Mostrando entradas con la etiqueta rojo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta rojo. Mostrar todas las entradas

domingo, 8 de junio de 2014

Rojo

Quizá algunos ya me conozcan y hayan leído algo sobre mí en esta página. Y para los que simplemente les soy indiferente, me presento: Soy Rojo, un asesino.
Hay días en los que despierto, me pongo una pistola en la boca y anhelo romper el silencio de mis pensamientos con una bala que acabe con mi vida. Pero no me atrevo… el Infierno no es para mí. Si es que existe el Diablo, no creo que encuentre una tortura lo suficientemente despiadada como para entretenerme.
Quiero agradecer a Emilio Bazán y a Jhonnattan Arriola, por permitirme publicar alguna de mis historias en este blog. Pero lastimosamente, el espacio me quedó pequeño. Mi locura ha ido sumando víctimas.
Quiero invitarlos a todos ustedes a www.unasesinoviveenmi.com para que puedan seguir de cerca mi historia y conocerme mejor. No solo soy un puñal andando, detrás de la sangre se esconden los fantasmas que viven en mi cabeza y que alimentan mi adicción a la muerte.
¿Qué convierte a un hombre en un asesino? ¿Qué queda si le quitas todo el amor a una persona?  Son tan solo alguna de las preguntas que iré respondiendo en mis escritos. Solo te pido que recuerdes, que antes de atravesar el pecho de alguien, también amé… abracé hasta el amanecer y lloré en los brazos de mi madre, sintiéndome indefenso. Los verdaderos monstruos, no somos producto de la creación... Elegimos volvernos una pesadilla.
No prometo no toparme en tu camino, ya sabes, el destino es incierto. Pero tienes mi palabra de que si nos encontramos, te daré una muerte especial. Quizá sea un honor ser mi próxima víctima, tarde o temprano, todos nos vamos de este maldito mundo.

“Solo existe una forma de sobrevivir al Infierno. Volverte un demonio”.

domingo, 5 de mayo de 2013

Rojo: Necesito terapia


— Ricardo, no olvides que hoy es tu cita con la psicóloga. Espero que ya estés en camino. Cielo, sabes que es lo mejor para ti.

— Lo sé, mi vida…Vo no te preocupes que ya estoy bajando del auto para entrar a mi cita. Apenas salga te llamo para contarte cómo me fue —expresé con dulzura, fingiendo un trabajado acento chileno. Pero sobre todo, poniéndole silenciador a mi beretta de 45 milímetros. No sé si esta noche termine pegándome un tiro, rellenando de pólvora el rostro de la estúpida psicóloga, o simplemente, volándole los sesos a mi novia… pero con amor. 

¿Por qué es tan complicado ser un hombre de bien? Debo admitir que no me sale la cojudez. Estoy colapsando, apunto de vomitar mi cerebro por los constante dolores de cabeza. Y todo por la culpa de mi vieja amiga, maldita Mariela (Revisar post – Rojo: Detrás de la máscara). Después de haber sido traicionado por la mujer a la que alguna vez le salvé la vida, de haberla asesinado sin piedad y de confesarle mi verdadero nombre al mundo entero, no me quedó otra que desaparecer por un buen tiempo. Ya van tres años sin noticias de Rojo.
 
La capital de Chile me dio cobijo para volver a empezar. En pocos meses, ya tenía mi personaje. Ricardo Villavicencio, Director Creativo de la agencia de publicidad “Point Bum”. No sé cómo carajos me dieron el puesto, sin embargo, logré adaptarme rapidísimo. Santiago es una ciudad bellísima. Salvo por la comida, me hubiera gustado quedarme a vivir allí. Pero la presión de trabajar en agencia, los horarios, el estrés de mantener una cuenta y chuparle las bolas al cliente, no es lo mío. Así que a los dos años, con la excusa de abrir un negocio publicitario en Perú, regresé a mi país, dejando atrás mi rojo pasado.

Lo primero que hice al llegar a Lima, fue comerme un buen ceviche e ir a un bar de Barranco a tomarme una botella de Pisco. Allí conocí a Johanna, nos emborrachamos e hicimos el amor como si el fin del mundo estuviese a punto de llegar. Perdimos la cordura por el éxtasis de placer y quedamos tan exhaustos, que permanecimos inconscientes por más de doce horas. Luego, confesamos nuestros demonios, fumando un porrito de marihuana, filosofando de la creación de los tiempos y de las películas de Christopher Nolan. Al día siguiente, fuimos a cenar a la Rosa Náutica… y nos enamoramos.
 
Johanna Monteverde es una mujer maravillosa. Me ha ayudado mucho a organizar mi futuro negocio, pero sobre todo, mi vida. Sin saber mi más oscuro secreto, ha llenado mis días de tanto amor, que poco a poco, mi alma se ha ido limpiando, purificando mi pasado con el olvido. Pero lastimosamente, al año de nuestra relación, con miras de matrimonio y convivencia, mi demencia me volvió a encontrar.

No había noche en la que no despertara agitado, alterado y jadeando de angustia, producto de horrendas pesadillas. Mi inconsciente proyectaba mis asesinatos, uno tras otro. Tuve que mentirle a Johanna y decirle que tenía miedo de esos sueños macabros que afloraban en las noches, excusándome de despertarla violentamente por mis gritos. Sin embargo, lo que sentía era impotencia de no aflorar mi verdadero ser. De continuar un segundo más, siendo amado por alguien que no soy.

Mi novia me recomendó a una excelente psicóloga, y después de varios intentos frustrados de asistir, me decidí por cumplir la cita y buscar una solución a mis dilemas de sangre.

Son las siete de la noche. Llevo media hora esperando a que la asistente, me dé pase para entrar al consultorio de Sandra Mesías, la psicoanalista más famosa del país. Finalmente, las palabras que más deseaba oír, se pronunciaron.

— Señor Villavicencio, puede pasar al consultorio.

Agradecí con una sonrisa y entré a discutir de mis fantasmas con Sandrita.

Debo reconocer que la psicóloga es mucho más hermosa en persona. Si bien es cierto, en televisión sale bastante guapa, sentada en su escritorio y con las piernas cruzadas, toda una diosa, me hace temblar por  su belleza. Me he ruborizado. Y estoy seguro, que la muy puta, lo ha notado.

— Tome asiento, señor Villavicencio. Me alegra mucho que por fin se haya decidido a venir.

Le hice caso en silencio y le arrojé una fija mirada. Le sonreí con delicadeza, y expresándole lo guapa que se veía, me disculpé por las repetidas plantadas que le había dado.

— No se preocupe. Comprendo que debió estar muy ocupado. Esa fue la excusa me dio su novia, cuando me llamó para cambiar la fecha de su cita.  

— Así es — contesté, con mi singular acento chileno.



— Bien, Ricardo, espero que no te moleste si te hablo de tú. Cuéntame cómo te va. ¿Qué tal ha ido tu semana?

— ¿Puedo prender un cigarrillo?

Sandra me contempló por algunos segundos. Y con una sonrisa coqueta, dijo:

— Solo si me invitas uno.

Mientras yo buscaba la cajetilla y el encendedor en mi saco, Sandra sacaba un cenicero y habría la ventana. Cuando volvió a sentarse en su escritorio, le di el cigarrillo y se lo encendí.

— Gracias por permitirme fumar. Vo sabí que es difícil no hacerlo cuando uno está algo tensionado —expresé, después de darle una profunda pitada a mi Lucky Strike convertible.

— ¿Y por qué estás tensionado, Ricardo? Aquí nadie te va a juzgar. Sé que es complicado contar lo que uno siente, pero para eso estoy, para apoyarte. Puedes confiar en mí.

— Tengo muchas pesadillas…hace bastante que no sé lo que es dormir plenamente.

Sandra arrojó el humo de su boca de forma muy sensual, y apagó el cigarrillo en el cenicero.

— ¿De qué son tus pesadillas?

Sonreí al recibir la pregunta de la guapísima psicóloga. Y perdiéndome por un instante  en su mirada de color miel, le respondí:

— Digamos que sueño con mi verdadera vocación. La cual, he dejado en el olvido por tres años. Ya no puedo continuar viviendo sin hacer lo que realmente me apasiona. Pero no sé cómo regresar. Por un lado, podría perder a mi polola. Poner en riesgo la calma que me he ganado con mucho esfuerzo. Pero estoy seguro de que si no hago algo al respecto, terminaré explotando. Y esa bomba de tiempo que se está forjando en mí, puede ser muy letal.

Sandra agachó la mirada, luego, la devolvió en mí fijamente. Me sonrió por compromiso, y dijo:


— No debes dejar de hacer lo que te apasiona…

— ¿Pero si Johanna no lo entiende? —interrumpí de golpe.

— Si no lo entiende, es porque no es la mujer para ti.

— ¿Y cuándo debería regresar?

— Ahorita mismo. No debes dejar las cosas para mañana.

— ¿Está segura?

— Muy segura.

Sin pensarlo, mi verdadera esencia se apoderó de mí, y con una rapidez envidiable, saqué mi arma del saco y le disparé en el pecho.

Silencio y oscuridad. Soy viento y soplo de calma. Con los ojos cerrados, empiezo a escuchar la sinfonía número ocho de Beethoven. Mi alma danza al compás de la música clásica. Me relajo en la nada. Vuelvo a existir.

Abro los ojos y todo está como antes. Salvo que Sandra, sin poder gritar ni emitir algún ruido, agoniza espantada. Aún sigue sentada, tocándose la herida y mirándome con horror.

Dejo el arma por unos segundos apoyada en el escritorio. Saco de mi bolsillo mis guantes negros y me los pongo. Luego, con un pañuelo y un poco de alcohol, limpio mis huellas de la pistola.

Le sonrió con dulzura a Sandra, mientras escribo una nota en su libreta personal.

— Muchas gracias por la ayuda, Sandrita. La pasé de maravilla contigo. Es una lástima que haya acabado así la noche, pero bueno, espero que lo entiendas.

Sandra intenta ponerse de pie, pero es inútil, cae al suelo de cara. Busca arrastrarse hacia la puerta, pero le piso la espalda.

— ¿Realmente pretendes escapar? —le pregunto con inocencia en mi voz.

Me agacho y la volteo para poder mirarla a los ojos.

— Debo confesar que estoy algo nervioso. Hace mucho que no hacía esto. Pero lo vamos a disfrutar. Te lo prometo.

De pronto, la puerta suena. Es la asistente.

— Señorita Sandra ¿Todo bien?

— ¡Por favor, pase! Algo raro le ha pasado a Sandra —exclamo con preocupación.

Apenas la joven asistente abre la puerta, la recibo con un mortal balazo en la cabeza. Para mi mala suerte, yo era el último paciente. No había otra persona por asesinar allí.

 — Disculpa la distracción, Sandrita. Tu asistente quería un poco de protagonismo.

— Te vas a ir al infierno, Ricardo. La policía va a dar contigo, infeliz. Todo el mundo me conoce —aulló agonizante, mi querida psicóloga.

— No soy Ricardo, Sandra. Rojo ha vuelto. Y es gracias a ti.

Admiro la valentía y fuerza de Sandra. Un balazo en el pecho, no fue suficiente para acabar con su vida. Pude darme un banquete de sangre con su cuerpo. Le arranqué cada dedo de las manos y pies, después de haberle cortado la lengua, para disminuir el riesgo de que gritara y la policía venga a molestar. Finalmente, acabé con su vida, disparándole quince balas en la misma herida del pecho. Con sus dedos, escribí “Rojo” en su escritorio, junto a su libreta abierta, mostrando mi literaria nota.

Desde esta noche, mi nombre volverá salir en la portada de todos los diarios. Seguirán soñando con encontrarme, pero solo el infierno de mi locura, hallarán entres mis asesinatos. Necesitaba terapia y la gran psicoanalista Sandra Mesías, se prestó para ayudar. Sin saber que le aconsejaba a su muerte, me dio la respuesta que buscaba. No importa qué actividad sea la que nos apasione. Vivir con la expectativa de realizar nuestros sueños a futuro, es una mierda pintada a colores. El momento de vivir nuestra vocación, es ahora. Sin importar el precio, debemos arriesgarnos. Solo hay una oportunidad de vivir y no podemos desperdiciarla, soñando sin actuar.

Mi alma respira y canta cuando asesino. Y es lo que haré hasta el último día de mi vida. Mientras tenga la fuerza de empuñar un cuchillo en el pecho de alguien, lo haré con pasión, disfrutando cada gemido de dolor de mi víctima.

Rojo

— Aló, amor ¡Cómo te fue! —exclamó emocionada, mi  Johanna.

— Bien, preciosa. Estoy manejando a toda marcha a tu casa, para seguir el consejo de Sandra.

—  ¡Qué bueno, mi amor! Abriré una botella de vino y te esperaré linda para que me cuentes todito, precioso.

— Gracias, mi vida. Hoy te confesaré mi verdadera identidad —dije con un tono coqueto.

— ¿Ahora quién serás, bebé? No me digas que vendrás disfrazado de Rojo, el asesino, y me matarás a besos.

Me quedé en silencio por un segundo. Sonreí frente al espejo retrovisor de mi auto. Johanna es una mujer espectacular. Creo que antes de decirle quién soy en realidad, le haré el amor.

— Precisamente, mi niña. Hoy te voy a matar…a besos.

Jhonnattan Arriola Rojas


lunes, 20 de agosto de 2012

Rojo: Detrás de la máscara


Su nombre es Mariela y su mirada un brillo angelical café. Conoce mis secretos, la verdadera tonalidad perversa y melancólica de mi alma, pero sobre todo, mi rostro. Ella sabe quién se esconde tras las múltiples máscaras de Rojo. Ha publicado un libro en el cual revela mi historia, afirmando ser una de las pocas personas con vida que me conoce realmente. Las copias se venden a montones. La policía no deja de interrogar a la pobre Mariela, con la esperanza de encontrar algún detalle crucial que los lleve a dar con mi paradero. Son las siete de la noche y no dejo de mirarme al espejo. Después de cinco años, me volveré a encontrar con mi vieja amiga. Como en todas nuestras extensas pláticas, no llevaré ningún disfraz. Simplemente seré yo mismo…Rojo, un asesino en serie.

Conocí a Mariela por accidente. Fue una noche de octubre, hacía mucho frío en la capital, llovía y la oscuridad de las calles era más nebulosa que de costumbre. Caminaba mientras fumaba un cigarrillo. No buscaba una víctima, tan solo una bodega abierta para comprar una bebida, extrañamente me moría de sed. De pronto, los gritos de una fémina me llamaron la atención. Sin duda estaba en peligro. Saqué del bolsillo de mi saco mis guantes negros, me los puse y seguí su exclamación de auxilio.

- ¡Cállate, zorra!, vociferó un delincuente de medio pelo, que amenazando con un cuchillo a la pobre chica, intentaba zacear sus bajos instintos, tocándola a la fuerza.    

- Déjala, expresé calmado, apenas llegué a la escena, dispuesto a rescatar a la mujer.

El pobre diablo intentó hacerme frente con su arma blanca. Esquivé sin problemas su brusca envestida, giré con rapidez en el suelo, haciéndolo caer con una ágil barrida. El sujeto arrojó el arma al impactar contra la vereda. Aproveché para pisar brutalmente su rostro, rompiéndole la nariz al instante, inundándolo de sangre. Recogí  su cuchillo del suelo y se lo clavé en los genitales. El dolor era tan fuerte, que ni siquiera podía gritar, simplemente seguía ahogándose. Finalmente, me agaché, lo miré fijamente y le torcí el cuello. Al levantarme, me percaté que la mujer seguía allí, contemplándome sorprendida. Estaba en shock. No dejaba de temblar. Por mi parte, saqué de mi saco un pequeño cuaderno, un lapicero y empecé a escribir.

Este hombre intentó atacarme con un puñal, el mismo que lleva clavado en los genitales. No todos tenemos la habilidad y la fortaleza de usar un arma. Asesinar no es tarea de débiles ni cobardes, porque finalmente terminarán vencidos. Quitarle la vida a alguien es un arte, una acción placentera que no conlleva a ninguna patología social. Me he sometido a millones de pruebas psicológicas. Todas proyectan mi alto nivel de inteligencia e imaginación, sin detectar mi pasión por la sangre. La humanidad no extraña a los perdedores. Con el perdón de sus familiares, la muerte de este infeliz, ni siquiera tendrá una primera plana en las noticias, se la darán a otro de mis asesinatos, seguro al de algún político mamón.    

Rojo

Dejé la nota en el cadáver de mi víctima. Volví a centrar mi mirada en los ojos de la mujer. Seguía observándome con minuciosidad. Ya no temblaba. No veía miedo en su semblante. Pudo haber huido hace mucho o gritar por ayuda como cuando el delincuente la acosaba, pero no, seguía parada a unos cuantos metros de mí, sin pronunciar palabra.

- ¿Quieres tomar un trago?

No sé por qué se lo propuse. Algo en su mirada me trasmitió mucha confianza. No la mataría. Sentía que nuestras historias de alguna u otra manera tenían algo en común. Y no me equivoqué. Mariela me sonrió de lado y aceptó mi propuesta.

La complejidad de su personalidad me cautivó. Una mescla perfecta entre dulce y caótica.  Sostuvimos por casi un año una relación de amistad sin barreras (nos acostábamos con bastante frecuencia). Mariela había sufrido mucho. Su madre se asesinó la noche en que se enteró que su esposo la engañaba, arrojando a su hija  a los brazos del ebrio de su padre, quien finalmente no pudo soportar la culpa, desquiciándose cada día más, descargando su ira, golpeando hasta el amanecer a su única hija. El infeliz terminó en el manicomio, y Mariela, aprendiendo desde muy corta edad a vivir sola y a valerse por sí misma, salió adelante, convirtiéndose en una periodista de renombre.

Por obvias razones de su vocación, Mariela quiso conocer cada detalle de mi personalidad, hasta mis más viles secretos. Si bien es cierto sabía que en algún momento los divulgaría de alguna manera, pero estaba convencido que jamás permitiría que la policía diera conmigo. Como siempre me decía entre bromas: “Los diarios serían muy aburridos sin ti”. Sin embargo, llegó el momento del adiós. El amor fue naciendo de las sombras. Ella quería que renuncie a mi singular vicio y que huyamos lejos. Pero a pesar de corresponderle en sentimiento, no la amaba lo suficiente como para colgar el puñal. Así que una noche, mientras dormía, dejé una nota de despedida a su lado y partí para siempre. Sin embargo, después de cinco años, me entero que acaba de publicar un libro de mi vida “Detrás de la máscara”, contando cruciales detalles de mi historia, mi horrible infancia y los secretos que se esconden detrás de todos los crímenes que le narré. Pero aún así, no da ninguna pista que pueda hacer que la policía me encuentre. De todos modos, me pareció muy interesante ir a buscarla a su departamento. No la he felicitado por su obra. Quizá podamos intercambiar autógrafos. El único inconveniente… es que el mío lo hago con sangre.    

Estaba en Brasil cuando me enteré de la publicación de mi vieja amiga. Y sin pensarlo, la contacté y quedé en una cita con ella. Hay mucho que aclarar y conversar. Si bien es cierto desde que asesiné a la madre de Valeria (Revisar Post “Rojo: Un café Sangriento”) pensé continuar mi carrera de asesino en el extranjero, pero este peculiar incidente, me aferró aún más a mi país. ¿Por qué después de tanto, Mariela se atrevería a hablar de mí? ¡Necesito una respuesta!

-   ¿Te preparo un café?

- No gracias. Solo te quiero a ti…

Mariela sigue igual de hermosa. Desde que toqué el intercomunicador de su edificio y escuché su voz, no he dejado de temblar las piernas. Me siento muy emocionado de volver a verla. Pero al parecer ella no siente lo mismo. Se muestra distante, fría. Sin duda, mi presencia le incomoda en un gran porcentaje.

- Vamos, Mariela, ¿qué te pasa? A caso no te alegra volver a verme.

Mi buena amiga me clavó su felina mirada y un gesto de cólera se apoderó de su semblante.

- ¿A qué has venido, Rojo? Te conozco bien y sé que tu intención no es solo felicitarme por mi libro…Soy la única ilusa que le abre la puerta a un asesino.  

Encendí un cigarrillo y empecé a fumarlo. Sería una noche larga.

- Te extrañaba, por eso vine.

Mariela empezó a reír burlonamente apenas me escuchó.

- Por favor, Rojo, déjate de cursilerías. Si tanto me extrañabas, ¿por qué mierda me abandonaste hace cinco años?

- No podía darte la vida que tú buscabas. Soy peor de lo piensas, sentencié de golpe.

- Lo sé…

La tristeza y la confusión se apoderaron de mi amiga. Mariela se sumergió a un llanto profundo, hundiéndose en la agonía. Apagué el cigarrillo, me acerqué más a ella y la abracé. Me apretó con fuerza y se entregó por completo al suplicio que su alma le reclamaba.

- Ya no llores más. Tranquila, Mariela, le susurraba mientras acariciaba su cabello.

Después de algunos minutos, mi amiga se calmó, se apartó de mí y se secó las lágrimas.

- ¿Por qué escribiste un libro sobre mí?

Un silencio profundo tomó por asalto la sala del departamento de Mariela. Mi pregunta la dejó muda. No dejábamos de compartir miradas, pero las palabras no se pronunciaban.

- Ya no podía soportarlo más…Era cómplice de cado uno de tus crímenes. En cinco años has asesinado a más de cincuenta personas. El día que me salvaste la vida, no vi en tus ojos a un monstruo, sino a un hombre asustado, dulce, con ganas de ser amado. Me inspiraste ternura, confianza. Sentí que podía ayudarte y que de alguna manera, tú a mí. Pero me demostraste, Jossué, que cada segundo que pasaba, Rojo iba apoderándose cada vez más de ti. He escrito un libro de tu vida, de tus principales crímenes y las múltiples máscaras que has usado. ¿Qué más te falta ser? ¿Acaso un astronauta? Tú rostro falso es el que llevas ahorita. Apuesto que te miras al espejo y no te reconoces. Ya no pienso vivir más tapando tus asesinatos.

Las lágrimas volvieron a apoderarse de Mariela. Por mi parte, también mis ojos se humedecieron. No sentía nada. Lloraba sin sufrir. Soy un pedazo de concreto. Un ser inerte que no se reconoce frente al espejo.

- He leído tu libro y no has revelado ninguna pista útil para las autoridades. De alguna forma u otra me sigues encubriendo.

- Te equivocas, amado Rojo.

Me quedé helado al recibir la fría mirada de Mariela. Al instante, las sirenas de policía empezaron a retumbar en mi cabeza. “Estás rodeado, Rojo”, escuché del megáfono. Mi buena amiga me había traicionado. Había puesto en aviso a las autoridades para que me tiendan una emboscado. Estaba rodeado. Era cuestión de segundos para que decenas de mercenarios entren a la habitación y me arresten. Podían escucharlos subir las escaleras del edificio a toda prisa.  

- Lo siento…Sabes que tarde o temprano ibas a terminar así. No había otra salida para ti, Jossué.

- Prefiero que me llames Rojo, querida amiga. Así firmaré la dedicatoria que pondré sobre tu cadáver, expresé con una macabra sonrisa.

- ¡Cállate, maldito! ¡Te pudrirás en la cárcel, infeliz!, exclamó Mariela con temor, alejándose a paso lento de mí.

La puerta del departamento se abrió de golpe, más de veinte policías armados empezaron a ingresar, pero al instante, una dantesca explosión azotó el departamento, llenando de fuego el lugar. Dos bombas por piso estallaron a mi orden. En segundos, el edificio empezó a arder en el infierno de  mi ira.  Los gritos de los mercenarios eran espantosos, disparando a todos lados mientras se quemaban por completo. Saqué de mi bolsillo el detonador y lo contemplé. Me sentía Dios, sosteniendo el apocalipsis en su palma izquierda. Eché un vistazo general. Mariela estaba inconsciente, el edificio se estaba cayendo a pedazos. Cientos de personas se están consumiendo en las llamas de esta catástrofe. No quería llegar a estos extremos. Pero sólo con el infierno se paga la traición. Volví a centrar mi mirada en el cuerpo de Mariela. Cada segundo que pasaba, se iba incendiando más su departamento. No la dejaría morir aquí. Aún nos queda algo más por conversar.

Desperté a Mariela con un baldazo de gasolina. La había llevado hasta el kilómetro ochenta y seis, una playa desolada sería su tumba.

- ¿De verdad pensaste que me atraparían esta noche?, le pregunté a Mariela mientras jugaba con mi Zippo.

Apenas mi amiga terminó de toser, me miró con espanto y dijo:

- Eres el diablo, Rojo. ¡Cómo mierda hiciste todo eso!

Mariela lucía aterrada. La pobre no dejaba de llorar. No llegaría al extremo de suplicar por su vida, la conozco. Pero el miedo en sus ojos…simplemente era delicioso.      

- He aprendido a ser bastante desconfiado, querida amiga. Días antes de concretar nuestra cita, puse las bombas y me aseguré de tener un plan de escape en caso te atrevieras a traicionarme.

- ¿No te das cuenta? ¡Cuándo vas a parar! ¡A cuántos más quieres asesinar para zacearte, hijo de puta! Yo creí en ti, me enamoré de la esperanza de llevarte por un buen camino. Comprendí tus ganas de venganza porque también las había sentido por mi padre, pero todo tiene un límite, Rojo…Llegará el día en el que pagues todos tus pecados.

- Pero no será el día de hoy, contesté, enfrentándola, mirándola 
fijamente a los ojos.

Al instante, arrojé el encendedor prendido al costado de Mariela. En segundos las llamas cubrieron todo el cuerpo de mi amiga. Sus gritos le dieron un gran concierto a mi alma. Me hubiese encantado escucharla suplicar por su vida, pero no fue así. Murió con dignidad. Un espectáculo que duró varios minutos hasta que solamente quedó su cadáver chamuscado por mi venganza. Me quedé contemplando la bravura del mar, hasta que finalmente, dejé una nota en el cadáver de mi víctima y huí entre las sombras.

Lamento haber acabado con la carrera de Mariela Burgos. Le esperaban grandes cosas como periodista y escritora. Sin embargo, me traicionó. El perdón ha dejado de existir en mi alma hace mucho. Hoy las autoridades estuvieron muy cerca de dar conmigo, sin máscaras, al desnudo. Me miro al espejo y no reconozco mi rostro. Mi buena amiga tenía razón al decir que con el tiempo, Rojo se ha apoderado completamente de mí, dejando atrás mi esencia inicial. Esta noche les daré una pista a honor de Mariela que de alguna u otra forma, buscó colaborar con la justicia. Mi verdadero nombre es Jossué. Espero que les sirva de algo para que me atrapen. No les será tarea fácil. Yo decidiré cuándo llegue el momento de pagar mis pecados. Yo soy mi único juez.

Un beso, querida amiga.

Rojo

 Jhonnattan Arriola Rojas

domingo, 12 de febrero de 2012

Rojo: Un café sangriento

- Disculpa, ¿me puedo sentar?   

Decisiones. Todo en la vida se basa en decisiones. Una simple respuesta puede llevarte a una realidad divina o a una infernal. La mujer que tengo en frente, puede decir que no, que desea su espacio y que me busque otra mesa. O simplemente, aceptar, dejarse llevar por mi falso encanto y ser brutalmente asesinada.

- Claro, no hay problema, responde la hermosa fémina, después de haberme examinado por varios segundos, interrumpiendo su sagrada actividad de beber su frapuccino. Su instinto de mujer ha sido desactivado por mi sonrisa. El café de hoy tendrá varias gotas de sangre.   

Hace cuatro meses que no he asesinado a ninguna persona. Incluso llegué a  pensar que podría cambiar mi hobby por la lectura, pero me equivoqué. Mi cuerpo me pide muerte, dolor, sangre. No concibo un minuto más sin ver los sesos de mi víctima por toda la habitación. Matar es una necesidad vital para mí. Desde que acabé con la vida de Tamara (revisar post: “Rojo: La novia del asesino”) me deprimí terriblemente. Sentí que en ella había encontrado a mi última víctima, que jamás podría ser el mismo Rojo de siempre. Perdí mi mayor talento y al amor de mi vida en una misma noche. Sin embargo, hoy he decidido demostrarme que sigo conservando mi arte. ¡No me puedo rendir! En cinco pasos, acabaré con la vida de la hermosa mujer con la que estoy compartiendo la mesa.  Y si no lo logro…me entregaré a la policía, o simplemente, me pegaré un tiro en la sien. Hoy me jugo todas mis cartas. 


Paso 1: Reconocimiento del escenario

Son las siete de la noche en Starbucks de Primavera. Hay cámaras de seguridad y el local está repleto. Aparentemente sería imposible cometer un crimen sin ser descubierto. Sin embargo, existe un punto ciego, un espacio que no es detectado por el lente. A unos pasos a la derecha del lugar donde uno puede echarle azúcar a su bebida, cinco para ser exacto, podría volverme invisible para las pruebas de video. Debo aprovechar ese fallo de la forma más sensata y eficaz.

Paso 2: Detalles

Han pasado treinta segundos desde que me senté en la misma mesa de mi futura víctima y ni siquiera hemos vuelto a intercambiar miradas. Sin embargo, me acabo de dar cuenta de algo muy en particular…se toca repetidas veces su cachete derecho, al parecer tiene algún malestar.

- ¿La muela, verdad?

- Sí, contestó, después de absorber un poco de su bebida con su sorbete.

- Te acaban de extraer la muela superior derecha. Te han hecho un corte y te lo han suturado. En un par de días te quitarán los puntos. Haces bien en tomar bebidas heladas. Ayuda a calmar el malestar.
El gesto de sorpresa de mi víctima era único. Me había ganado toda su atención.

- ¿Cómo puedes saber con tanta precisión lo que tengo?, preguntó la mujer con una sonrisa.

- Soy odontólogo. Especialista en implantes, dije, mientras sacaba de mi billetera la tarjeta de un dentista que asesiné hace seis años.

La verdadera respuesta a la interrogante de la bella mujer, es bastante puntual. Al confirmarme que le molestaba la muela, pude percatarme de una pequeña imperfección al momento de abrir su boca, situando la lesión en la parte superior de su rostro. Por otro lado, cada vez que bebía su café helado, situaba el líquido en la parte derecha, como cuando uno se pone hielo a un golpe. Hasta ese momento me quedaban dos opciones, o le iban a extraer la muela porque le había empezado a doler, o ya se lo habían hecho. Y como no luce hinchada, en caso haya tenido una operación, ya debería de estar cerca a que le quiten los puntos. De ese modo, solo me quedaba arriesgarme. De una u otra manera podía seguir con mi farsa de dentista. Pero bueno, al parecer “La Muerte” quiere a esta mujer a su lado, y muy pronto. La suerte está por el momento a mi favor. Acerté de maravilla con el diagnostico, quedando como un experto. 

Paso 3: Oportunidad

Su nombre es Valeria… y yo, para ella soy Javier Villalobos, un excelente odontólogo. Hemos estado conversando sobre su problema con las muelas. Todas les han crecido  chuecas, empujando a sus demás dientes, es por ello la urgencia de que se le extraigan las cuatro. Ya le han quitado dos, pero el doctor que la he estado tratando, según ella, no está haciendo un buen trabajo. La operación le ha causado mucho dolor y se ha hinchado por días. Y cómo es obvio, he criticado a mil la labor de mi supuesto colega, alegando que podría operarla sin problema alguno, garantizando que no le dolería, debido a mi sistema de radiografía tridimensional, que me permitiría examinar los cortes necesarios por hacer, evitando que me tope con algún nervio.

- Sería bueno que bebas otro frapuccino para que el frío ayude a calmar tu malestar.  Déjame invitarte uno.

Me había ganado su simpatía. Y sobre todo, hecho gala de mis cuatro supuesta clínicas en Lima. Un hombre bastante interesante. ¿Por qué no aceptar un café? Sé que debe pensar que por algo el destino nos ha tenido que juntar. El romanticismo de las mujeres puede hacerlas caer en las garras de un verdadero lobo feroz.

- No gracias. De verdad estoy bien.

- Bueno, entonces yo iré a pedirme un café. Ya regreso. ¿Me esperas unos minutos?

- Pucha, Javier. De verdad he disfrutado mucho conversando contigo, pero debo irme. Tengo un compromiso en casa de mi madre. No la veo hace un mes. Pero de todas maneras te estaré molestando en la semana. Ni fregando me vuelvo a operar con mi anterior dentista.

¡Crisis! Debo retenerla. ¡Si la maldita perra se larga del local, no podré cumplir mi cometido! ¡No puedo fallar!

- Solo diez minutos más. Es todo lo que te pido.

Valeria se puso roja y agachó la mirada. Pero al regresarla en mí, empleando un tono coqueto, dijo:

-  Tendrás que darme una buena razón.

Sonreí al escucharla, la miré fijamente a los ojos, humedeciendo mi mirada con una expresión nostálgica. Siempre pensé que podría haber llegado a ser un gran actor.

- Para estos momentos, mi ex esposa se debe de estar casando con mi primo. Fui invitado a la boda, pero por obvias razones no fui. Solo intento distraerme un rato…Valeria, después de mucho, no me sentía tan bien hablando con alguien. Eres como un ángel. Solo regálame unos minutos más de tu tiempo para apagar mis penas con la dicha de tu mirada.

Silencio. El futuro de la vida de Valeria se limita a solo una respuesta. Dificil decisión.  La pobre ignora que si no es más intuitiva, morirá de una forma espantosa. Vamos, equivócate una vez más. Acepta y abre las malditas puertas del infierno.

- Está bien, Javier…ve a comprar tu café. Te espero y conversamos unos minutos más. Llamaré a mi madre para decirle que llegaré un poco tarde, expresó Valeria con un tono muy dulce, tocándome el hombro para darme fuerza. Pobre…se tragó el cuento. No habrá un mañana para ella.

Paso 4: Ejecución

Me pedí un caramel frapuccino. Me dirigí al punto ciego de las cámaras de seguridad una vez que obtuve mi café, totalmente convencido de que jamás sería detectado, y con una hábil maniobra, introduje una pastilla en la bebida. Luego, saqué mi agenda, arranqué una hoja y empecé a escribir en ella por unos segundos. Luego, regresé a mi asiento. Valeria me esperaba.

 Paso 5: Golpe de gracia

- He estado pensando todos estos minutos en qué decirte, así que espero que mis palabras logren animarte un poco, me dijo  Valeria, apenas me senté en la mesa.

- Te escucho, contesté con desgano, fingiendo tener el corazón  roto.

- Hace como seis meses terminé con mi novio, llevábamos casi como cinco años. Sé lo difícil que es romper una relación. Pero que quiero que sepas que la vida continúa. Siempre hay un camino…

Valeria tuvo que dejar de hablar, la muela le empezó a dolor.

- Bebe un poco de mi café helado, te hará bien, expresé con una sonrisa.

Valeria aceptó y empezó a tomarse mi frapuccino. Por mi parte, simplemente atiné a dejar sobre la mesa el papel que había escrito. Todo había terminado.


El diablo en el reflejo

Me miro al espejo. Ya no llevo el cabello teñido de castaño claro, ni los bigotes falsos como cuando conocí a Valeria. A  punto de viajar a Ecuador, estoy en el baño del aeropuerto, reconociendo a la bestia de cuernos rojos. Me sonríe. No le temo. El diablo sabe que cuando nos encontremos cara a cara en el infierno, nos disputaremos el trono del más perverso.

He vuelto. Hace tres días asesiné a Valeria con éxito. En la bebida coloqué una pastilla de Jharir, un veneno de Afganistán, que se disuelve como un efervescente en los líquidos, produciendo en el cuerpo una insoportable dosis de adrenalina. Es por ello que un terrible infarto acabó con la vida de mi víctima. Lo más maravilloso y gráfico del asunto, es que cayó al suelo con el café, se rompió la cabeza y su sangre se mezcló con el dulce líquido, tiñendo de rojo la escena. Por mi parte, fingí estar preocupado ante el hecho, gritando por ayuda, y aproveché del tumulto de la multitud para desaparecer. Volverme una sombra y escapar de la escena del crimen. Pero a pesar de todo, sigo siendo una persona bastante sensible y detallista. La nota que dejé en la mesa de Starbucks, se lo dediqué a la madre de Valeria.

“De verdad lamento que su hija no pueda reunirse con usted hoy. Sé que es difícil perder a un familiar, pero déjeme decirle que gracias a la muerte de su niña, podré continuar con mi vida.

Pensé que mi labor como asesino había acabado, pero encontré a su hija y todo cambió para mejor. He sido bastante gentil con Valeria. Generalmente suelo ser más violento, frío, depravado al matar a una persona, pero con su hija fue distinto, ella merecía algo más sutil. Lo disfruté mucho, señora. Sobre todo al ver cómo se rompía la cabeza antes de morir y se desangraba mientras gemía de desesperación.

Postdata: Por el momento me tomaré unas vacaciones. A mi regreso, pasaré a visitarla para darle mi pésame. No se moleste en contratar seguridad ni dar mucha parte a la policía. De todas formas le romperé el cráneo y desparramaré sus sesos por su sala. Nos vemos. Le mando un beso y un abrazo. Mis más sinceras condolencias”. 

Rojo

Jhonnattan Arriola Rojas



miércoles, 28 de septiembre de 2011

Rojo: La novia del asesino

- ¡Qué lindo! ¡Una sorpresa para mí!, expresó Tamara. Su voz se oía tan tierna, mi piel se ponía de gallina al imaginarla cerca. A pesar de estar hablando por teléfono, bastaba con cerrar los ojos para poder sentirla a mi lado y empezar a oler su aroma.  

- Sí, te espero a las ocho en punto en mi departamento, mi amor. Te morirás de la impresión, ya verás, contesté, mientras observaba de reojo a mi fiel compañero de batalles reales e imaginarias. Un cuchillo de acero…un arma blanca cuyo pasado es sumamente sangriento.

No sé qué diablos me pasa. Después de regresar a Perú de mi viaje a Madrid, en el cual aproveché para asesinar a Ignacio (Revisar el post “Rojo: Un asesino vive en mí”), conocí a Tamara Guerra en una librería. Desde que la vi por primera vez, revisando la novela “Memorias de un viejo sueño”, me impresionó su belleza y aprovechando mi nueva identidad, un novel escritor, comunicador de profesión, decidí impresionarla con una creativa plática, la cual terminó en un café miraflorino y en un intercambio de números celulares. Mi primera intención era llevármela a la cama, hacerle el amor más de cincuenta veces y asesinarla hasta el punto de ver sus ojos saltar de su cara, pero no fue así. Han pasado ya dos meses, nos hemos vuelto enamorados y desde entonces, no he cometido ningún crimen. Debo confesar que hasta me estoy acostumbrando a llamarme Richard Devoto, y a vivir feliz fingiendo una vida de mentiras.

La primera en  mi lista:

No puedo evitar recordar la primera vez que asesiné a una mujer. No tiene punto de comparación. Si verlas gritar de placer es excitante, de dolor, es mucho más erótico… Bueno, a esta víctima la conocí por el nombre de Sofía, era una prostituta. Dos veces por semana iba a visitarla, me costaba bastante caro, pero valía la pena. Le pedía que me llamara, mi amor, y que me besara. Lo hacía bastante creíble.

Tenía apenas dieciocho años cuando llegué a su vida. Inmaduro e iluso, me enamoré de ella. De su buen sexo y de sus historias de amores en olvido. Incluso una noche llegué a decirle que la amaba, que se largara conmigo. A mi corta edad tenía un buen trabajo, era un prometedor sicario con una exclusiva cartera de clientes. Muchas personas desean la muerte de otras, y como es obvio, si para algo era bueno, era para acabar con cucarachas despreciables que no merecían ni un mínimo porcentaje de piedad. Pero lastimosamente Sofía se burló de mí, pensó que estaba bromeando, y de forma hiriente, me dijo que jamás se fijaría en alguien como yo, un chiquillo con trastornos mentales.  Esa misma noche le abrí el pecho  y dejé en el sangriento orificio, una nota bastante sentida:

Amo mucho a mi madre. Anónimamente  siempre le envío miles de dólares para que tenga una buena calidad de vida. Pensé que nunca le haría daño a una mujer, que solo asesinaría a viejos roñosos y asquerosos, pero no, ya no será más así. Ha nacido en mí un apetito sangriento por las mujeres. Me he sentido en el paraíso al ver su sangre saltar de su pecho. Una vez  escuché que uno muere como lo que es. Sofía murió como puta. La amé, pero hoy, también la odié.

Rojo

Las diez de la noche:

Recibí a Tamara con rosas, le había preparado una cena romántica de lujo, con velas rojas, música de fondo y una costosa botella de vino. Sentía ganas de engreírla, de hacerla sentir princesa, y afortunadamente, lo conseguí. A las ocho y cuarenta terminamos de cenar, y a las nueve, ya nos estábamos revolcando en mi cama, teniendo sexo como dos animales salvajes. Nos llevamos muy bien en todo sentido, y en el sexo, ni qué decir. Nos acariciábamos hasta con la mirada.

- Me encanta cuando te pones así conmigo, cuando pierdes el control, dijo Tamara, con  un tono entrecortado, totalmente desnuda, a mi lado, observándome detenidamente y acariciando mi pecho mientras yo, fumaba un cigarrillo.

Me siento intranquilo, inseguro, nervioso. ¡Qué me pasa! Yo no soy así, debería estar estrangulándola, pero solo pienso en besarla y hacerla mía. Estoy con la soga al cuello. Ella está enamorada del personaje que he creado, no de mí, un desalmado asesino. Mientras yo, no dejo se suspirar por lo linda persona que es.

- Créeme, no creo que te guste cuando pierdo el control. Me vuelvo un asesino, contesté con una sonrisa en el rostro.

Tamara me sonrió de lado y me dio un dulce beso en los labios.

El tiempo pasó y mi chica se quedó dormida. Aproveché para salir a caminar un rato. A tomar un poco de aire y a pensar con claridad. Después de una hora de divagar en mi inconsciente, llegué a un acuerdo conmigo mismo. Ya no tiene caso negarlo más. Estoy enamorado como un loco. Quiero a Tamara, me hace muy feliz estar a su lado, digamos que es la terapia que nunca tuve. Pero, ¿cómo confesarle que no soy un novel escritor, que no me dedico a las comunicaciones y que soy Rojo, el asesino en serie más buscado en todo el mundo? No creo que lo entienda. No puedo confiarle mi secreto, sería muy peligroso. Si bien es cierto soy un sicario retirado, aún sigo asesinando por placer, digamos que para mantenerme en forma. Pero afortunadamente, tengo miles de contactos y no me será difícil falsificar todos los documentos necesarios para vivir el resto de mis días como Richard Devoto. Y quien sabe, quizá hasta me anime a escribir  un libro de verdad.

Sin embargo, al regresar a mi departamento, di con la sorpresa que la luz de mi habitación estaba encendida. Al entrar a ella, encontré a Tamara vestida y con algunas de mis identificaciones en sus manos y con la mirada negra, producto del llanto y del rímel corrido.

- ¿Quién mierda eres?, preguntó con temor, pero sin dejar de mirarme fijamente, dejando caer al suelo las pruebas de mi falsa identidad.

Empecé a llorar a mares. Sabía lo que vendría después. No nos esperaba un buen final. Esta noche sería roja y sangrienta.

- Nunca debiste revisar mis cajones. Es algo que no se debe hacer con nadie, no tenías derecho a violentar mi intimidad. Pensé en empezar una vida distinta a tu lado, pero ahora ya no me queda más alternativa.

- Tienes razón, ya no nos queda más ¡Me largo de tu apartamento!, exclamó alterada, dispuesta a partir.

Apenas pasó por mi lado, la tomé con fuerza de la muñeca y la giré hacia mí.

- No te preocupes, mi amor. Solo te dolerá un poco. Es mejor que no grites, de todos modos nadie vendrá ayudarte. Pero digamos que mientras no hagas bulla, no liberarás a mi demonio y te mataré rápido, pero si haces escándalo, no podré evitar desear más de tu locura, y te despellejaré hasta sentirme satisfecho de tu carne.

Lamentablemente, Tamara aulló como loba en celo. Nunca había llorado mientras cometía un asesinato. Una mezcla perfecta de tristeza y placer. Golpee brutalmente a mi amada hasta dejarla totalmente aturdida, casi sin reacción, y finalmente me dediqué a despellejarla con mi afilado puñal. Su piel olía delicioso. 

Antes de huir de la escena del crimen, desalojando el lugar con todas mis pertenencias,  dejé una nota en su cadáver. Un escrito que jamás podré sacar de mi mente.

Nunca pensé que la nostalgia y la locura se podrían mezclar de forma tan perfecta. Me enamoré perdidamente de esta mujer y hasta su último instante, le dije que la amaba. A veces quisiera despertar una mañana y ser otra persona, un doctor, un ingeniero, o un escritor. Sin embargo, al mirarme al espejo, siempre doy con el mismo sujeto. Un asesino que no dejará de ser adicto a la muerte de los demás y al sufrimiento. Perdóname, Tamara. Te mando un beso, mi amor.

Rojo

Jhonnattan Arriola