Buenas buenas señorita Palermo. Disculpará usted mi
irrupción a su domingo familiar, pero necesito hacer algo desde hace mucho
tiempo; y bueno, creo que ha llegado el momento.
A ver, cómo empezamos. Primero, creo yo, vale la pena
especificar y responder algunos puntos. Lo más probable es que ahorita no
entiendas absolutamente nada, tampoco yo (créeme).
No, no estoy borracho, mucho menos bajo alguna sustancia
prohibida, como quizá lo has pensado. Tampoco estoy pasando por
una etapa de depresión al lado de cigarrillos y una copa de vino. Creo que es
algo más simple que eso, aunque muchas veces me hago un mundo para todo.
Suelo ser muy reservado con lo que realmente me interesa.
Dejo que la vida pase por debajo de mis pies luciendo pieles distintas
dependiendo de la sonrisa con la que haya amanecido. Evito complicarme, aunque
sé que es inevitable, pero hubo un punto de quiebre que me hizo pisar el freno de mi carrito de golf de 40 km por hora; y recién ahí comenzar a pensar,
volver a pensar y finalmente a preguntar: “¿Qué carajos está pasando?”. Si de
casualidad te estás preguntado: “¿Y yo qué tengo que ver acá?”, bueno esta es
la parte de mi pequeña historia en la que tú apareces. Ponte cómoda, enciende
un cigarrillo, dale play a tu canción favorita y sigue leyendo.
No soy un fanático de la hipérbole, pero quizá mis palabras
te parezcan un poco exageradas, aunque no lo son. Todo fue un tanto complejo.
Inició con una solicitud de amistad enviada. A diferencia tuya, yo sí sabía
quién eras. En ciertas reuniones, sutilmente intentaba saber de ti, preguntas
por aquí, algunas otras por allá. Poco a poco fui recopilando información. No,
no soy stalker, prefiero llamarme persona con un interés específico. Suena más
bonito.
Intenté hablarte muchas veces. El “ESC” pudo más que el “Enter”.
Creo que nunca me sentí tan cohibido por
alguien, no encontraba el modo. Me quedaba en neutro y no era capaz de poner
primera. Recuerdo el día que me fui al todo por el todo y quise invitarte al
cine. “¿Qué puede salir mal?” pasaba por mi mente. No estoy seguro de cuál fue
tu respuesta, pero en conclusión fue un claro: “no”. Perdí la batalla sin ni
siquiera haberla iniciado.
Semanas después se acercaba mi cumpleaños. Y tu presencia (aunque
prácticamente no nos conocíamos) fue mi mayor obsequio. Sin querer, tengo una
canción que me hace recordar a ti, y no es porque te la dedique o algo por el
estilo, sino que la primera vez que la escuché nos vi a los dos bailándola, mis manos rodeando suave tu cintura, mientras tu cabeza se acurrucaba sobre mi pecho.Rogaba que el DJ la pusiera en la discoteca sin embargo, no fue así. Felizmente
sí fuimos a bailar, y para suerte mía, la realidad supero con creces a la
pequeña ficción que se había armado en mi cabeza.
Después de aquella noche no lograba sacarte de mis
pensamientos. ¿Por qué? Hasta ahora sigo buscando una respuesta. Y está más difícil
que entender “Rayuela” por más que sigas las instrucciones de Julio Cortázar.
Mi cabeza se volvió un laberinto con millones de puertas y
una sola llave que no sabía a qué cerradura apuntar. Decidí elevar mi alma al
aire, ordenar mis ideas, despreocuparme y continuar. Total, la vida es una, o
al menos eso es lo que dicen.
Intentar llegar a un cierre preciso que pueda resumir esta carta, a mí parecer, sería necio. Si te diste cuenta, me gusta escribir, y
aunque ya no lo hago con mucha frecuencia, cada vez que vuelvo a lo mío,
intento aflorar absolutamente todo lo que llevó dentro. Hoy lo hice contigo y para serte franco,
necesitaba hacerlo.
Con mis palabras no te estoy pidiendo un noviazgo, o que te
guste, o que salgamos y pueda robarte una sonrisa. Sólo quería que lo sepas. De
mí para ti.
Llevarlo tanto tiempo guardado conmigo, no resulta muy alentador.
Hola (carita feliz). Creo que debo comenzar por pedirte perdón. Sé que en un principio no supe valorar lo mucho que me amaste, ni asimilar a conciencia ese lado negativo mío que tanto te lastimó. Pero el tiempo ha pasado y he llegado a comprender mis errores. Ya no soy el mismo de ayer, ahora uso corbata casi a diario y no le tengo miedo a la oscuridad.
Suspiro y prendo un cigarrillo. Aún recuerdo la última vez que nos dijimos te amo.
Suspiro y apago el cigarrillo. El dolor y el desamor me hicieron entenderte mejor.
Tuve que recibir golpes muy fuertes para darme cuenta de tu grandeza, y de lo magistralmente cojudo que fui al soltarme de tu mano cuando me la extendías a gritos. Pero aún así, debemos admitir que la culpa la tuvimos los dos. Éramos unos jóvenes llenos de ilusiones, dispuestos a amar hasta el final, pero no de comprendernos cada día más. Ambos nos disparamos, pero felizmente salimos ilesos de la lucha. Aunque en un principio quedaron roces a carne viva en nuestro corazón, heridas que pensamos que serían incurables. Nuestros oídos estaban totalmente aturdidos por la balacera de discusiones, que no supimos escuchar razones. ¿Pero quién lo diría? A pesar de todo y de los mil intentos por alejarnos, el destino nos volvería a juntar. No me atrevo a pronosticar qué se trae entre manos, pero me hace muy feliz volver a verte sonreír por alguno de mis chistes. Eres sabia por haber dicho que el tiempo puede ser un súper aliado para olvidar lo malo. Y yo un necio por quererlo todo apresurado.
¿Te acuerdas que en un inicio, cuando recién terminamos dijimos que por lo menos no nos eliminaríamos del Facebook y de las demás páginas de chat? Igual sabíamos que tarde o temprano uno de los dos se encabronaría y eliminaría todo rastro de recuerdo. En este caso, fui yo el que tomó el primer paso. Me siento un brutal inmaduro por eso. Aunque quizá haya sido lo mejor en su momento. Tal vez si hubiésemos seguido hablando, ahorita no podríamos ser amigos de nuevo.
Suspiro y me sirvo una copa de vino. Un nudo en la garganta empieza a secar mi respiración.
Recuerdo cuando afirmaba que solo bebería aquel vino de barrio de cuatro soles, el divino “Sureño”, pero ahora, digamos que refiné un poco mis gustos. Sin embargo, puedo asegurarte que mi sencillez característica me sigue abrazando. La única diferencia es que ahora no solo monedas acompañan mi billetera. De verdad, agradezco que siempre hayas confiado en mí y aguantado todos mis arranques de depresión nebulosa, que me arrojaban a un huracán de melancolía e inseguridad de noches de lluvia. Lo sé, me volvía un pequeño niño temeroso, pero allí estabas tú para abrazarme. Para arrancarme una sonrisa con una coquetería. Gracias a ti volví a recuperar la confianza en mí. Supiste darme mi espacio y respetar mis noches duras de escritor, donde solo existía mi mundo de historias. Y aunque quizá nunca te lo dije, en ese mundo mágico, guardé tu recuerdo. Cierro mis ojos y te imagino sentada debajo del árbol de manzana de uno de mis cuentos. Aún no me atrevo a tocar tu hombro por la espalda. Siento que me derrumbaría ante la belleza de tu rostro y te abrazaría entre lágrimas. Y tristemente me daría cuenta que solo en mi cabeza sigues siendo real. Por el momento sabemos que es lo mejor. Aunque me emociona saber que el destino quizá nos vuelva a regalar un beso y un para siempre. Dios sabe lo que hace. Dejémoselo a él.
Dejo de escribir. Empiezo a caminar por toda mi sala. Me duele mucho el brazo izquierdo. Tengo problemas con el corazón, lamentablemente es confirmado. Estoy enfermo.
Estoy cansado. Vivo en una lucha constante conmigo mismo. No siempre gano... (Miro al cielo). Sabes que lo que más deseo en la vida es formar una familia, volverme ese padre ejemplar que nunca tuve. Comprarle a mi madre ese “Walk in closet” con el que soñó desde niña. Lo sé, no creas que no te escuché cuando me repetías hasta el cansancio que el dinero no es lo más importante, que la unión y el amor es por lo que verdaderamente se debe luchar. Ay querida (con tono gracioso, un poco afeminado), déjame decirte que siempre lo entendí. No duermo, no veo colores en el día, me siento solo…pero cierro mis ojos y presiono mi puño con fuerza por las noches, porque tengo fe que mi esfuerzo será recompensado. Alcanzaré mis sueños. Llegaré a ser el escritor y el compositor que desde niño he anhelado, y garantizo que formaré la familia que me he jurado. Concretaré todas mis fantasías, cada una de las que te fui contando en nuestras caminatas de regreso a tu casa, después de haber ido al cine.
Suspiro y busco algo de comer. Solo encuentro la mitad de un paquete de galletas. La noche es larga.
La confusión vuelve a mí, querida amiga. Cada vez que recuerdo las promesas inconclusas que quedaron pendiente en nuestra relación, mis ojos empiezan a experimentar un diluvio de dolor. Juré que te protegería de todos, pero olvidé que en algunas ocasiones yo era el villano más pendenciero de la humanidad… Sé perfectamente lo que me estarías diciendo en estos momentos: “No digas eso, Jhonnattan. No te sientas así. Eso ya quedó atrás.”… Ok, ha pedido tuyo no tocaré más esos temas tristes del pasado. Volteemos la página a un capítulo más de la refurinfunflay.
Suspiro y empiezo a estornudar. Mi alergia sigue jodiéndome la vida como una sabandija en la entrepierna. Al menos por ahora procuro doblar mis pañuelos (Carita de monce haciendo una broma XD)
Nos hemos vuelto a encontrar. Te lo dije… Lo afirmaste. Un trecho largo e interesante vuelve a ponerse en nuestro camino. Nos queda mucho por vivir y por sanar. Debo admitir que he estado roto. Pero eso ya se acabó. Ya no quiero caer una vez más. Voy apagar el incendio que sigue ardiendo en mi cabeza, voy a matar al viejo amargado y cansado que a veces castiga al joven que soy. Sacaré mi espada para derrotar a todos los dragones que se me pongan como obstáculos para concretar mis metas. Esta vez he hecho una tregua con el tiempo. Me ha jurado que estará a mi favor. Sanaré, me arrancaré las vendas de las heridas y tomaré las medicinas correspondientes para sentenciar la desmotivación de mi sendero. Hoy vuelvo a ser yo.
Suspiro y voy a buscar mi guitarra. Toco la canción que te escribí.
Una carta que te acompañe. Eso quiero que tengas en este escrito. Si en algún momento te sientes triste o sola, déjame decirte que eres maravillosa. Si a tu camino le empiezan a crecer espinas, quiero que sepas que podrás con ellas. Siempre encontrarás la forma de salir adelante. Ya no le tengas miedo a las historias de terror, porque el amor y la paz siempre brillan en tu mirada. Perdóname por todas las veces que te hice llorar, prometo, pase lo que pase, clavar cientos de sonrisas en ti, por cada herida que dejé. Te mando un beso gigantesco. Siempre podrás contar conmigo. Sonrío entre lágrimas porque me doy cuenta de que llegué a conocer lo que realmente significa el amor, a través de ti.
Suspiro y prendo un cigarrillo. Ya no quiero escuchar más canciones tristes. Propongo una mejor.
París Segunda parte
Para leer la primera parte sigue el siguiente enlace: Tu lado romántico
Muchas veces nosotros mismos no sabemos en qué vida nos encontramos. O en qué vida nos gustaría vivir. Necesitamos de otros para que nos digan hacia dónde vamos y qué es lo que estamos haciendo. Al menos eso pasa conmigo.
Esa noche salí con Giulia de la discoteca sin rumbo y destino. Ella saltaba y por ratos se dejaba llevar por el fuerte viento que venía en dirección contraria a nosotros. Yo sólo miraba.
Eran las 5:05 de la mañana. Faltaban más de tres horas para que amaneciera. Giulia caminaba dos metros más adelante. Yo disfrutaba de la vista.
- ¿A dónde vamos? – Le pregunté.
- No seas ansioso. Ya falta poco – respondió casi gritando. Se acercó hacia mí y tomó mi mano.
París es una ciudad que realmente te enamora. Nadie se conforma con ser el espectador de la historia, todos quieren ser los protagonistas y vivirla. Cada quien escribe su propia novela, sabe el orden de sus capítulos y más aún está al tanto de dónde terminar. A diferencia mía, yo no sabía dónde, cómo y con quién terminaría. Y me gustaba.
Giulia empezó a correr. Aceleré el paso para poder alcanzarla. Luego de dos cuadras, se detuvo. Extendió sus brazos, cerró los ojos y en su rostro se dibujó una sonrisa. Al llegar, tomé su cintura. Ella agarró mis manos y las extendió junto a las suyas. Tiró su cabeza para atrás y en voz baja, muy cerca del oído, me dijo: “Apuesto a que nunca habías visto algo como esto”. Suspiré.
La vista era realmente hermosa. Las calles iluminadas de amarillo le daban un aire muy cálido a la ciudad. Y las aguas del río de Seine hacían que ese momento se vuelva musical. A los lejos veíamos pequeñas embarcaciones flotantes y poco a poco íbamos sintiendo como la brisa acariciaba nuestros rostros. No era la primera vez que estaba en el Puente “Neuf” en el barrio de Saint-Michel; sin embargo, esta ocasión era distinta, muy distinta; y, sobre todo, especial.
- Siempre vengo acá cuando quiero ser feliz y tengo ganas de enamorarme de mí misma – me dijo mirando al cielo – Para mí, este es el lado romántico de la ciudad.
Bajamos los brazos y se fue acurrucando en ellos. Nos quedamos en silencio. Moría por besarla. Era la escena perfecta, la atmósfera que habíamos creado lo ameritaba.
- ¿Y tú, ya descubriste tu lado romántico? – Me preguntó mientras giraba para ponerse frente a mis ojos.
- Estoy perdidamente enamorado de París. Cada rincón que visito me hace pensar que es mi lugar favorito. Sería difícil elegir sólo uno.
- No hablo de un lugar. Hablo de ti.
La miré un poco confundido. Sus ojos estaban brillosos. La noche estaba por terminar. Alzó su mano y la puso encima de mi pecho.
- Todos tenemos un lado romántico en nuestro corazón. Hay que descubrirlo. A veces necesitamos de otras personas para hacerlo. – Me dijo.
- He estado con muchas personas. Pero creo que nunca vi o presencie un lado romántico.
- Quizá estuviste viendo el lado equivocado.
- ¿Y cuál es el correcto? – Le pregunté.
Acarició mi mejilla y deslizó su mano hasta llegar a mi cintura. Juntamos nuestras miradas y vi más allá de sus ojos. La miré una vez más, ella sonrió y terminamos la escena con un beso. Un beso largo, muy largo.
- Parece que ahora empiezas a descubrirlo. – Me dijo.
Asentí con la cabeza y continuamos. Esa noche hicimos el amor.
Ya había amanecido. Eran las 11:05. Mis clases habían empezado hace dos horas.
- No te sientas mal. Podemos recuperar esta clase el sábado.- Escuché decir a Giulia. Esa noche dormimos en su habitación de la residencial.
Recuerdo lo sexy que se le veía usando mi camisa. Sólo la camisa. Contorneaba con elegancia su figura, luciendo a la perfección sus suaves y redondos senos, acompañados de un hermoso trasero que no dejaba de moverse alrededor de la habitación mientras buscaba algo para desayunar.
Aquella mañana nos dedicamos a hablar de nosotros. No necesariamente de lo que habíamos hecho, sino de qué es lo que teníamos planeado hacer. Le comenté que luego de París, tenía planeado un viaje más; un tour que me llevaría desde Madrid hasta Roma. Y sonrió. Ella viajaría luego a Ecuador para llevar un curso de seis meses de español.
Le conté a Tiago todo lo que había sucedido, pero él fue muy frío con su respuesta: “Me alegra mucho que te estés divirtiendo, aunque creo que te estás olvidando de lo que te dije. Todo puede ser muy bonito, pero de lo bueno… poco. ¿Me entiendes? Aún te quedan unas semanas en París. No te enamores. Sé lo que te digo”. Y lo vi alejarse de mí.
No le hice caso. No pretendía enamorarme de alguien; mis días en París cambiaron desde que Giulia se cruzó en mi camino, y no quería perder esa sensación. Menos aún quería pensar en la despedida. Durante semanas salí con ella. Montábamos bicicleta juntos y esa era nuestra mejor manera de conocer la ciudad. Juntos. Riéndonos. Vivir cada estupidez que hacíamos, cada accidente que teníamos y cada discusión tonta que provocábamos. Sentir y respirar París, siempre me lo decía.
Partía el viernes 13 a las 6:15 am rumbo a Madrid. Una noche antes hicimos una reunión en mi habitación con todos los amigos que había hecho durante todo ese tiempo. Fue una noche alegre pero a la vez, triste. No me quería ir.
A las dos de la mañana Giulia tomó mi brazo e hizo que me levante. Me condujo a su habitación y me hizo sentar encima de la cama. Jaló una silla y se sentó en ella.
- Tengo una sorpresa para ti – me dijo sonriente – Sé que te gusta la música y más aún, tocar la guitarra. Vine preparando esto desde nuestro primer beso.
Tomó su guitarra y empezó a tocarla con un placer único. Su manera de cantar y el ritmo que seguía hizo que quedara perdidamente enamorado de ella. Quise abrazarla pero dejé que terminara la canción.
- Cuando llegues a Roma iré a buscarte – me dijo – Sólo dame la dirección del hotel donde estarás y el resto déjalo en mis manos.
- No sé si sea necesario – le dije.
- Ya no iré a Ecuador, cambiaré de país. Estudiaré español en Perú.
- Emilio, es hora de ir al aeropuerto – dijo Tiago que había entrado sin aviso a la habitación.
- Anda. Coge tus cosas y luego vuelves. Te acompañaré al aeropuerto – dijo Giulia.
Llegué a mi habitación. Mis maletas estaban listas. Me eché en la cama y empecé a escribir.
- No te enamores, te lo dije – escuché de repente a Tiago – Disculpa, pero oí lo que te dijo Giulia. ¿Qué piensas hacer?
Suspiré. Los segundos pasaban y parecían eternos. Dudé, dudé mucho. Alcé la mirada y me caminé hacia Tiago.
- Voy a ir solo al aeropuerto. Por favor, entrégale esto. Fuiste un gran amigo, espero verte pronto. – Fueron las últimas palabras que compartí con Tiago. Nos dimos un fuerte abrazo y salí de la habitación.
Tomé el bus que me llevaría al aeropuerto y en el camino solo imaginaba a Giulia leyendo mis palabras. No sabía si había hecho bien o mal. Estaba perdido en mis pensamientos. Fue una aventura que inició pero no sabía si debía terminar.
Giulia, mi intrépida y tierna Giulia. Quizá en estos momentos te sea difícil de entender lo que estoy haciendo, pero créeme que todo tiene una explicación, tal vez no sea la más sensata, pero intento que lo sea. Desde el primer día que estuvimos juntos tuve miedo de enamorarme, pero lamentablemente lo hice. No tuve el valor de ir hacia ti y poder despedirme. Creo que nunca deberíamos decirnos adiós. Nuestra historia tuvo un inicio pero no quiero terminar el libro. Siempre creí en el destino, y si en nuestro destino está encontrarnos de nuevo, sé que lo haremos. Tú viajarás a Roma y sé que nos volveremos a ver las caras. No porque te dé la dirección de donde me encuentre, sino porque ambos buscaremos nuestro lado romántico y gracias a ello sabremos dónde estaremos. Tú me lo ensañaste desde un principio. Será un lugar que sólo tú y yo sabremos. Buscaré en ese lado de mi corazón que tú señalaste y si el destino lo quiere, te encontraré y viviremos lo que nos falta por vivir.
Gracias por ser mi principessa italiana. Gracias por hacerme descubrir una manera de vivir. Gracias por ofrecerme tu lado romántico y hacerme descubrir el mío.
Ti amo Giulia.
A presto bella, mia bella.
Gracias París. Muchas gracias.
El avión partió y el destino se encargaría del resto.
Sinceramente pensaba llevarme este secreto a la tumba, y si finalmente decidía contárselo a alguien, jamás sería a ella, mi Cristina bella. Pero bueno, el destino hizo lo suyo y no pude evitar confesarle a mi mejor amiga un terrible secreto, que me había hecho muchas pajas en su honor. Lo sé, suena asquerosamente horrible. Pero ya verán que al terminar de leer esta historia, comprenderán mejor la situación y no quedaré tan mal como en este primer párrafo. Tampoco como un héroe, pero sí como un chico valiente, o mejor dicho: “Un pajerillo valiente”.
Quinto de secundaria, el mejor año de estudio y el más huevero. Todos nos tiramos la pera de las clases, no hacemos las tareas, terminamos pateando profesores y diciendo que el rock and roll nos dio más lecciones. Hasta allí todo excelente, pero el detalle es que también significa el fin de un ciclo hermoso. Con muchos de esos peculiares personajes a los cuales llamamos: "Patas de promo", no nos volveremos a ver jamás. En mi caso, mi mejor amiga y amor en secreto, Cristina, se iría a estudiar a una prestigiosa universidad de Estados Unidos, llevándose consigo la magia de mi día a día.
Pero lo que me conllevó a confesar mi pegajoso crimen, fue una conversación algo picante que sostuve con ella días antes de su despedida (Con varios cigarrillos y una botella de ron).
-Lo que más me molesta de los hombres, es que no pueden vivir sin masturbarse. Es un asco. Me daría nauseas saber que alguien lo ha hecho pensando en mí. ¿Tú jamás lo has hecho, no? Sería terrible haber sido para ti, aunque sea un segundo, un asqueroso objeto sexual.
- Jamás en la vida, contesté, cínico a mil, mientras me crecía la nariz como Pinocho.
Obviamente me sentí muy mal por no haber sido honesto con mi mejor amiga. Así que decidí escribirle una carta, disculpándome y diciéndole toda la verdad. A su vez, le pedí por favor que la leyese cuando esté en New York. Felizmente me hizo caso, sino, me hubiera sentido muy incómodo, despidiéndola en el aeropuerto.
Confesiones de paja:
Esta será la carta más inusual que recibas en toda tu vida. Espero que no me odies por lo que te voy a decir, pero como tu mejor amigo, debo ser sincero al cien por ciento. Antes que nada déjame aclararte que no solo fue una noche, desde que comencé en tu honor, no volví a cambiar de musa...Ay Dios, aquí se viene (Tambores). Me he masturbado pensado en ti ¡Coño, lo dije! Me he quitado un terrible peso de encima.
¡Espera! Please, no arrugues la carta. Dale una oportunidad a las siguientes líneas. Sé que en estos momentos te preguntarás: “¿Qué diablos va a decir para justificarse?” Pero créeme, todo tiene un porqué.
Estoy enamorado de ti como un loco. Y lamentablemente, es casi imposible para un hombre, evitar juguetear con su compañero de batallas. Sentí que te sería infiel de alguna forma si es que evocaba en mi mente a alguna otra mujer que no seas tú en esos momentos. Nunca fantaseé algo espantoso, tan solo tú y yo, haciendo el amor. Un sueño que sabía que nunca se volvería realidad, ya que tú solo me veías como tu mejor amigo. Perdóname por desearte tanto emocional como físicamente. Sabes que, no me da vergüenza decirlo. Perdóname por desear querer hacerte mía. No pienso mentirte como otros chicos y fingir que son tus ojos pardos lo único que me enamora de ti. Amo cada parte de tu ser, desde tus dedos gorditos a tu abultado trasero. Desde tu sonrisa traviesa, a tus senos, que si bien es cierto no son muy grandes, para mí, tienen el tamaño perfecto.
No pienses que soy un aguantado y un enfermo sexual. Realmente me hubiese gustado perder mi virginidad contigo. Que ambos lo hiciéramos juntos. Pero tristemente sé que eso jamás sucederá. ¿Cuál es mi pecado? ¿Ser lo suficientemente valiente para decir que ninguna mujer me ha excitado como tú? No lo creo.
Como diría el gran Daniel F: “Es contigo que quiero hasta el fin por siempre masturbarme”. Te comprendo si no me respondes la carta y no quieres saber más de mí. Te prometo que no volverás a ser mi sirena de noches de hormonas revueltas. Desde que dijiste lo mucho que te molestaba, jamás lo volví a hacer. De igual manera, quería que entendieras mis razones que me llevaron a caer en el pecado de amarte en silencio, bajo mis sábanas.
Siempre serás mi bella Cristina. Siempre te amaré.
Miguel Ubillús
Siete años después
Cristina nunca me respondió la carta, y como en ese tiempo no había Facebook ni estaban de moda las redes sociales, me fue difícil volver a entablar contacto con ella. Pero hace un par de días, me la encontré en un café de Miraflores. ¡Vaya sorpresa! Había venido a pasar el día de la madre en Perú.
A penas me vio me saludó con un fuerte abrazo y empezó a llorar de la emoción. Fue un rencuentro de lujo, nos tomamos muchas fotos y nos contamos todo lo que nos había pasado en ese lapso de tiempo. A eso de las nueve de la noche, la dejé en la casa de su madre y antes de que nos despidiéramos, me dijo para salir al día siguiente. Acepté encantado. Sigue igual de hermosa. Y me late que yo también le atraigo, por lo menos, eso me indicaron sus grandes y brillosos ojos.
- Una última cosa, ¿llegaste a leer la carta que te escribí cuando viajaste a Estados Unidos?, pregunté, antes de que entrara a descansar.
- Ay, Miguel, no sabes cuanta rabia me dio. La maleta en la que la llevaba se perdió en el aeropuerto. Nunca la recuperé.
Sonreí al escucharla, me despedí de ella nuevamente y le dije que sin falta la recogería mañana a las tres para almorzar. Siempre me preguntaré cómo habría tomado mi peculiar confesión. Quizá que haya perdido mi carta, fue lo mejor.
Segunda parte: Daniela me envió una carta, y recién hoy tengo el coraje para responderle.
Caminaba sin razón tambaleando en las paredes de mi cuarto. Necesitaba saber de ella, sin embargo algo me detenía, y en mi interior sabía lo que era. Arranque una hoja de mi cuaderno y empecé a escribir.
Daniela, mi pequeña Daniela. Cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que nos comunicamos. Las cosas me han estado yendo mal, he perdido muchas cosas, mi trabajo, mi dinero, mi familia, mis amigos. Todo ha sido muy complejo y confuso, e intento batallar día a día para mantener la sonrisa que muchas veces tuve gracias a ti.
Sé que sabes dónde estoy, sé que me acompañas en cada momento y cada que extiendo mi mano, te siento, claro que te siento.
Creo que quedaron muchos asuntos pendientes entre nosotros, vivimos una historia con varios capítulos que nunca terminamos, o quizá no quisimos terminarlos. Pero tú fuiste muy lejos, te salteaste gran parte de nuestra vida y decidiste llegar a la última página del libro, y no lo consultaste.
Nunca me enamoré, aunque todos decían que mi novia y yo éramos la pareja ideal, que habíamos nacido el uno para el otro; yo jamás lo sentí de esa manera. Éramos felices, sí, pero quizá mi decisión de firmar el contrato llamado matrimonio fue prematura.
Recuerdo el día que te conté sobre mi boda, y recuerdo aún más el puñete que me lanzaste y te fuiste sin decirme más. Desde aquel día nos distanciamos, perdimos contacto por más que inundaba tu casilla de voz con mis mensajes desesperados.
Y al poco tiempo desapareciste. Me sentía perdido sin ti, perdido en un mundo donde tú eras mi única guía, mi gran punto de partida.
Es hoy cuando me pregunto por qué no sobrepasamos el límite de nuestra amistad. ¿Muy tarde verdad? Lo siento, fue mi culpa. Siempre tuve miedo de que al lanzarnos a tal aventura termine por arruinar todo lo que habíamos construido juntos.
Todo esto es muy difícil. Te extraño Daniela. Te extraño mucho.
Han pasado nueve meses desde tu muerte. Nueve meses desde que recibí tu primera y última carta. Nueve meses desde que fumé mi último cigarrillo, el que tú me dejaste. Nueve meses desde que decidiste saltar de tu balcón. Nueve meses desde que mi vida se convirtió en una tremenda miseria. Han pasado nueve meses, y recién hoy tengo el coraje necesario para escribirte y decirte lo que siento.
Suelo leer tu carta todos los días, y al terminar, salgo a la calle a seguir con mi imaginaria búsqueda. Sigo el camino que me dejaste, el rumbo que marcaste en mí y que estoy seguro me conducirá a la atmósfera que desde siempre habías creado para nosotros.
Pero ya caminé mucho, recorrí muchas calles pronunciando tu nombre, y por fin hoy comprendí que jamás te encontraré aquí, en este pavimento que nos juntó desde un inicio. Es momento de irme a un nuevo horizonte. Seguiré tus pasos y no pararé hasta hallarte.
Espérame, hoy termino este capítulo y empiezo el siguiente, uno que se titule: El adiós no es eterno. Lo haré por ti, por nosotros. Lo haré porque te quiero flaquita, te quiero.
“Si verte fuera la muerte y no verte fuera la vida, preferiría la muerte que la vida sin verte”