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lunes, 9 de mayo de 2011

El pajerillo valiente


Sinceramente pensaba llevarme este secreto a la tumba, y si finalmente decidía contárselo a alguien, jamás sería a ella, mi Cristina bella. Pero bueno, el destino hizo lo suyo y no pude evitar confesarle a mi mejor amiga un terrible secreto, que me había hecho muchas pajas en su honor. Lo sé, suena asquerosamente horrible. Pero ya verán que al terminar de leer esta historia, comprenderán mejor la situación y no quedaré tan mal como en este primer párrafo. Tampoco como un héroe, pero sí como un chico valiente, o mejor dicho: “Un pajerillo valiente”.

Quinto de secundaria, el mejor año de estudio y el más huevero. Todos nos tiramos la pera de las clases, no hacemos las tareas, terminamos pateando profesores y diciendo que el rock and roll nos dio más lecciones. Hasta allí todo excelente, pero el detalle es que también significa el fin de un ciclo hermoso. Con muchos de esos peculiares personajes a los cuales llamamos: "Patas de promo", no nos volveremos a ver jamás. En mi caso, mi mejor amiga y amor en secreto, Cristina, se iría a estudiar a una prestigiosa universidad de Estados Unidos, llevándose consigo la magia de mi día a día.

Pero lo que me conllevó a confesar mi pegajoso crimen, fue una conversación algo picante que sostuve con ella días antes de su despedida (Con varios cigarrillos y una botella de ron).

-Lo que más me molesta de los hombres, es que no pueden vivir sin masturbarse. Es un asco. Me daría nauseas saber que alguien lo ha hecho pensando en mí. ¿Tú jamás lo has hecho, no? Sería terrible haber sido para ti, aunque sea un segundo, un asqueroso objeto sexual.

- Jamás en la vida, contesté, cínico a mil, mientras me crecía la nariz como Pinocho.

Obviamente me sentí muy mal por no haber sido honesto con mi mejor amiga. Así que decidí escribirle una carta, disculpándome y diciéndole toda la verdad. A su vez, le pedí por favor que la leyese cuando esté en New York. Felizmente me hizo caso, sino, me hubiera sentido muy incómodo, despidiéndola en el aeropuerto.

Confesiones de paja:

Esta será la carta más inusual que recibas en toda tu vida. Espero que no me odies por lo que te voy a decir, pero como tu mejor amigo, debo ser sincero al cien por ciento. Antes que nada déjame aclararte que no solo fue una noche, desde que comencé en tu honor, no volví a cambiar de musa...Ay Dios, aquí se viene (Tambores). Me he masturbado pensado en ti ¡Coño, lo dije! Me he quitado un terrible peso de encima.


¡Espera! Please, no arrugues la carta. Dale una oportunidad a las siguientes líneas. Sé que en estos momentos te preguntarás: “¿Qué diablos va a decir para justificarse?” Pero créeme, todo tiene un porqué.

Estoy enamorado de ti como un loco. Y lamentablemente, es casi imposible para un hombre, evitar juguetear con su compañero de batallas. Sentí que te sería infiel de alguna forma si es que evocaba en mi mente a alguna otra mujer que no seas tú en esos momentos. Nunca fantaseé algo espantoso, tan solo tú y yo, haciendo el amor. Un sueño que sabía que nunca se volvería realidad, ya que tú solo me veías como tu mejor amigo. Perdóname por desearte tanto emocional como físicamente. Sabes que, no me da vergüenza decirlo. Perdóname por desear querer hacerte mía. No pienso mentirte como otros chicos y fingir que son tus ojos pardos lo único que me enamora de ti. Amo cada parte de tu ser, desde tus dedos gorditos a tu abultado trasero. Desde tu sonrisa traviesa, a tus senos, que si bien es cierto no son muy grandes, para mí, tienen el tamaño perfecto.

No pienses que soy un aguantado y un enfermo sexual. Realmente me hubiese gustado perder mi virginidad contigo. Que ambos lo hiciéramos juntos. Pero tristemente sé que eso jamás sucederá. ¿Cuál es mi pecado? ¿Ser lo suficientemente valiente para decir que ninguna mujer me ha excitado como tú? No lo creo.

Como diría el gran Daniel F: “Es contigo que quiero hasta el fin por siempre masturbarme”. Te comprendo si no me respondes la carta y no quieres saber más de mí. Te prometo que no volverás a ser mi sirena de noches de hormonas revueltas. Desde que dijiste lo mucho que te molestaba, jamás lo volví a hacer. De igual manera, quería que entendieras mis razones que me llevaron a caer en el pecado de amarte en silencio, bajo mis sábanas.

Siempre serás mi bella Cristina. Siempre te amaré.

Miguel Ubillús


Siete años después

Cristina nunca me respondió la carta, y como en ese tiempo no había Facebook ni estaban de moda las redes sociales, me fue difícil volver a entablar contacto con ella. Pero hace un par de días, me la encontré en un café de Miraflores. ¡Vaya sorpresa! Había venido a pasar el día de la madre en Perú.

A penas me vio me saludó con un fuerte abrazo y empezó a llorar de la emoción. Fue un rencuentro de lujo, nos tomamos muchas fotos y nos contamos todo lo que nos había pasado en ese lapso de tiempo. A eso de las nueve de la noche, la dejé en la casa de su madre y antes de que nos despidiéramos, me dijo para salir al día siguiente. Acepté encantado. Sigue igual de hermosa. Y me late que yo también le atraigo, por lo menos, eso me indicaron sus grandes y brillosos ojos.

- Una última cosa, ¿llegaste a leer la carta que te escribí cuando viajaste a Estados Unidos?, pregunté, antes de que entrara a descansar.

- Ay, Miguel, no sabes cuanta rabia me dio. La maleta en la que la llevaba se perdió en el aeropuerto. Nunca la recuperé.

Sonreí al escucharla, me despedí de ella nuevamente y le dije que sin falta la recogería mañana a las tres para almorzar. Siempre me preguntaré cómo habría tomado mi peculiar confesión. Quizá que haya perdido mi carta, fue lo mejor.

Jhonnattan Arriola Rojas