el final, pues prometo que no lloraré. Los sueños,
los impulsos y las caídas que antes jugaban a darnos suerte, parece que
cambiaron de rutina y pusieron sus claros paréntesis.
Ya no habrá más versos esta noche. Se desataron las cadenas y
ya iluminaron nuestras sombras. Mientras tanto mi voz y mi guitarra seguirán
sonando, tal cual lo hacían cuando aún llovía y las gotas rodeaban tus
mejillas.
Cuando piensas que lo has dado todo, pero fracasaste. Quizá tu todo no es suficiente para lo mucho que se necesita para sentirse satisfecho.
Imaginar que en este mundo hay muchas cosas irreales y poco alumbrantes, nos hace ver como inmortales sin una banca donde reposar nuestros mejores y tristes pensamientos.
Me siento como un libro abierto esperando a que alguien calque el mejor título para mi historia. Aquella que nunca tuvo inicio, pero que muchas veces siento que llega a su final. Mis palabras palpitan y te piden a gritos.
Como las cuerdas de la guitarra, nunca dejan de evocar los sonido que te hacen recordar alguna época de tu vida, sin embargo llega el momento en el que dejas de rasguear y te das cuenta de que aquella melodía puede ser mejorada, o a lo mejor, debas empezar una nueva. Siempre la próxima será mejor.
Quisiera cerrar este año cantando, pero lo haré contando, contando los días en que volverás a estar en mi brazos y sobaré tu mejilla como cuando éramos jóvenes y veíamos la puesta del sol en un barranco privado, donde pareciera que las luces nunca morían porque tu siempre las iluminabas con una simple sonrisa.
Nunca intentaste mejorar ni cambiar nada, sólo vivías de la mejor manera que podías. Yo mejoré mi vida para vivirla contigo.
Nunca nada es suficiente. Nunca nada es magnífico. Nunca nada es como lo hacemos. Todo es como lo queremos. Como lo anhelamos. Como lo que soñamos cuando vimos la flama creciente en nuestro interior y decía lo que era para nosotros, a lo que nos estamos dirigiendo, nuestros caminos angostos que poco a poco se fueron expandiendo para compartirlos y experimentar lo que se nos tenía preparado.
Hoy, más que nunca, me siento capaz de afrontar este sentimiento que muchas veces evitamos conocerlo. Muchos lo llaman ilusión, yo prefiero decirle amor.
Muchos lo buscan, pero pocos lo viven. Muchas gracias por darme la chance de vivirlo.
Sé que de mi texto no tendrás las palabras más bonitas esta noche, pero sí las más sinceras.
Quizá me atrasé un día pero no por descuidado, sino por que necesitaba ese momento perfecto y nada inhóspito en el cual pueda hablar de ti. Llegar a lo profundo, a lo casual, a lo verdadero, a lo elegante. Llegar a mí mismo y a las emociones que por mucho me tiempo me marcaron.
Tantos secretos, tantas verdades, tantas declaraciones de amor, tantos rencores. Aún me pongo a pensar cómo fuiste y eres capaz de soportarlo. Sabes más de mí que yo mismo. Y me gusta. Mucho.
Tenerte conmigo durante estos tres años quizá fue y será una de las mejores experiencias de mi vida.
Hoy Nada en Común, para mí, es mucho más que un blog; es un amigo que siempre estará ahí, dispuesto a acoger mis sentimientos y pensamientos; y agradezco infinitamente a todas las personas que lo hicieron posible.
A todos los autores invitados, a los integrantes del grupo que por temporadas escribieron: Bethania Mesía, Jennyffer Salazar y Anne Diestro. A los creativos diseños de Diana Yalico. A todos nuestros amigos y lectores. Y sobre todo, a mi mejor amigo y confidente Jhonnattan Arriola, con quien decidí empezar esta aventura llena de dragones y princesas por rescatar.
Hoy no creo que sea un día donde reine la metáfora ni las
sofisticadas palabras que adornen y le den sutileza a un texto. Esta vez quiero
ser más directo que de costumbre. Olvidarme de las rimas, dejar a un lado las
lágrimas, creencias y demás cosas o sentimientos. Hoy no quiero tener medias
tintas. No quiero un cusí sin un cusá. Y menos un ying sin su yang. Exijo una
explicación de todo, y la necesito ahora.
Recuerdo que David nos ofrecía el trago carísimo que había
traído de su reciente viaje a Canadá. Habíamos estado reunidos desde las 11 pm.
Para no perder la costumbre yo había llegado tarde al cumpleaños de Carla.
Me decían "El Poeta" por mi famosa carta de amor que le envíe
alguna vez a Fátima, o quizá también fue por la canción que le escribí a
Silvia. Aunque la verdad, parece que todos se enteraron del famoso diario rojo
donde contaba mi corta historia con Rocío.
No me declaro un romántico, simplemente expreso mis
sentimientos con total libertad. Muchas veces parece lindo, pero al parecer,
ser romántico o dejarte envolver por el limbo creado por los protagonistas de
la historia, hoy en día ya no está de moda. ¿Me explico?
Me di cuenta de que muchas veces es mejor despertar, tomar tus prendas
y no preguntar. Despedirte con la mirada y correr. Jamás dejes una nota. Se
reirán de ti.
Aquella noche Carla y yo nos quedamos solos en su sala. Al
poco rato, estaba siendo invitado a dormir en su habitación.
Por primera vez quise hacer las cosas bien. Con alta
moralidad y ética. Recostarme, esperarla, acomodarnos, sentirnos, taparnos.
Pero, ¿cuál es el siguiente paso? ¿Conversar? ¿A caso, reír? ¿O consumar lo
propuesto con la mirada? Creo que hay algo mal en mí que no encaja con las
leyes de la sociedad actual. He llegado a la conclusión que le doy mucho al
feeling y menos al pressing.
Dicen que es más fácil besarse apasionadamente dejándose
guiar por el morbo, pero si le doy un beso en la mejilla… ¿Cambia la situación?
Cuando sólo se trata de tener sexo, ¿no hay lugar a dar cariño? ¿Está prohibido
pedir un abrazo? ¿Es un delito decirle que se quede un rato más simplemente
para mirarla?
Carajo.
¿De qué realmente se trata?
Carla terminó exhausta. Acomodó su cabello y se aferró a mi
pecho. La contorneé con mis brazos y le di un beso en la frente.
- No te equivoques, es sólo una noche - Fueron sus últimas palabras.
Quedó profundamente dormida. Bajé de la cama, me vestí y
suspiré.
Caminé hacia la cocina y partí un pedazo de la torta de
chocolate que había quedado. Volví a su habitación. Me detuve en la puerta. La
observé una vez más. Comí la torta.
- No pedía una novia por una noche, pero quizá pudimos hacer
algo más. Al menos con el chocolate me llevo algo dulce esta noche.
No es objetivo. No es inmortal. No es tangible. No es veraz.
No es presente, ni pasado, pero en ocasiones, es futuro.
No piensa. No cree.
No quiere. No existe. No está, ni estará. Pues parece que se equivocaron al
crearlo, al pensarlo y compenetrarlo en
una vaga identidad.
Ríe y piensa, pero jamás concluye. Parecen que se
equivocaron cuando los pinceles pintaron los bocetos que estaban con un
borrador encima. A veces abrimos las ventanas y dejamos escapar el alma,
atrapada y siniestra, pero al fin de cuentas, es nuestra.
No vale la pena actuar, pero a veces siente que es el mejor.
Todo se oculta, y por ratos se destapa; pero nunca se sabe. Nunca.
Parece que se equivocaron al señalar el sol. Ama la luna y
también el cielo cuando hay una sola estrella. Sonríe por todo, llora por nada.
Camina descalzo y anda con sombrero. Encierra sus ideas porque no le gusta
compartirlas. Egoísta, hasta el cansancio, e inmune a cualquier sentimiento de
culpa.
Las luces lo conducen a casa, y su mente, a lo verdadero, a
lo intenso. Muchas veces en las alturas, y otras, atrapado en un suave
subsuelo. Parece que se equivocaron al hablar de distancias o caídas volátiles.
Uno llega a las nubes con un solo suspiro, sin influencia externa o ticket de
avión.
No calza, no camina, ni respira. Muchas veces patina en
interiores y recorre ideas consumidas por colillas coleccionadas en un viejo
bolsillo.
Se despide, pero jamás saluda. Piensa con el estómago vacío y
con un solo latido en el pecho. Convive pero no acompaña. No está solo. No refleja.
No sigue. Parece que se equivocaron al abrirle un camino cuando tenía en frente
dos riachuelos en busca de una cuenca más amplia.
En la calle, en la sala, en el techo, en el bosque, pero
nunca en el aire. Descendiente, heredero y cobarde. Parece que se equivocaron
al pronunciarlo, porque nadie sabe, en realidad, cómo deletrearlo.
Hablo de ti. Hablo de mí. Hablo de él. Hablo de ella. Hablo de
eso. Averígualo. En tus ojos está la respuesta.
París Segunda parte
Para leer la primera parte sigue el siguiente enlace: Tu lado romántico
Muchas veces nosotros mismos no sabemos en qué vida nos encontramos. O en qué vida nos gustaría vivir. Necesitamos de otros para que nos digan hacia dónde vamos y qué es lo que estamos haciendo. Al menos eso pasa conmigo.
Esa noche salí con Giulia de la discoteca sin rumbo y destino. Ella saltaba y por ratos se dejaba llevar por el fuerte viento que venía en dirección contraria a nosotros. Yo sólo miraba.
Eran las 5:05 de la mañana. Faltaban más de tres horas para que amaneciera. Giulia caminaba dos metros más adelante. Yo disfrutaba de la vista.
- ¿A dónde vamos? – Le pregunté.
- No seas ansioso. Ya falta poco – respondió casi gritando. Se acercó hacia mí y tomó mi mano.
París es una ciudad que realmente te enamora. Nadie se conforma con ser el espectador de la historia, todos quieren ser los protagonistas y vivirla. Cada quien escribe su propia novela, sabe el orden de sus capítulos y más aún está al tanto de dónde terminar. A diferencia mía, yo no sabía dónde, cómo y con quién terminaría. Y me gustaba.
Giulia empezó a correr. Aceleré el paso para poder alcanzarla. Luego de dos cuadras, se detuvo. Extendió sus brazos, cerró los ojos y en su rostro se dibujó una sonrisa. Al llegar, tomé su cintura. Ella agarró mis manos y las extendió junto a las suyas. Tiró su cabeza para atrás y en voz baja, muy cerca del oído, me dijo: “Apuesto a que nunca habías visto algo como esto”. Suspiré.
La vista era realmente hermosa. Las calles iluminadas de amarillo le daban un aire muy cálido a la ciudad. Y las aguas del río de Seine hacían que ese momento se vuelva musical. A los lejos veíamos pequeñas embarcaciones flotantes y poco a poco íbamos sintiendo como la brisa acariciaba nuestros rostros. No era la primera vez que estaba en el Puente “Neuf” en el barrio de Saint-Michel; sin embargo, esta ocasión era distinta, muy distinta; y, sobre todo, especial.
- Siempre vengo acá cuando quiero ser feliz y tengo ganas de enamorarme de mí misma – me dijo mirando al cielo – Para mí, este es el lado romántico de la ciudad.
Bajamos los brazos y se fue acurrucando en ellos. Nos quedamos en silencio. Moría por besarla. Era la escena perfecta, la atmósfera que habíamos creado lo ameritaba.
- ¿Y tú, ya descubriste tu lado romántico? – Me preguntó mientras giraba para ponerse frente a mis ojos.
- Estoy perdidamente enamorado de París. Cada rincón que visito me hace pensar que es mi lugar favorito. Sería difícil elegir sólo uno.
- No hablo de un lugar. Hablo de ti.
La miré un poco confundido. Sus ojos estaban brillosos. La noche estaba por terminar. Alzó su mano y la puso encima de mi pecho.
- Todos tenemos un lado romántico en nuestro corazón. Hay que descubrirlo. A veces necesitamos de otras personas para hacerlo. – Me dijo.
- He estado con muchas personas. Pero creo que nunca vi o presencie un lado romántico.
- Quizá estuviste viendo el lado equivocado.
- ¿Y cuál es el correcto? – Le pregunté.
Acarició mi mejilla y deslizó su mano hasta llegar a mi cintura. Juntamos nuestras miradas y vi más allá de sus ojos. La miré una vez más, ella sonrió y terminamos la escena con un beso. Un beso largo, muy largo.
- Parece que ahora empiezas a descubrirlo. – Me dijo.
Asentí con la cabeza y continuamos. Esa noche hicimos el amor.
Ya había amanecido. Eran las 11:05. Mis clases habían empezado hace dos horas.
- No te sientas mal. Podemos recuperar esta clase el sábado.- Escuché decir a Giulia. Esa noche dormimos en su habitación de la residencial.
Recuerdo lo sexy que se le veía usando mi camisa. Sólo la camisa. Contorneaba con elegancia su figura, luciendo a la perfección sus suaves y redondos senos, acompañados de un hermoso trasero que no dejaba de moverse alrededor de la habitación mientras buscaba algo para desayunar.
Aquella mañana nos dedicamos a hablar de nosotros. No necesariamente de lo que habíamos hecho, sino de qué es lo que teníamos planeado hacer. Le comenté que luego de París, tenía planeado un viaje más; un tour que me llevaría desde Madrid hasta Roma. Y sonrió. Ella viajaría luego a Ecuador para llevar un curso de seis meses de español.
Le conté a Tiago todo lo que había sucedido, pero él fue muy frío con su respuesta: “Me alegra mucho que te estés divirtiendo, aunque creo que te estás olvidando de lo que te dije. Todo puede ser muy bonito, pero de lo bueno… poco. ¿Me entiendes? Aún te quedan unas semanas en París. No te enamores. Sé lo que te digo”. Y lo vi alejarse de mí.
No le hice caso. No pretendía enamorarme de alguien; mis días en París cambiaron desde que Giulia se cruzó en mi camino, y no quería perder esa sensación. Menos aún quería pensar en la despedida. Durante semanas salí con ella. Montábamos bicicleta juntos y esa era nuestra mejor manera de conocer la ciudad. Juntos. Riéndonos. Vivir cada estupidez que hacíamos, cada accidente que teníamos y cada discusión tonta que provocábamos. Sentir y respirar París, siempre me lo decía.
Partía el viernes 13 a las 6:15 am rumbo a Madrid. Una noche antes hicimos una reunión en mi habitación con todos los amigos que había hecho durante todo ese tiempo. Fue una noche alegre pero a la vez, triste. No me quería ir.
A las dos de la mañana Giulia tomó mi brazo e hizo que me levante. Me condujo a su habitación y me hizo sentar encima de la cama. Jaló una silla y se sentó en ella.
- Tengo una sorpresa para ti – me dijo sonriente – Sé que te gusta la música y más aún, tocar la guitarra. Vine preparando esto desde nuestro primer beso.
Tomó su guitarra y empezó a tocarla con un placer único. Su manera de cantar y el ritmo que seguía hizo que quedara perdidamente enamorado de ella. Quise abrazarla pero dejé que terminara la canción.
- Cuando llegues a Roma iré a buscarte – me dijo – Sólo dame la dirección del hotel donde estarás y el resto déjalo en mis manos.
- No sé si sea necesario – le dije.
- Ya no iré a Ecuador, cambiaré de país. Estudiaré español en Perú.
- Emilio, es hora de ir al aeropuerto – dijo Tiago que había entrado sin aviso a la habitación.
- Anda. Coge tus cosas y luego vuelves. Te acompañaré al aeropuerto – dijo Giulia.
Llegué a mi habitación. Mis maletas estaban listas. Me eché en la cama y empecé a escribir.
- No te enamores, te lo dije – escuché de repente a Tiago – Disculpa, pero oí lo que te dijo Giulia. ¿Qué piensas hacer?
Suspiré. Los segundos pasaban y parecían eternos. Dudé, dudé mucho. Alcé la mirada y me caminé hacia Tiago.
- Voy a ir solo al aeropuerto. Por favor, entrégale esto. Fuiste un gran amigo, espero verte pronto. – Fueron las últimas palabras que compartí con Tiago. Nos dimos un fuerte abrazo y salí de la habitación.
Tomé el bus que me llevaría al aeropuerto y en el camino solo imaginaba a Giulia leyendo mis palabras. No sabía si había hecho bien o mal. Estaba perdido en mis pensamientos. Fue una aventura que inició pero no sabía si debía terminar.
Giulia, mi intrépida y tierna Giulia. Quizá en estos momentos te sea difícil de entender lo que estoy haciendo, pero créeme que todo tiene una explicación, tal vez no sea la más sensata, pero intento que lo sea. Desde el primer día que estuvimos juntos tuve miedo de enamorarme, pero lamentablemente lo hice. No tuve el valor de ir hacia ti y poder despedirme. Creo que nunca deberíamos decirnos adiós. Nuestra historia tuvo un inicio pero no quiero terminar el libro. Siempre creí en el destino, y si en nuestro destino está encontrarnos de nuevo, sé que lo haremos. Tú viajarás a Roma y sé que nos volveremos a ver las caras. No porque te dé la dirección de donde me encuentre, sino porque ambos buscaremos nuestro lado romántico y gracias a ello sabremos dónde estaremos. Tú me lo ensañaste desde un principio. Será un lugar que sólo tú y yo sabremos. Buscaré en ese lado de mi corazón que tú señalaste y si el destino lo quiere, te encontraré y viviremos lo que nos falta por vivir.
Gracias por ser mi principessa italiana. Gracias por hacerme descubrir una manera de vivir. Gracias por ofrecerme tu lado romántico y hacerme descubrir el mío.
Ti amo Giulia.
A presto bella, mia bella.
Gracias París. Muchas gracias.
El avión partió y el destino se encargaría del resto.
Salía del terminal de buses rumbo a mi siguiente destino. Sabía que lo que estaba haciendo no estaba entre mis principales planes. Sentía que no actuaba de la mejor manera; sin embargo en mi mente perversa no encontré otra alternativa. Escapaba de mí mismo y de la pequeña historia que había creado…
Viajé a París, la ciudad de la luz, hace 6 meses aproximadamente. Viví una experiencia que prometí jamás olvidar. Una nueva ciudad, con nueva gente, nueva cultura, nuevo idioma, nueva vida y, sobre todo, una nueva historia que contar. Desde el momento que el avión puso la primera llanta en el aeropuerto Orly, sabía que era hora de empezar. Estaba decidido aprovechar al máximo la oportunidad que se me había brindado. Desabroché el cinturón de seguridad, puse la mochila viajera en mi espalda y di mi primer paso en suelo parisino. ¡Y voilà! Mi gran sueño dorado había iniciado.
La residencia de estudiantes tenía una peculiar forma de dar la bienvenida a todas las personas que por primera vez visitaban el país.
- Aquí tienes la llave de tu habitación, un duplicado por si haga falta. Compartirás habitación con Tiago. Él es de Brasil pero llegará la próxima semana. El desayuno se sirve de 7:30 a 9:00 am. Te recomiendo que lo tomes desde temprano porque luego se vuelve una mierda. Eso es todo.
- Muchas gracias – le contesté un poco desconcertado al recepcionista. Arrastré mi maleta para dirigirme al ascensor.
- ¡Hey! Me olvidé de algo – Me dijo a lo lejos – En Paris, la noche comienza muy temprano; y el amanecer es tardío. ¡Disfrútalo!
Le sonreí. Miré por la ventana. El sol estaba por ocultarse.
- Lo haré… – respondí en mi mente.
Al día siguiente fui uno de los primeros en llegar a la escuela. Tenía un estilo minimalista. Lleno de comodidades para hacer nuestra estadía más entretenida. Y sobre todo, tenía muy buena vista, tanto del exterior, como del personal administrativo que trabajaba en el recinto.
En el mural de avisos había un cartel muy llamativo invitando a la gran fiesta de bienvenida para todos los alumnos. Sería dentro de una semana.
- Imagino que tienes planeado ir… - escuché.
- No faltaría por nada del mundo – respondí mientras giraba para saber de quién se trataba.
- Tú debes ser Emilio, yo soy Tiago. Se suponía que llegaría la próxima semana, pero decidí adelantar el viaje.
- ¿Cómo sabes que soy Emilio?
- No todos tienen una mochila en forma de guitarra… No fue difícil ubicarte…
Tiago fue el primer amigo que hice en la escuela. Era su tercera vez en París.
- Yo tengo un solo concepto de vida cada vez que llego a esta ciudad. – Me dijo mientras colocaba su mano en mi hombro. - Aquí se vale todo. De todo hermano. Sal con amigos, con chicas, diviértete, baila, bebe; pero eso sí, nunca, en serio te lo digo, nunca pero nunca te enamores.
Sus palabras entraron como si se tratasen de cuchillos apuñalándome el oído. Fue muy enérgico al decirlo. – Debe ser difícil evitar enamorarse en esta ciudad – Pensé.
Durante esos días me llevó a conocer la ciudad. Subimos la Torre Eiffel, el Arco del Triunfo, paseamos por Des Champs Elysées, pero siempre recalcaba que cada persona debe encontrar la mejor manera de recordar París. Encontrar su mejor lado y explorarlo por completo. Así se vive y se conoce mejor – me dijo soltando una leve sonrisa.
Y llegó el día. “Duplex”, una de las discotecas más atractivas de París, sería nuestro punto de reunión y sobre todo, de diversión. Llegué con 15 minutos de retraso. Todos mis amigos ya estaban ahí aguardando el momento de la entrada.
- Linda casaca – escuché decir a Camila. – Pero ya es momento de que te la saques ¿no? Quiero que estés cómodo.
Y así empecé la noche. Con una arrebatada Camila que movía el trasero como ninguna. Tiago bebiendo e invitando tragos a dos extranjeras que acababa de conocer. Otros amigos me hacían señales diciéndome que aproveche el momento. Y yo, sin poder concentrarme. Aún no sabía qué había hecho cambiar mi estado de ánimo. Quizá fueron las luces, la música, o tal vez, extrañaba a alguien que no existía. Sólo dejé que pasen las horas.
Y a lo lejos, la vi. Moviéndose sensualmente al ritmo de Pump up kicks. Su silueta en contraluz hacía que la experiencia visual se hiciera cada vez más excitante. Se llamaba Giulia, procedente de Italia. Durante los días de clases siempre se sentó al lado mío y no podía evitar mirarle sus largas y contorneadas piernas que amablemente lucía en falda, a pesar del frío.
Poco a poco, fue acercándose a mí. Yo la miraba fijamente e intentaba aguantarme las ganas de cogerla por la cintura.
- ¿Qué pasa? ¿Nunca has visto a una mujer bailar sola? – Me dijo susurrándome al oído.
Por un momento sentí cómo se me escarapelaba la piel. Me puse fuerte.
- A una italiana, pues no. Nunca – Le respondí alejándome un poco.
- Ya va amanecer - me dijo.
- Esa frase en esta ciudad no existe – le dije soltando una leve sonrisa.
- Sí lo sé. Pero me gustaría que empieces a conocer esta ciudad de una manera distinta.
- ¿A qué te refieres? – le pregunté confundido.
- A qué descubras el lado romántico de París. Tu lado romántico…
La miré fijamente a los ojos. Recordé las palabras de Tiago: “Cada persona debe encontrar la mejor manera de recordar París”.
- ¿No es necesario que llegues a tu casa o sí? – Me preguntó mirándome fijamente a los ojos.
La vi extender su mano lentamente. ¿A caso esta era la aventura que el destino me tenía preparado? ¿Ese amanecer sería el punto de partida de una historia? Sólo tenía que alzar unos centímetros mi mano y conocer la respuesta.
- ¿Qué tienes en mente? - le pregunté.
- Acompáñame y averígualo – me respondió. Y tomando su cintura, salimos del local.