Mostrando entradas con la etiqueta blog. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta blog. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de octubre de 2011

Todos llevamos un marica dentro

Cuando una amistad es verdadera, los objetivos de uno se vuelven el esfuerzo del otro. Saber que en cada acto tendrás una mano, no sólo para resguardarte, sino para acompañarte en cada paso que emprendes y sostenerte si en algún momento del camino por error, caes. ¿Eras tú ese amigo?

Siempre vi a Iván como si fuese el hermano mayor que nunca tuve, aunque sólo era 5 meses mayor que yo. Su vasto conocimiento sobre la vida y su experiencia obtenida en sus viajes alrededor del mundo hacía que sienta una profunda admiración por él. Y más aún, cuando volví después de medio año al finalizar mi excursión por el Perú, aunque lo noté cambiado, muy cambiado.

Sincero como ninguno y el mejor amigo que pude haber tenido. Amante de la lectura y escritura. Su gran sueño era publicar una trilogía sobre historias de asesinatos donde el protagonista era él. Y mientras realizaba su largo proyecto, iba mejorando su nivel de redacción en un blog muy reconocido pero privado. Sólo gente que él invitaba lo podían leer, lamentablemente nunca estuve entre sus elegidos. 

Siempre tuve curiosidad de saber qué tanto escribía. Se pasaba largas horas en su departamento, fumando miles de cigarrillos - según él - la mayor fuente de su inspiración. 

No sé si maldecir o agradecer el día en el que Fátima, una de sus amigas más cercanas, escritora como él, me invitó a su casa para pasar el rato. Ella me consideraba su íntima amiga, pues siempre conversábamos de sus amores y desamores, acompañados de nuestras tazas de café cortado con una de azúcar, y un poco de tabaco para amenizar el ambiente.

Compartía el mismo blog que Iván y a diferencia de él, ella creyó conveniente que leyera uno de los textos publicados. Y esto fue lo que encontré.
 ----------------------------------------------------

¿Maricona amistad? 

Puta madre, no lo puedo creer. Todo el mundo cambia en su vida, nada tiene que seguir igual. Y un claro ejemplo de eso fue ese maricón” 

Fue una triste tarde en la que decidí ahogar mis palabras cuando estuvimos los dos en el parque Kennedy de Miraflores.

Después de casi medio año nos volvíamos a ver las caras. Todo fue tan confuso y a la vez, sorprendente. Yo no había cambiado quizá mucho;  ahora vestía como bohemio, fumaba Marlboro rojo y adelgacé como si hubiese estado toda mi vida en un gimnasio. Pero, por otro lado, Javier ya no era el de antes. Ahora se delineaba los ojos, hablaba con un acento mucho más fino y usaba vincha. Los rizos que el siempre presumía, hoy estaban lacios, y al parecer era permanente.

Nos sentamos en una banca y comenzamos hablar mil y un tonterías, pero por mi mente solo pasaban vagamente aquellos recuerdos de cuando te conocí realmente varón. 

¿Pero qué coño te pasó Javier? ¿En qué pensabas cuando decidiste aparecerte así de repente y pensar que todo sería igual? Ahora pretendes ser otro, perdón otra, y hacer que te vea con los mismos ojos con los que te veía antes. Fuiste mi hermano, fuiste mi amigo, fuiste mi compañero de siempre, con el que compartía cada instante de mi vida, y ahora siento que no puedo enseñarte ni mis calzoncillos nuevos.

Lágrimas empezaron a rozar mis mejillas.

Quizá en otra vida, ¿me entiendes? ¿Qué quieres que piense ahora? Que eras tan buen amigo conmigo pero quizá tu mente pudo estar vinculando nuestra amistad con otra cosa que mejor ni la menciono, es más ni la deseo pensar. Qué pena…
----------------------------------------------------

Apagué mi cigarrillo y me despedí de Fátima.

Caminaba a toda prisa. Por mi mente vagaban pequeñas escenas que para mí eran inolvidables. Las veces cuando renegabas por mi falta de cultura. Cuando me tildaste de maricón cuando no me tiré a la ex de Pedro. Las lágrimas que derramaste en mi hombro cuando Diana te fue infiel con tu compañero de estudios. El abrazo que me diste en el día de la amistad jurándome que seríamos amigos por siempre, pase lo que pase. Sí, así lo dijiste: “Pase lo que pase”.  ¿Lo recuerdas?

Hoy me pongo a pensar a quién verdaderamente las personas le dicen vilmente “maricón”. Y quizá tenga una respuesta, sin muchos fundamentos pero es la única que encuentro. Un maricón no es quien intenta vivir como mejor se siente, como es feliz, que actúa como le vengan en gana. Para mí, un maricón es un cobarde, una persona que no es capaz de afrontar lo que tiene en frente y asimilarlo. Un marica niega una amistad. Un marica manda a la mierda años de compañerismo. Un marica prefiere huir. Alguna vez, todos fuimos unos maricas, y lo seguiremos siendo mientras no aceptemos la realidad que nos toca vivir.

“No sé que más habrás escrito sobre mí, pero te aseguro que no encontrarás más inspiración a costa mía. Gracias por hacerme notar la valiosa amistad que desde siempre me brindaste, marica”.  Fue el comentario anónimo que envié.

Así lo veo yo.
¿Y tú?







miércoles, 28 de septiembre de 2011

Rojo: La novia del asesino

- ¡Qué lindo! ¡Una sorpresa para mí!, expresó Tamara. Su voz se oía tan tierna, mi piel se ponía de gallina al imaginarla cerca. A pesar de estar hablando por teléfono, bastaba con cerrar los ojos para poder sentirla a mi lado y empezar a oler su aroma.  

- Sí, te espero a las ocho en punto en mi departamento, mi amor. Te morirás de la impresión, ya verás, contesté, mientras observaba de reojo a mi fiel compañero de batalles reales e imaginarias. Un cuchillo de acero…un arma blanca cuyo pasado es sumamente sangriento.

No sé qué diablos me pasa. Después de regresar a Perú de mi viaje a Madrid, en el cual aproveché para asesinar a Ignacio (Revisar el post “Rojo: Un asesino vive en mí”), conocí a Tamara Guerra en una librería. Desde que la vi por primera vez, revisando la novela “Memorias de un viejo sueño”, me impresionó su belleza y aprovechando mi nueva identidad, un novel escritor, comunicador de profesión, decidí impresionarla con una creativa plática, la cual terminó en un café miraflorino y en un intercambio de números celulares. Mi primera intención era llevármela a la cama, hacerle el amor más de cincuenta veces y asesinarla hasta el punto de ver sus ojos saltar de su cara, pero no fue así. Han pasado ya dos meses, nos hemos vuelto enamorados y desde entonces, no he cometido ningún crimen. Debo confesar que hasta me estoy acostumbrando a llamarme Richard Devoto, y a vivir feliz fingiendo una vida de mentiras.

La primera en  mi lista:

No puedo evitar recordar la primera vez que asesiné a una mujer. No tiene punto de comparación. Si verlas gritar de placer es excitante, de dolor, es mucho más erótico… Bueno, a esta víctima la conocí por el nombre de Sofía, era una prostituta. Dos veces por semana iba a visitarla, me costaba bastante caro, pero valía la pena. Le pedía que me llamara, mi amor, y que me besara. Lo hacía bastante creíble.

Tenía apenas dieciocho años cuando llegué a su vida. Inmaduro e iluso, me enamoré de ella. De su buen sexo y de sus historias de amores en olvido. Incluso una noche llegué a decirle que la amaba, que se largara conmigo. A mi corta edad tenía un buen trabajo, era un prometedor sicario con una exclusiva cartera de clientes. Muchas personas desean la muerte de otras, y como es obvio, si para algo era bueno, era para acabar con cucarachas despreciables que no merecían ni un mínimo porcentaje de piedad. Pero lastimosamente Sofía se burló de mí, pensó que estaba bromeando, y de forma hiriente, me dijo que jamás se fijaría en alguien como yo, un chiquillo con trastornos mentales.  Esa misma noche le abrí el pecho  y dejé en el sangriento orificio, una nota bastante sentida:

Amo mucho a mi madre. Anónimamente  siempre le envío miles de dólares para que tenga una buena calidad de vida. Pensé que nunca le haría daño a una mujer, que solo asesinaría a viejos roñosos y asquerosos, pero no, ya no será más así. Ha nacido en mí un apetito sangriento por las mujeres. Me he sentido en el paraíso al ver su sangre saltar de su pecho. Una vez  escuché que uno muere como lo que es. Sofía murió como puta. La amé, pero hoy, también la odié.

Rojo

Las diez de la noche:

Recibí a Tamara con rosas, le había preparado una cena romántica de lujo, con velas rojas, música de fondo y una costosa botella de vino. Sentía ganas de engreírla, de hacerla sentir princesa, y afortunadamente, lo conseguí. A las ocho y cuarenta terminamos de cenar, y a las nueve, ya nos estábamos revolcando en mi cama, teniendo sexo como dos animales salvajes. Nos llevamos muy bien en todo sentido, y en el sexo, ni qué decir. Nos acariciábamos hasta con la mirada.

- Me encanta cuando te pones así conmigo, cuando pierdes el control, dijo Tamara, con  un tono entrecortado, totalmente desnuda, a mi lado, observándome detenidamente y acariciando mi pecho mientras yo, fumaba un cigarrillo.

Me siento intranquilo, inseguro, nervioso. ¡Qué me pasa! Yo no soy así, debería estar estrangulándola, pero solo pienso en besarla y hacerla mía. Estoy con la soga al cuello. Ella está enamorada del personaje que he creado, no de mí, un desalmado asesino. Mientras yo, no dejo se suspirar por lo linda persona que es.

- Créeme, no creo que te guste cuando pierdo el control. Me vuelvo un asesino, contesté con una sonrisa en el rostro.

Tamara me sonrió de lado y me dio un dulce beso en los labios.

El tiempo pasó y mi chica se quedó dormida. Aproveché para salir a caminar un rato. A tomar un poco de aire y a pensar con claridad. Después de una hora de divagar en mi inconsciente, llegué a un acuerdo conmigo mismo. Ya no tiene caso negarlo más. Estoy enamorado como un loco. Quiero a Tamara, me hace muy feliz estar a su lado, digamos que es la terapia que nunca tuve. Pero, ¿cómo confesarle que no soy un novel escritor, que no me dedico a las comunicaciones y que soy Rojo, el asesino en serie más buscado en todo el mundo? No creo que lo entienda. No puedo confiarle mi secreto, sería muy peligroso. Si bien es cierto soy un sicario retirado, aún sigo asesinando por placer, digamos que para mantenerme en forma. Pero afortunadamente, tengo miles de contactos y no me será difícil falsificar todos los documentos necesarios para vivir el resto de mis días como Richard Devoto. Y quien sabe, quizá hasta me anime a escribir  un libro de verdad.

Sin embargo, al regresar a mi departamento, di con la sorpresa que la luz de mi habitación estaba encendida. Al entrar a ella, encontré a Tamara vestida y con algunas de mis identificaciones en sus manos y con la mirada negra, producto del llanto y del rímel corrido.

- ¿Quién mierda eres?, preguntó con temor, pero sin dejar de mirarme fijamente, dejando caer al suelo las pruebas de mi falsa identidad.

Empecé a llorar a mares. Sabía lo que vendría después. No nos esperaba un buen final. Esta noche sería roja y sangrienta.

- Nunca debiste revisar mis cajones. Es algo que no se debe hacer con nadie, no tenías derecho a violentar mi intimidad. Pensé en empezar una vida distinta a tu lado, pero ahora ya no me queda más alternativa.

- Tienes razón, ya no nos queda más ¡Me largo de tu apartamento!, exclamó alterada, dispuesta a partir.

Apenas pasó por mi lado, la tomé con fuerza de la muñeca y la giré hacia mí.

- No te preocupes, mi amor. Solo te dolerá un poco. Es mejor que no grites, de todos modos nadie vendrá ayudarte. Pero digamos que mientras no hagas bulla, no liberarás a mi demonio y te mataré rápido, pero si haces escándalo, no podré evitar desear más de tu locura, y te despellejaré hasta sentirme satisfecho de tu carne.

Lamentablemente, Tamara aulló como loba en celo. Nunca había llorado mientras cometía un asesinato. Una mezcla perfecta de tristeza y placer. Golpee brutalmente a mi amada hasta dejarla totalmente aturdida, casi sin reacción, y finalmente me dediqué a despellejarla con mi afilado puñal. Su piel olía delicioso. 

Antes de huir de la escena del crimen, desalojando el lugar con todas mis pertenencias,  dejé una nota en su cadáver. Un escrito que jamás podré sacar de mi mente.

Nunca pensé que la nostalgia y la locura se podrían mezclar de forma tan perfecta. Me enamoré perdidamente de esta mujer y hasta su último instante, le dije que la amaba. A veces quisiera despertar una mañana y ser otra persona, un doctor, un ingeniero, o un escritor. Sin embargo, al mirarme al espejo, siempre doy con el mismo sujeto. Un asesino que no dejará de ser adicto a la muerte de los demás y al sufrimiento. Perdóname, Tamara. Te mando un beso, mi amor.

Rojo

Jhonnattan Arriola


lunes, 15 de agosto de 2011

Nada en común: Después de dos años

Hoy Nada en común cumple dos años. Abriles que simbolizan el conjunto de diversas historias, vivencias y anécdotas que nos llevan a sentir cada post que escribimos. Realmente es una experiencia única poder recibir algún comentario y generar esa comunicación tan interesante con los lectores. Es por ello que de forma fluida y muy a nuestro estilo, todo el equipo de Nada en común, celebramos escribiendo sobre lo gratificante que es ser parte de esta historia.


Este blog simboliza para mí, un portal hacia todas mis dimensiones. Darme cuenta que aquellos personajes que viven en mi interior, pueden formar historias que cautiven a un lector viajero, es fascinante. He aprendido mucho de cada post y comentario. Una experiencia de otro mundo, orgásmica.

-------------------------------------------------------

A veces me cuestiono: ¿por qué escribo? ¿Para qué escribo? O, tal vez, ¿para quién escribo? Raro en mí pero hay muchas cosas que hoy no tienen una explicación. Pasa, y con frecuencia.

De lo único que estoy seguro es que me gusta hacerlo. Escaparme (por momentos) de la realidad y vivir en la ficción paralela a mi vida que suelo crear. Jugar con los pensamientos, confusiones, sentimientos, eso, sentimientos.

Son dos años que lo llevo haciendo y espero que todo continúe por el mismo rumbo, desconocido pero fascinante.

Agradezco infinitamente a todas las personas que semana tras semana visitan y comparten nuestras historias, y más aún a las grandes personas que hacen que este blog siga creciendo. Sin embargo, aunque no lo parezca, no tenemos Nada en Común.

-------------------------------------------------------

Escribir es una manera de conocerse así mismo, es deslizar los pensamientos y sentirlos con el olfato, con el tacto y con la respiración. Saber que la mente y los dedos pueden dar vida a historias y a diminutas letras sincronizadas con el simple despegar de la mente y la imaginación que se dejan plegar de una armonía y dirección tan inexplicable que sin duda causan las sensaciones más orgásmicas y placenteras.

Sí, escribir es hacer catarsis con un papel o con un soporte que se deje manipular por el aletear de la memoria y el volar de las neuronas en equilibrio y en desequilibrio. Es explorarse a pocos, violentar los muros de la realidad, manipular tus sentidos y vivir de a pocos. Eso es escribir y que mejor si de cuando en cuando tenemos nada en común para decir, que se vengan muchos años más.

-------------------------------------------------------

O muy de noche o muy temprano, jamás al mediodía o en la tarde. Me siento en la PC que la mayoría de veces está frente a una ventana, pongo música, una taza de café, me abrigo – ahora que hace frio – y mis dedos empiezan a disparar el teclado.

Salgo de tedio, de la mustia, de la rutina y empiezo a crear, a escribir. Porque si tú respiras, entonces yo escribo y sin darme cuenta, terminaré escribiendo para ti.

Encuentros imaginarios, historias que alguna vez me contaron, que escuché por casualidad, mentiras, verdades, ficción, realidad, algo de mí, algo de ti, insights, o nada en común.

Ese será mi secreto. Ese será nuestro secreto.

Escribir en NADA EN COMÚN es contar historias que aún no conoces, ¿o de repente sí?
Historias que probablemente yo también termine desconociendo.

-------------------------------------------------------



Nada en común

sábado, 5 de diciembre de 2009

Sangre de escritor

Por tres años consecutivos, he sido premiado como el mejor blogger de Latinoamérica. Mi página, www.perversadelicia.com, es una de las más visitadas en mi país, Perú. Pero principalmente soy conocido por practicar el periodismo gonzo, ya que experimento conmigo mismo para escribir mis crónicas dominicales, en el diario “El Comercio”. Para mi último artículo, me interné una semana en el manicomio, para poder hablar mejor del tema. Para muchos soy un loco, para otros, un genio. Pero muy aparte de todo esto, no me siento satisfecho. Ya me cansé de hablar sobre mí en mis escritos. No soy tan divertido. Quiero salir de este peculiar estilo. Escribir una novela, cien por ciento ficción, es mi real objetivo. Desde hace algunos años, he tenido en mente una historia en particular. Un asesino de mujeres, que atenta solo contra la vida de féminas pecadoras. Un tema interesante. Estoy seguro que esta historia me hará el mejor escritor que jamás haya existido, de alguna u otra manera.

No tengo un título fijo, ni un final establecido, pero sí un bosquejo bien estructurado de mi historia, de lo que sería mi primera novela. Me he pasado un año totalmente centrado en el tema, inclusive he dejado de escribir en mi blog, y en el diario

¡Malditas editoriales! Al principio estaban muy interesadas en publicar cualquier cosa que yo escribiese, pero ahora no me dan bola. Dicen que no se siente emoción en mi historia, que es poco creíble. Quizá como me he acostumbrado a escribir solo de lo que experimento, me cuesta hacer real lo imaginario.

Me siento terrible. Hace unos minutos he roto el espejo de mi cuarto, arrojándole mi taza preferida, en la cual siempre tomo café. No puedo continuar escribiendo. A nadie le gusta mi nuevo estilo.

Llamé a Teresa. Solo ella es capaz de devolverme la tranquilidad. Es mi mejor amiga desde primero de secundaria. Su vocación por la carrera de psicología siempre se ha hecho notar. Nadie me escucha como ella, ni se toma la molestia de darme un consejo tan acertado.

-Jhonnattan, tú sabes que eres un gran escritor, pronto encontrarás la inspiración, solo relájate. Mi teresa, siempre tan dulce. Aunque nos separa el abismo, de no poder vernos, tan solo escucharnos, la siento mía. Me he vuelto adicto a ella. Es mi droga, cuando me siento morir, la consumo, y vuelo. –No es tan sencillo como piensas, ya llevo un año escribiendo esta bendita historia, y no consigo nada, expresé, mientras me despeinaba con la mano izquierda. –Mira, ahorita debo atender a un paciente, qué te parece si te busco en la noche, para conversar mejor. Sonreí, ya que me dijo lo que quería escuchar. – Solo si traes una torta de chocolate. –Muy bien, así será, dijo, con su voz tan hipnotizante, ronquita, y suave en algunos quiebres.

Conozco a Teresa desde que te tengo doce años. Pero a mis veinticinco, recién me he dado cuenta que estoy perdidamente enamorado de ella.

Por otro lado, retomando a mi frustrado estado de ánimo, no me sentía así desde el incidente con Fernanda, mi primera enamorada. Me había propuesto regalarle doce poemas cuando cumpliéramos un año, escribía uno por mes. Nunca pude terminar el número doce. Me sentí tan miserable por eso, que ni siquiera la busqué en nuestro aniversario. Tres días después, decidí darle aunque sea los once poemas, me había dado cuenta de mi error, pero la encontré con otro chico, besándose. Casi mato al tipo, me abalancé contra él, inclusive tubo que intervenir la policía. Me encerré por tres meses en mi casa. No recuerdo que hice en esos largos noventa y un días, al parecer mi cerebro prefirió olvidar esa parte de mi vida. Tan solo sé, que después de ese lapso de tiempo, me sentí bien.

Teresa me buscó a las nueve de la noche. Vivo en San Isidro, en un buen departamento. Me gusta la buena vida, sé lo que valgo, así que no me importa endeudarme un poco, con tal de tener todo de primer nivel. Siempre he sido un fantasma. Ahora atraigo la mirada de todos, por mi fama, mi ropa de marca, y mi carro del año. Quizá viva engañado, pensando que soy alguien, cuando realmente no soy nadie. No me importa.

- Para serte sincera, esta no es una de tus mejores historias, dijo teresa, después de leer algunas páginas de mi proyecto a libro. Ambos estábamos en mi habitación. Me senté en mi cama, y dije: “Pero debería ser la mejor de todas”. Tiene que ser así”. Apreté mi puño mientras hablaba. Teresa se dio cuenta, y se sentó junto a mí. –Quieres que te traiga un pedazo de la torta de chocolate que dejé en la cocina. –No hace falta, respondí. Agaché la mirada, dispuesto a perderme, pero Teresa no me dejó. Acarició mi rostro con suma delicadeza. La miré, y la besé. Mi acción la tomó por sorpresa. Se alejó de mí. No me importó, me acerqué a ella, e intenté besarla con pasión. Toqué sus piernas, sus senos. La asusté, y provoqué que intentara darme una cachetada. Frené su golpe, agarré su mano, y la apreté.

-¡No vuelvas a intentar golpearme! Sentí rabia, ira, estaba a punto de hacer una locura (Poseerla a la fuerza). Felizmente me di cuenta, solté de su mano, y me eché a llorar.

-Perdóname por favor, no sé que me pasó. Sé que no es una excusa, pero estoy muy estresado. Comencé a llorar como un niño. Me sentía terriblemente avergonzado y decepcionado de mí mismo.

Teresa estaba en shock. Después de unos minutos, se paró, se arrodilló delante de mí, y dijo: “Realmente me has asustado, pero estoy dispuesta a perdonarme, pero si te calmas, y me escuchas atentamente, sin replicar”. Dejé de llorar, y le pedí que me sirviera un vaso con agua.

Permanecí sentado en la cama. Ella estaba de pie. Centré toda mi atención en mi mejor amiga. Una exposición, estaba por comenzar.

Desde primero de secundaria, vivo enamorada de tus historias. Es admirable la manera en que has experimentado contigo mismo para escribir. Has tenido que drogarte, ir a casas embrujadas, y pasar días en el manicomio. Sé que lo mencionado no es ni el uno por ciento de lo que has hecho, pero quizá sí lo más resaltante. Tú tienes sangre de escritor. Naciste con el don, no lo aprendiste. La única manera, creo yo, que puedas terminar esta historia con creces, es que te vuelvas un asesino, literalmente. Debes pensar como uno, sentirte de esa manera. Buscar en lo peor de ti, y sacarlo a flote.

Hace siete años, me contaste un secreto, y me hiciste prometer, que nunca te lo haría recordar. En esta parte de tu vida, al igual que hoy, reflejaste tu otro lado. El que se esconde, y te llevó a pensar en la historia de un asesino de mujeres. Es por eso, que te haré recordar. Así se te hará más fácil escribir. Espero no causarte un daño, pero creo que es la única solución.

Una semana después de que encontraras a Fernanda besándose con otro chico, ella te buscó a tu casa. Te pidió perdón. Tú estabas hecho un monstruo, me contaste, la agarraste del cuello, y quisiste ahorcarla. Pero al verla morada, te asustaste, y la soltaste. Fernanda comenzó a llorar, y se fue de tu casa corriendo. Ella nunca le contó eso a nadie, al igual que tú, prefirió olvidar. Te quería mucho como para arruinarte la vida, denunciandote por intento de homicidio.

Recordé. Lo que decía mi amiga era cierto. Yo intenté matar a Fernanda ese día. Tan solo un pequeño error, algo que no mencioné cuando le conté la historia a Teresa. Fernanda murió ahogada un mes después en la playa, cuando se fue acampar con unos amigos. Esa es la historia que se conoce. La verdad fue que yo la seguí a ese campamento. La maté sin piedad. La golpee tanto, que le destrocé el cerebro. El mar se llevó toda la evidencia. Nunca encontraron el cadáver.

La inspiración ha vuelto a mí. –Gracias, si no fuera por ti Teresa, no hubiese encontrado dentro de mí, la esencia que me hacía falta. Aunque suene mal lo que voy a decir, ya me siento como un asesino. Teresa rió. No se dio cuenta de que hablaba en serio. Al parecer la buena psicóloga, acaba de ser engañada. –Vamos a la cocina, ya se me antojó un buen pedazo de torta de chocolate. –Perfecto, yo también estoy con hambre, dijo ella.

La torta era pequeña, perfecta para dos. Le di a Teresa un cuchillo, y dos platitos, para que reparta el pastel en partes iguales.

Me acerqué silenciosamente a ella. Me estaba dando la espalda. Le susurré al oído. –Eras la chica más bonita del colegio. Tu rostro es tan perfecto. Nariz perfilada. Tus pecas perfectamente distribuidas, te dan un matiz de ensueño. Tu cabello, aquél peinado lacio de raya al costado, deslumbra a cualquiera. No sabes cuantas veces he soñado con tu cuerpo... Tu piel, tan suave (Mientras hablaba acariciaba sus brazos descubiertos). Daría lo que fuera por poder hacerte mía.
Pude sentir el miedo en Teresa. Apretó el cuchillo con fuerza. Aún me estaba dando la espalda. La tomé del cuello con un rápido movimiento, haciendo que votara su posible arma, y la comencé ahorcar.

La solté después de unos minutos, y me apoderé del cuchillo. Teresa no estaba muerta, pero tenía la tráquea sumamente lastimada como para poder gritar por ayuda. Ella estaba en el suelo, revolcándose, tratando de recuperar el oxigeno perdido. Me agaché, la miré. Debo confesar que ver el miedo en su mirada, me dio placer. Me eché bruscamente encima de ella, inmovilizándola por completo. Pasé el cuchillo por su rostro con delicadeza, y dije: “No te preocupes, te sacaré los ojos para que no puedas ver como te corto en pedacitos”. Ella no podía hablar, pero pude interpretar mediante su mirada, la pregunta que me estaría haciendo en este momento. –Sé que quieres saber por qué hago esto, la respuesta es muy sencilla. Yo no escribo mis historias, sentado en una mesa, bronceándome con una lámpara. Yo escribo con sudor, con sangre. Desde que Fernanda me engañó, odié a todas las mujeres, y pensé en esta historia en particular. Un asesino de féminas pecadoras…Te acuerdas de tu último enamorado, José Luis ¿Por que terminaste con él? Te haré recordar. Te comenzó a gustar otro chico, y lo engañaste ¡Eres una perra! Lo sabes bien. Te has pasado toda tu vida lastimando a los chichos buenos que te escribían cartas de amor, por que te gustaba acostarte con los más populares. Sin embargo, fuiste buena conmigo. Pero que más da, la vida es injusta, así que no pagaré de la misma manera.

La desesperación de Teresa fue única. Luchó por su vida la desgraciada. Le arranqué los dos ojos. La muy perra murió en ese instante. Me arruinó la diversión. Pero al menos tuve el placer, de poder verla desnuda. Aún sin vida, su cuerpo es hermoso.

Ya han pasado dos meses desde la desaparición de Teresa. Las autoridades aún no encuentran al culpable.

Tiré su cuerpo al amar, nuevamente la marea fiel a mis más bajos instintos, fue mi aliada, y no devolvió la evidencia de un asesinato. Nadie sabía que Teresa vendría a buscarme, así que sigo siendo para el mundo, uno de los más afectados con su triste desaparición.

Las editoriales han vuelto a interesarse en mí. He hecho contrato con “Santillana”. Mi novela genera muy buenas expectativas. Aún no la termino. Esto recién comienza.

Yo soy el asesino de mi historia. Me convertiré en la pesadilla de las mujeres que engañen, que enamoren en falso. Mataré a la culpable de cada corazón roto de un hombre. No soy un castigador precisamente, ni mucho menos un vengador. Tan solo soy un escritor, que escribe con sangre.

Jhonnattan Arriola