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lunes, 20 de agosto de 2012

Rojo: Detrás de la máscara


Su nombre es Mariela y su mirada un brillo angelical café. Conoce mis secretos, la verdadera tonalidad perversa y melancólica de mi alma, pero sobre todo, mi rostro. Ella sabe quién se esconde tras las múltiples máscaras de Rojo. Ha publicado un libro en el cual revela mi historia, afirmando ser una de las pocas personas con vida que me conoce realmente. Las copias se venden a montones. La policía no deja de interrogar a la pobre Mariela, con la esperanza de encontrar algún detalle crucial que los lleve a dar con mi paradero. Son las siete de la noche y no dejo de mirarme al espejo. Después de cinco años, me volveré a encontrar con mi vieja amiga. Como en todas nuestras extensas pláticas, no llevaré ningún disfraz. Simplemente seré yo mismo…Rojo, un asesino en serie.

Conocí a Mariela por accidente. Fue una noche de octubre, hacía mucho frío en la capital, llovía y la oscuridad de las calles era más nebulosa que de costumbre. Caminaba mientras fumaba un cigarrillo. No buscaba una víctima, tan solo una bodega abierta para comprar una bebida, extrañamente me moría de sed. De pronto, los gritos de una fémina me llamaron la atención. Sin duda estaba en peligro. Saqué del bolsillo de mi saco mis guantes negros, me los puse y seguí su exclamación de auxilio.

- ¡Cállate, zorra!, vociferó un delincuente de medio pelo, que amenazando con un cuchillo a la pobre chica, intentaba zacear sus bajos instintos, tocándola a la fuerza.    

- Déjala, expresé calmado, apenas llegué a la escena, dispuesto a rescatar a la mujer.

El pobre diablo intentó hacerme frente con su arma blanca. Esquivé sin problemas su brusca envestida, giré con rapidez en el suelo, haciéndolo caer con una ágil barrida. El sujeto arrojó el arma al impactar contra la vereda. Aproveché para pisar brutalmente su rostro, rompiéndole la nariz al instante, inundándolo de sangre. Recogí  su cuchillo del suelo y se lo clavé en los genitales. El dolor era tan fuerte, que ni siquiera podía gritar, simplemente seguía ahogándose. Finalmente, me agaché, lo miré fijamente y le torcí el cuello. Al levantarme, me percaté que la mujer seguía allí, contemplándome sorprendida. Estaba en shock. No dejaba de temblar. Por mi parte, saqué de mi saco un pequeño cuaderno, un lapicero y empecé a escribir.

Este hombre intentó atacarme con un puñal, el mismo que lleva clavado en los genitales. No todos tenemos la habilidad y la fortaleza de usar un arma. Asesinar no es tarea de débiles ni cobardes, porque finalmente terminarán vencidos. Quitarle la vida a alguien es un arte, una acción placentera que no conlleva a ninguna patología social. Me he sometido a millones de pruebas psicológicas. Todas proyectan mi alto nivel de inteligencia e imaginación, sin detectar mi pasión por la sangre. La humanidad no extraña a los perdedores. Con el perdón de sus familiares, la muerte de este infeliz, ni siquiera tendrá una primera plana en las noticias, se la darán a otro de mis asesinatos, seguro al de algún político mamón.    

Rojo

Dejé la nota en el cadáver de mi víctima. Volví a centrar mi mirada en los ojos de la mujer. Seguía observándome con minuciosidad. Ya no temblaba. No veía miedo en su semblante. Pudo haber huido hace mucho o gritar por ayuda como cuando el delincuente la acosaba, pero no, seguía parada a unos cuantos metros de mí, sin pronunciar palabra.

- ¿Quieres tomar un trago?

No sé por qué se lo propuse. Algo en su mirada me trasmitió mucha confianza. No la mataría. Sentía que nuestras historias de alguna u otra manera tenían algo en común. Y no me equivoqué. Mariela me sonrió de lado y aceptó mi propuesta.

La complejidad de su personalidad me cautivó. Una mescla perfecta entre dulce y caótica.  Sostuvimos por casi un año una relación de amistad sin barreras (nos acostábamos con bastante frecuencia). Mariela había sufrido mucho. Su madre se asesinó la noche en que se enteró que su esposo la engañaba, arrojando a su hija  a los brazos del ebrio de su padre, quien finalmente no pudo soportar la culpa, desquiciándose cada día más, descargando su ira, golpeando hasta el amanecer a su única hija. El infeliz terminó en el manicomio, y Mariela, aprendiendo desde muy corta edad a vivir sola y a valerse por sí misma, salió adelante, convirtiéndose en una periodista de renombre.

Por obvias razones de su vocación, Mariela quiso conocer cada detalle de mi personalidad, hasta mis más viles secretos. Si bien es cierto sabía que en algún momento los divulgaría de alguna manera, pero estaba convencido que jamás permitiría que la policía diera conmigo. Como siempre me decía entre bromas: “Los diarios serían muy aburridos sin ti”. Sin embargo, llegó el momento del adiós. El amor fue naciendo de las sombras. Ella quería que renuncie a mi singular vicio y que huyamos lejos. Pero a pesar de corresponderle en sentimiento, no la amaba lo suficiente como para colgar el puñal. Así que una noche, mientras dormía, dejé una nota de despedida a su lado y partí para siempre. Sin embargo, después de cinco años, me entero que acaba de publicar un libro de mi vida “Detrás de la máscara”, contando cruciales detalles de mi historia, mi horrible infancia y los secretos que se esconden detrás de todos los crímenes que le narré. Pero aún así, no da ninguna pista que pueda hacer que la policía me encuentre. De todos modos, me pareció muy interesante ir a buscarla a su departamento. No la he felicitado por su obra. Quizá podamos intercambiar autógrafos. El único inconveniente… es que el mío lo hago con sangre.    

Estaba en Brasil cuando me enteré de la publicación de mi vieja amiga. Y sin pensarlo, la contacté y quedé en una cita con ella. Hay mucho que aclarar y conversar. Si bien es cierto desde que asesiné a la madre de Valeria (Revisar Post “Rojo: Un café Sangriento”) pensé continuar mi carrera de asesino en el extranjero, pero este peculiar incidente, me aferró aún más a mi país. ¿Por qué después de tanto, Mariela se atrevería a hablar de mí? ¡Necesito una respuesta!

-   ¿Te preparo un café?

- No gracias. Solo te quiero a ti…

Mariela sigue igual de hermosa. Desde que toqué el intercomunicador de su edificio y escuché su voz, no he dejado de temblar las piernas. Me siento muy emocionado de volver a verla. Pero al parecer ella no siente lo mismo. Se muestra distante, fría. Sin duda, mi presencia le incomoda en un gran porcentaje.

- Vamos, Mariela, ¿qué te pasa? A caso no te alegra volver a verme.

Mi buena amiga me clavó su felina mirada y un gesto de cólera se apoderó de su semblante.

- ¿A qué has venido, Rojo? Te conozco bien y sé que tu intención no es solo felicitarme por mi libro…Soy la única ilusa que le abre la puerta a un asesino.  

Encendí un cigarrillo y empecé a fumarlo. Sería una noche larga.

- Te extrañaba, por eso vine.

Mariela empezó a reír burlonamente apenas me escuchó.

- Por favor, Rojo, déjate de cursilerías. Si tanto me extrañabas, ¿por qué mierda me abandonaste hace cinco años?

- No podía darte la vida que tú buscabas. Soy peor de lo piensas, sentencié de golpe.

- Lo sé…

La tristeza y la confusión se apoderaron de mi amiga. Mariela se sumergió a un llanto profundo, hundiéndose en la agonía. Apagué el cigarrillo, me acerqué más a ella y la abracé. Me apretó con fuerza y se entregó por completo al suplicio que su alma le reclamaba.

- Ya no llores más. Tranquila, Mariela, le susurraba mientras acariciaba su cabello.

Después de algunos minutos, mi amiga se calmó, se apartó de mí y se secó las lágrimas.

- ¿Por qué escribiste un libro sobre mí?

Un silencio profundo tomó por asalto la sala del departamento de Mariela. Mi pregunta la dejó muda. No dejábamos de compartir miradas, pero las palabras no se pronunciaban.

- Ya no podía soportarlo más…Era cómplice de cado uno de tus crímenes. En cinco años has asesinado a más de cincuenta personas. El día que me salvaste la vida, no vi en tus ojos a un monstruo, sino a un hombre asustado, dulce, con ganas de ser amado. Me inspiraste ternura, confianza. Sentí que podía ayudarte y que de alguna manera, tú a mí. Pero me demostraste, Jossué, que cada segundo que pasaba, Rojo iba apoderándose cada vez más de ti. He escrito un libro de tu vida, de tus principales crímenes y las múltiples máscaras que has usado. ¿Qué más te falta ser? ¿Acaso un astronauta? Tú rostro falso es el que llevas ahorita. Apuesto que te miras al espejo y no te reconoces. Ya no pienso vivir más tapando tus asesinatos.

Las lágrimas volvieron a apoderarse de Mariela. Por mi parte, también mis ojos se humedecieron. No sentía nada. Lloraba sin sufrir. Soy un pedazo de concreto. Un ser inerte que no se reconoce frente al espejo.

- He leído tu libro y no has revelado ninguna pista útil para las autoridades. De alguna forma u otra me sigues encubriendo.

- Te equivocas, amado Rojo.

Me quedé helado al recibir la fría mirada de Mariela. Al instante, las sirenas de policía empezaron a retumbar en mi cabeza. “Estás rodeado, Rojo”, escuché del megáfono. Mi buena amiga me había traicionado. Había puesto en aviso a las autoridades para que me tiendan una emboscado. Estaba rodeado. Era cuestión de segundos para que decenas de mercenarios entren a la habitación y me arresten. Podían escucharlos subir las escaleras del edificio a toda prisa.  

- Lo siento…Sabes que tarde o temprano ibas a terminar así. No había otra salida para ti, Jossué.

- Prefiero que me llames Rojo, querida amiga. Así firmaré la dedicatoria que pondré sobre tu cadáver, expresé con una macabra sonrisa.

- ¡Cállate, maldito! ¡Te pudrirás en la cárcel, infeliz!, exclamó Mariela con temor, alejándose a paso lento de mí.

La puerta del departamento se abrió de golpe, más de veinte policías armados empezaron a ingresar, pero al instante, una dantesca explosión azotó el departamento, llenando de fuego el lugar. Dos bombas por piso estallaron a mi orden. En segundos, el edificio empezó a arder en el infierno de  mi ira.  Los gritos de los mercenarios eran espantosos, disparando a todos lados mientras se quemaban por completo. Saqué de mi bolsillo el detonador y lo contemplé. Me sentía Dios, sosteniendo el apocalipsis en su palma izquierda. Eché un vistazo general. Mariela estaba inconsciente, el edificio se estaba cayendo a pedazos. Cientos de personas se están consumiendo en las llamas de esta catástrofe. No quería llegar a estos extremos. Pero sólo con el infierno se paga la traición. Volví a centrar mi mirada en el cuerpo de Mariela. Cada segundo que pasaba, se iba incendiando más su departamento. No la dejaría morir aquí. Aún nos queda algo más por conversar.

Desperté a Mariela con un baldazo de gasolina. La había llevado hasta el kilómetro ochenta y seis, una playa desolada sería su tumba.

- ¿De verdad pensaste que me atraparían esta noche?, le pregunté a Mariela mientras jugaba con mi Zippo.

Apenas mi amiga terminó de toser, me miró con espanto y dijo:

- Eres el diablo, Rojo. ¡Cómo mierda hiciste todo eso!

Mariela lucía aterrada. La pobre no dejaba de llorar. No llegaría al extremo de suplicar por su vida, la conozco. Pero el miedo en sus ojos…simplemente era delicioso.      

- He aprendido a ser bastante desconfiado, querida amiga. Días antes de concretar nuestra cita, puse las bombas y me aseguré de tener un plan de escape en caso te atrevieras a traicionarme.

- ¿No te das cuenta? ¡Cuándo vas a parar! ¡A cuántos más quieres asesinar para zacearte, hijo de puta! Yo creí en ti, me enamoré de la esperanza de llevarte por un buen camino. Comprendí tus ganas de venganza porque también las había sentido por mi padre, pero todo tiene un límite, Rojo…Llegará el día en el que pagues todos tus pecados.

- Pero no será el día de hoy, contesté, enfrentándola, mirándola 
fijamente a los ojos.

Al instante, arrojé el encendedor prendido al costado de Mariela. En segundos las llamas cubrieron todo el cuerpo de mi amiga. Sus gritos le dieron un gran concierto a mi alma. Me hubiese encantado escucharla suplicar por su vida, pero no fue así. Murió con dignidad. Un espectáculo que duró varios minutos hasta que solamente quedó su cadáver chamuscado por mi venganza. Me quedé contemplando la bravura del mar, hasta que finalmente, dejé una nota en el cadáver de mi víctima y huí entre las sombras.

Lamento haber acabado con la carrera de Mariela Burgos. Le esperaban grandes cosas como periodista y escritora. Sin embargo, me traicionó. El perdón ha dejado de existir en mi alma hace mucho. Hoy las autoridades estuvieron muy cerca de dar conmigo, sin máscaras, al desnudo. Me miro al espejo y no reconozco mi rostro. Mi buena amiga tenía razón al decir que con el tiempo, Rojo se ha apoderado completamente de mí, dejando atrás mi esencia inicial. Esta noche les daré una pista a honor de Mariela que de alguna u otra forma, buscó colaborar con la justicia. Mi verdadero nombre es Jossué. Espero que les sirva de algo para que me atrapen. No les será tarea fácil. Yo decidiré cuándo llegue el momento de pagar mis pecados. Yo soy mi único juez.

Un beso, querida amiga.

Rojo

 Jhonnattan Arriola Rojas

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Rojo: La novia del asesino

- ¡Qué lindo! ¡Una sorpresa para mí!, expresó Tamara. Su voz se oía tan tierna, mi piel se ponía de gallina al imaginarla cerca. A pesar de estar hablando por teléfono, bastaba con cerrar los ojos para poder sentirla a mi lado y empezar a oler su aroma.  

- Sí, te espero a las ocho en punto en mi departamento, mi amor. Te morirás de la impresión, ya verás, contesté, mientras observaba de reojo a mi fiel compañero de batalles reales e imaginarias. Un cuchillo de acero…un arma blanca cuyo pasado es sumamente sangriento.

No sé qué diablos me pasa. Después de regresar a Perú de mi viaje a Madrid, en el cual aproveché para asesinar a Ignacio (Revisar el post “Rojo: Un asesino vive en mí”), conocí a Tamara Guerra en una librería. Desde que la vi por primera vez, revisando la novela “Memorias de un viejo sueño”, me impresionó su belleza y aprovechando mi nueva identidad, un novel escritor, comunicador de profesión, decidí impresionarla con una creativa plática, la cual terminó en un café miraflorino y en un intercambio de números celulares. Mi primera intención era llevármela a la cama, hacerle el amor más de cincuenta veces y asesinarla hasta el punto de ver sus ojos saltar de su cara, pero no fue así. Han pasado ya dos meses, nos hemos vuelto enamorados y desde entonces, no he cometido ningún crimen. Debo confesar que hasta me estoy acostumbrando a llamarme Richard Devoto, y a vivir feliz fingiendo una vida de mentiras.

La primera en  mi lista:

No puedo evitar recordar la primera vez que asesiné a una mujer. No tiene punto de comparación. Si verlas gritar de placer es excitante, de dolor, es mucho más erótico… Bueno, a esta víctima la conocí por el nombre de Sofía, era una prostituta. Dos veces por semana iba a visitarla, me costaba bastante caro, pero valía la pena. Le pedía que me llamara, mi amor, y que me besara. Lo hacía bastante creíble.

Tenía apenas dieciocho años cuando llegué a su vida. Inmaduro e iluso, me enamoré de ella. De su buen sexo y de sus historias de amores en olvido. Incluso una noche llegué a decirle que la amaba, que se largara conmigo. A mi corta edad tenía un buen trabajo, era un prometedor sicario con una exclusiva cartera de clientes. Muchas personas desean la muerte de otras, y como es obvio, si para algo era bueno, era para acabar con cucarachas despreciables que no merecían ni un mínimo porcentaje de piedad. Pero lastimosamente Sofía se burló de mí, pensó que estaba bromeando, y de forma hiriente, me dijo que jamás se fijaría en alguien como yo, un chiquillo con trastornos mentales.  Esa misma noche le abrí el pecho  y dejé en el sangriento orificio, una nota bastante sentida:

Amo mucho a mi madre. Anónimamente  siempre le envío miles de dólares para que tenga una buena calidad de vida. Pensé que nunca le haría daño a una mujer, que solo asesinaría a viejos roñosos y asquerosos, pero no, ya no será más así. Ha nacido en mí un apetito sangriento por las mujeres. Me he sentido en el paraíso al ver su sangre saltar de su pecho. Una vez  escuché que uno muere como lo que es. Sofía murió como puta. La amé, pero hoy, también la odié.

Rojo

Las diez de la noche:

Recibí a Tamara con rosas, le había preparado una cena romántica de lujo, con velas rojas, música de fondo y una costosa botella de vino. Sentía ganas de engreírla, de hacerla sentir princesa, y afortunadamente, lo conseguí. A las ocho y cuarenta terminamos de cenar, y a las nueve, ya nos estábamos revolcando en mi cama, teniendo sexo como dos animales salvajes. Nos llevamos muy bien en todo sentido, y en el sexo, ni qué decir. Nos acariciábamos hasta con la mirada.

- Me encanta cuando te pones así conmigo, cuando pierdes el control, dijo Tamara, con  un tono entrecortado, totalmente desnuda, a mi lado, observándome detenidamente y acariciando mi pecho mientras yo, fumaba un cigarrillo.

Me siento intranquilo, inseguro, nervioso. ¡Qué me pasa! Yo no soy así, debería estar estrangulándola, pero solo pienso en besarla y hacerla mía. Estoy con la soga al cuello. Ella está enamorada del personaje que he creado, no de mí, un desalmado asesino. Mientras yo, no dejo se suspirar por lo linda persona que es.

- Créeme, no creo que te guste cuando pierdo el control. Me vuelvo un asesino, contesté con una sonrisa en el rostro.

Tamara me sonrió de lado y me dio un dulce beso en los labios.

El tiempo pasó y mi chica se quedó dormida. Aproveché para salir a caminar un rato. A tomar un poco de aire y a pensar con claridad. Después de una hora de divagar en mi inconsciente, llegué a un acuerdo conmigo mismo. Ya no tiene caso negarlo más. Estoy enamorado como un loco. Quiero a Tamara, me hace muy feliz estar a su lado, digamos que es la terapia que nunca tuve. Pero, ¿cómo confesarle que no soy un novel escritor, que no me dedico a las comunicaciones y que soy Rojo, el asesino en serie más buscado en todo el mundo? No creo que lo entienda. No puedo confiarle mi secreto, sería muy peligroso. Si bien es cierto soy un sicario retirado, aún sigo asesinando por placer, digamos que para mantenerme en forma. Pero afortunadamente, tengo miles de contactos y no me será difícil falsificar todos los documentos necesarios para vivir el resto de mis días como Richard Devoto. Y quien sabe, quizá hasta me anime a escribir  un libro de verdad.

Sin embargo, al regresar a mi departamento, di con la sorpresa que la luz de mi habitación estaba encendida. Al entrar a ella, encontré a Tamara vestida y con algunas de mis identificaciones en sus manos y con la mirada negra, producto del llanto y del rímel corrido.

- ¿Quién mierda eres?, preguntó con temor, pero sin dejar de mirarme fijamente, dejando caer al suelo las pruebas de mi falsa identidad.

Empecé a llorar a mares. Sabía lo que vendría después. No nos esperaba un buen final. Esta noche sería roja y sangrienta.

- Nunca debiste revisar mis cajones. Es algo que no se debe hacer con nadie, no tenías derecho a violentar mi intimidad. Pensé en empezar una vida distinta a tu lado, pero ahora ya no me queda más alternativa.

- Tienes razón, ya no nos queda más ¡Me largo de tu apartamento!, exclamó alterada, dispuesta a partir.

Apenas pasó por mi lado, la tomé con fuerza de la muñeca y la giré hacia mí.

- No te preocupes, mi amor. Solo te dolerá un poco. Es mejor que no grites, de todos modos nadie vendrá ayudarte. Pero digamos que mientras no hagas bulla, no liberarás a mi demonio y te mataré rápido, pero si haces escándalo, no podré evitar desear más de tu locura, y te despellejaré hasta sentirme satisfecho de tu carne.

Lamentablemente, Tamara aulló como loba en celo. Nunca había llorado mientras cometía un asesinato. Una mezcla perfecta de tristeza y placer. Golpee brutalmente a mi amada hasta dejarla totalmente aturdida, casi sin reacción, y finalmente me dediqué a despellejarla con mi afilado puñal. Su piel olía delicioso. 

Antes de huir de la escena del crimen, desalojando el lugar con todas mis pertenencias,  dejé una nota en su cadáver. Un escrito que jamás podré sacar de mi mente.

Nunca pensé que la nostalgia y la locura se podrían mezclar de forma tan perfecta. Me enamoré perdidamente de esta mujer y hasta su último instante, le dije que la amaba. A veces quisiera despertar una mañana y ser otra persona, un doctor, un ingeniero, o un escritor. Sin embargo, al mirarme al espejo, siempre doy con el mismo sujeto. Un asesino que no dejará de ser adicto a la muerte de los demás y al sufrimiento. Perdóname, Tamara. Te mando un beso, mi amor.

Rojo

Jhonnattan Arriola


lunes, 1 de agosto de 2011

Rojo: Un asesino vive en mí


- ¡Genial! Ya sé cómo hacerlo.

- De qué hablas. No entiendo a qué te refieres, me preguntó Paola, cansada. Su cuerpo desnudo era indescriptible. Toda una diosa griega.

- Nada en particular. Es solo que ya sé como matarte.

Siempre me tomo la delicadeza de pensar bien cada asesinato. Yo creo que es un tema que merece mucho respeto. No puedo matar a una persona de la misma forma en que lo hice con otra. ¡Qué lisura, carajo! Es un tema muy delicado…y muy placentero.

¿Cómo te vuelves un asesino? Esa es la gran pregunta. Yo creo que todo se basa en los estímulos. Hay ciertos acontecimientos que uno vive que pueden impulsar a ese tipo de conductas. En mi caso…que el hijo de puta de mi padrastro, violara a mi hermana. Fui testigo de ese acto y obligado a callar. Hasta que el demonio que vivía en mí, despertó.

Abril de rojo:


Eran las ocho de la noche de un sábado treinta de abril. Lo había meditado toda la semana. A mis diez años, estaba decidido a cortarle el sexo a mi padrastro y hacérselo comer.

Fui sutil. El dolor no siempre es la gracia clave.

1. Me aseguré de que mi madre y Silvana durmieran plácidamente.
2. Le puse unas píldoras para dormir a mi padrastro en su café.
3. Le robé al esposo de mi mamá su pistola, compañera de incontables hazañas policiales. Hubo un tiempo en que quería ser como él, hasta que me di cuenta de su miseria humana.
4. Le corté su miembro, lo puse en un plato. Lo desperté y antes de que hiciera un escándalo por su pérdida, lo apunté en la cara con el arma, le dije que si gritaba lo quemaba y lo obligué a que se comiera su inmunda pija.
5. No cumplí mi promesa de dejarlo con vida. Cuando terminó de cenar. Le disparé en la sien.
6. Huí de casa y nunca más volví.


No soy psicólogo ni psiquiatra para poder analizarme y darme cuenta de por qué continúo asesinando personas. Solo puedo decir que si no lo hago, no respiro, siento que me ahogo, que me falta el aire. Es mi droga. La morfina que alivia el dolor de mi alma. Escojo cuidadosamente a mis víctimas. Me he paseado por todo el mundo. Me dediqué una gran parte de mi vida a ser un sicario, pero ahora que ya he ahorrado bastante dinero, simplemente lo hago por placer. Rojo, ese es mi apodo. Siempre dejo una nota con mi firma en el cadáver de la víctima. Soy todo un caballero. De eso no cabe la menor duda.

Mis más sinceras disculpas, pero no pude evitar llevarme los ojos de su hija, señor Fernández. Realmente el color celeste que tenían, era único. Disfruté mucho hacerle el amor. No se preocupe, nunca la violenté, antes de que conociera mis verdaderas intenciones, se entregó a mí…Sí que era un monumento,me dejó exhausto la condenada. En fin. Otra vez mis disculpa.

Rojo


Esa fue la nota que dejé para el padre de Paola. Nunca conocí al gran Martín, pero por lo que me habló su hija, era un buen hombre. Quizá no debí revolcarme con su pequeña. Era bastante mayor para ella, treinta y cinco, diecisiete. Pero bueno. Son cosas que suceden.

Días después:

No hay nada mejor que Madrid. Volver a España me hace muy feliz. La última vez que estuve en esta ciudad, no tuve el tiempo de pensar en un asesinado de primera para Ignacio, mi mejor amigo del colegio. No lo veo desde que huí de mi casa. Él no sabe nada de mi existencia, pero por cosas de la vida, logré confirmar que radica aquí y que le gustan mucho los perros. Es veterinario.

¿Por qué lo quiero matar? Ok, me imagino que muchos se preguntarán eso. La respuesta es muy curiosa. Nunca he asesinado a alguien que me importe o que le tenga algo de cariño. Es tiempo de nuevas experiencias. Veamos cómo me va con esta.

Me demoré un mes en entrenar a dos perros de raza Doberman para que se vuelvan unos terribles come hombres. Un viernes me aseguré de entrar sin que él me viera a su consultorio, tranqué las puertas para que nadie pudiera entrar ni salir y les solté a las bestias. Se lo comieron vivo. No tuvieron la delicadeza de matarlo primero. Qué se puede esperar de un par de perros.

La nota que dejé junto a los restos de Ignacio, fue bastante interesante. La mejor que he hecho hasta el momento.


Pensé que me sentiría mal al asesinar a este gran hombre, pero no, mi pervertido sentir fue más fuerte que mis emociones del pasado. Sé que en algún momento las autoridades darán conmigo, y eso me agrada. Me gusta el peligro, saben. Es divertido. Hay personas que disfrutan mucho de la lectura, de hacer algún deporte, de escribir o hacer música…yo no. Mi hobby es un tanto especial, digamos que más rojo. Más yo.

Volverán a saber de mí. Quizá nos encontremos un día. Prometo matarte de una forma muy especial…única.

Rojo


Jhonnattan Arriola

domingo, 5 de junio de 2011

Bienvenidos al infierno


Sé que está en su departamento, pero no me atrevo a buscarla. No tendría nada de malo, es solo una charla de amigos y una botella de vino. Nunca me había sentido así con una mujer, es que Lucero es tan hermosa y diferente, que me quedo en estado de ensoñación cada vez que la miro a los ojos. Ella vive en el piso diez, mientras yo en el siete. Nos conocimos en el ascensor del edificio una tarde de abril, y desde ese instante, me enamoré como un loco.

Hace media hora la llamé y me dijo que no tenía planes para hoy, que si quería podía subir a visitarla para conversar un rato. ¡Qué demonios! Es ahora o nunca. Solté un suspiro y toqué su timbre. Después de tres minutos, me abrió la puerta.

- Hola, traje una botella de vino, dije con mi peor sonrisa. Esa que siempre que hace quedar como un verdadero imbécil.

- ¡Ay Jaime, tu siempre tan detallista! Pasa de una vez, estoy viendo una película. Terminémosla juntos.

Después de esperar una hora a que terminara “El diablo viste a la moda”, la noche se puso divertida, picante y sensual. Fueron varias copas de vino las que bebimos. A las doce me jugué el todo por sus labios. Afortunadamente mi instintiva manifestación de atracción fue aprobada, llevándonos al éxtasis. Hicimos el amor más de una vez, revolcándonos entre sus blancas sábanas, prendiendo de placer cada rincón de su oscura habitación.

Al amanecer

Desperté. Abrí los ojos de golpe y centré mi mirada en el techo. Sentí mis piernas mojadas y un olor bastante desagradable, como a carne descompuesta, que casi me hace vomitar. Giré mi mirada hacia mi costado. ¡No lo podía creer! Mi corazón empezó a latir a mil. Un brazo estaba a mi lado y toda la cama llena de sangre. Me levanté sobresaltado, estaba totalmente embarrado. No sabía qué hacer, quería gritar pero al parecer mis cuerdas vocales se habían atascado. Di un vistazo general a toda la habitación y me di con una terrible sorpresa. El resto del cuerpo de Lucero estaba regado por todas partes, solo faltaba la cabeza. Pero al entrar al baño del cuarto para lavarme, la encontré en la ducha. No soporté más y empecé a vomitar.

Estaba totalmente desnudo. Me vestí rápidamente y salí corriendo de su departamento. Sé que debí llamar a la policía, pero en ese instante, no se me ocurrió. Afortunadamente no me topé con nadie y pude llegar a mi departamento sin ser visto. Al entrar, me tiré al suelo y empecé a gritar a todo pulmón.

- ¡Hijo, qué te sucede!, exclamó mi madre, que salió de su habitación, cubierta en un bata celeste.

No contesté, no podía dejar de llorar. Me encontraba totalmente fuera de sí.

- Te juro que yo no la maté, alcancé a decirle a mi madre, sin darle la mirada.

Mi mamá puso un gesto de espanto, se agachó para estar junto a mí, y dijo: “¡De que hablas! ¡Dime, Jaime de una vez!

Me costó calmarme, pero después de algunos minutos lo conseguí y le empecé a contar a mi mamá lo sucedido, recostado en un sofá, cubierto con una frazada. No dejaba de temblar.

- Si no tienes nada que ver en el crimen, debemos darle parte a la policía. Alguien la tiene que haber asesinado. De seguro te durmieron para que no te dieras cuenta. Cálmate, hijo, te voy a preparar una manzanilla, me dijo mi madre, con un tono entrecortado, pero tratando de lucir serena. Nunca tuve un padre, así que ella ha hecho todo lo posible para asumir ambos roles.

Apenas terminé de tomarme mi manzanilla, empecé a quedarme dormido. Me sentía muy cansado. Borroso, pude divisar a mi mamá, haciendo una llamada. No sé si a la policía, ya que no me tomé la molestia de preguntar. Simplemente, me sometí al sueño que me vencía.

Desperté con un terrible dolor de cabeza. Toda la sala estaba hecha un desastre. El teléfono descolgado y los demás muebles volteados.

- ¡Mamá, dónde estás!, la empecé a llamar preocupado.

¡Diablos, nadie respondía! Empecé a caminar y a paso lento, con algo de temor, me dirigí a mi habitación. Al entrar, vi el cadáver de mi madre en un charco de sangre. Me tapé la boca por la impresión. Empecé a retroceder, pero tropecé y caí al suelo. En el piso, me percaté de un machete ensangrentado, y al verlo bien, me di cuenta que a su lado, habían dos dedos. Uno llevaba la sortija preferida de mi mamá. No pude evitarlo y empecé a gritar nuevamente con todas mis fuerzas.

Desperté, sudando y totalmente histérico. Era de noche y Lucero estaba a mi lado.

- ¡Qué te pasa, me has dado un buen susto!

- He tenido una terrible pesadilla, le dije, intentando normalizar mi respiración. Estaba bastante acelerada.

- Hemos pasado una noche espectacular, no dejes que algo tan tonto lo arruine, expresó Lucerito, moviéndose ligeramente, liberando sus bellos senos del cobijo de las sábanas.

La miré fijamente, tomé de su mano y dije: “Yo sería incapaz de hacerte daño”

- Ay, Jaime, deja de hablar sonseras. Duérmete de una vez, expresó, dándome la espalda.

Decidí hacerle caso a mi hermosa acompañante y después de media hora, logré volverme a dormir.


Al amanecer

Desperté. Abrí los ojos de golpe y centré mi mirada en el techo. No lo podía creer, volvía a vivir la misma escena, donde el cuerpo de Lucero estaba regado por toda la habitación. Ya no soportaba más, si era otro maldito sueño, le pondría final. Me dirigí a la ventana, dispuesto a lanzarme, esperando despertar de una vez de esta terrible pesadilla. Pero al mirar abajo, una impactante realidad arremetió mi ser. Todo era fuego. Gigantescas llamas cubrían por completo el panorama.

Bienvenidos al infierno

Este es mi infierno. Yo asesiné a Lucero y a mi madre. Sin motivo, un día liberé al monstruo que siempre vivió en mí. Al principio no lo quise aceptar, borrando de mi mente, esas terribles escenas. Pero con el tiempo, las evidencias me dieron como culpable. Una noche, en prisión, recordé con lujo de detalles, entre sueños, el instante en el que le di muerte a Lucero y la mujer que me dio la vida. Desperté con una sonrisa, mostrándome como realmente era, un enfermo, demente. Una miserable sabandija. Disfruté mucho volver a vivir ese momento. Sin embargo, la soledad y el remordimiento me fueron consumiendo poco a poco, hasta que finalmente, acabé con mi vida, con una navaja que le robé a mi compañero de celda.

Ahora estoy arrepentido y la agonía reina en mi alma. Daría lo que fuera para cambiar lo que sucedió ese día. He sido condenado en el infierno a revivir una y otra vez, mis dos asesinatos. No importa lo que haga o lo que intenté cambiar. No hay salida. El mismo final de muerte se plasma ante mis ojos.

El diablo se regocija ante mi sufrimiento e impotencia.

Jhonnattan Arriola Rojas

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Sangre de producción

Una muestra de talento y amistad

Fue en una fría mañana cuando diez compañeros de clase decidieron unir sus talentos para desenvolverse en el mundo audiovisual durante un ciclo universitario. Pero quién imaginaría que aquel proyecto llevaría a difuminar esa frontera de compañeros de trabajo, para crear nuevos lazos de amistad.

Ahora, aquella alianza ha hecho que juntos funcionen como un reloj suizo. Teniendo las mismas ideas, proyecciones y ambiciones.

Sangre de Escritor fue la última producción que este equipo realizó, basándose en la historia escrita en este mismo blog varios meses atrás. Y que esta idea haya sido aceptada realmente nos llena de orgullo, y más aún que se elaborada por ellos.

Fueron largas horas de grabación, entre cervezas, cigarros, risas y caricias. Todos los integrantes manifestaban las ansias que tenían por presentar el producto final. Y hoy tenemos el honor de hacerlo.

Nada hubiese sido posible sin la ayuda de ustedes. Este post va dedicado a este grupo que con empeño supo conseguir su objetivo.


Director: Emilio Bazán

Productora: Claudia Pasco

Actores: Jhonnattan Arriola – Vanessa Gazzo

Scrip técnico: Patricia Herrera

Scrip detalles: María Fernanda Cáceda

Boom: Cecilia Gutierrez – Ana Lucía Mosquera

Maquillaje y vestuario: Ana Lucía Mosquera – Ricardo Flores

Locación y arte: Franko Figari – Claudia Pasco

Casting: Jhonnattan Arriola – Ricardo Flores - Franco Figari

Camarógrafo: Emilio Bazán

Edición: Diana Yalico

Agradecimiento a Cecilia Gutierrez por facilitarnos su casa como lugar de grabación.

NADA EN COMÚN

sábado, 5 de diciembre de 2009

Sangre de escritor

Por tres años consecutivos, he sido premiado como el mejor blogger de Latinoamérica. Mi página, www.perversadelicia.com, es una de las más visitadas en mi país, Perú. Pero principalmente soy conocido por practicar el periodismo gonzo, ya que experimento conmigo mismo para escribir mis crónicas dominicales, en el diario “El Comercio”. Para mi último artículo, me interné una semana en el manicomio, para poder hablar mejor del tema. Para muchos soy un loco, para otros, un genio. Pero muy aparte de todo esto, no me siento satisfecho. Ya me cansé de hablar sobre mí en mis escritos. No soy tan divertido. Quiero salir de este peculiar estilo. Escribir una novela, cien por ciento ficción, es mi real objetivo. Desde hace algunos años, he tenido en mente una historia en particular. Un asesino de mujeres, que atenta solo contra la vida de féminas pecadoras. Un tema interesante. Estoy seguro que esta historia me hará el mejor escritor que jamás haya existido, de alguna u otra manera.

No tengo un título fijo, ni un final establecido, pero sí un bosquejo bien estructurado de mi historia, de lo que sería mi primera novela. Me he pasado un año totalmente centrado en el tema, inclusive he dejado de escribir en mi blog, y en el diario

¡Malditas editoriales! Al principio estaban muy interesadas en publicar cualquier cosa que yo escribiese, pero ahora no me dan bola. Dicen que no se siente emoción en mi historia, que es poco creíble. Quizá como me he acostumbrado a escribir solo de lo que experimento, me cuesta hacer real lo imaginario.

Me siento terrible. Hace unos minutos he roto el espejo de mi cuarto, arrojándole mi taza preferida, en la cual siempre tomo café. No puedo continuar escribiendo. A nadie le gusta mi nuevo estilo.

Llamé a Teresa. Solo ella es capaz de devolverme la tranquilidad. Es mi mejor amiga desde primero de secundaria. Su vocación por la carrera de psicología siempre se ha hecho notar. Nadie me escucha como ella, ni se toma la molestia de darme un consejo tan acertado.

-Jhonnattan, tú sabes que eres un gran escritor, pronto encontrarás la inspiración, solo relájate. Mi teresa, siempre tan dulce. Aunque nos separa el abismo, de no poder vernos, tan solo escucharnos, la siento mía. Me he vuelto adicto a ella. Es mi droga, cuando me siento morir, la consumo, y vuelo. –No es tan sencillo como piensas, ya llevo un año escribiendo esta bendita historia, y no consigo nada, expresé, mientras me despeinaba con la mano izquierda. –Mira, ahorita debo atender a un paciente, qué te parece si te busco en la noche, para conversar mejor. Sonreí, ya que me dijo lo que quería escuchar. – Solo si traes una torta de chocolate. –Muy bien, así será, dijo, con su voz tan hipnotizante, ronquita, y suave en algunos quiebres.

Conozco a Teresa desde que te tengo doce años. Pero a mis veinticinco, recién me he dado cuenta que estoy perdidamente enamorado de ella.

Por otro lado, retomando a mi frustrado estado de ánimo, no me sentía así desde el incidente con Fernanda, mi primera enamorada. Me había propuesto regalarle doce poemas cuando cumpliéramos un año, escribía uno por mes. Nunca pude terminar el número doce. Me sentí tan miserable por eso, que ni siquiera la busqué en nuestro aniversario. Tres días después, decidí darle aunque sea los once poemas, me había dado cuenta de mi error, pero la encontré con otro chico, besándose. Casi mato al tipo, me abalancé contra él, inclusive tubo que intervenir la policía. Me encerré por tres meses en mi casa. No recuerdo que hice en esos largos noventa y un días, al parecer mi cerebro prefirió olvidar esa parte de mi vida. Tan solo sé, que después de ese lapso de tiempo, me sentí bien.

Teresa me buscó a las nueve de la noche. Vivo en San Isidro, en un buen departamento. Me gusta la buena vida, sé lo que valgo, así que no me importa endeudarme un poco, con tal de tener todo de primer nivel. Siempre he sido un fantasma. Ahora atraigo la mirada de todos, por mi fama, mi ropa de marca, y mi carro del año. Quizá viva engañado, pensando que soy alguien, cuando realmente no soy nadie. No me importa.

- Para serte sincera, esta no es una de tus mejores historias, dijo teresa, después de leer algunas páginas de mi proyecto a libro. Ambos estábamos en mi habitación. Me senté en mi cama, y dije: “Pero debería ser la mejor de todas”. Tiene que ser así”. Apreté mi puño mientras hablaba. Teresa se dio cuenta, y se sentó junto a mí. –Quieres que te traiga un pedazo de la torta de chocolate que dejé en la cocina. –No hace falta, respondí. Agaché la mirada, dispuesto a perderme, pero Teresa no me dejó. Acarició mi rostro con suma delicadeza. La miré, y la besé. Mi acción la tomó por sorpresa. Se alejó de mí. No me importó, me acerqué a ella, e intenté besarla con pasión. Toqué sus piernas, sus senos. La asusté, y provoqué que intentara darme una cachetada. Frené su golpe, agarré su mano, y la apreté.

-¡No vuelvas a intentar golpearme! Sentí rabia, ira, estaba a punto de hacer una locura (Poseerla a la fuerza). Felizmente me di cuenta, solté de su mano, y me eché a llorar.

-Perdóname por favor, no sé que me pasó. Sé que no es una excusa, pero estoy muy estresado. Comencé a llorar como un niño. Me sentía terriblemente avergonzado y decepcionado de mí mismo.

Teresa estaba en shock. Después de unos minutos, se paró, se arrodilló delante de mí, y dijo: “Realmente me has asustado, pero estoy dispuesta a perdonarme, pero si te calmas, y me escuchas atentamente, sin replicar”. Dejé de llorar, y le pedí que me sirviera un vaso con agua.

Permanecí sentado en la cama. Ella estaba de pie. Centré toda mi atención en mi mejor amiga. Una exposición, estaba por comenzar.

Desde primero de secundaria, vivo enamorada de tus historias. Es admirable la manera en que has experimentado contigo mismo para escribir. Has tenido que drogarte, ir a casas embrujadas, y pasar días en el manicomio. Sé que lo mencionado no es ni el uno por ciento de lo que has hecho, pero quizá sí lo más resaltante. Tú tienes sangre de escritor. Naciste con el don, no lo aprendiste. La única manera, creo yo, que puedas terminar esta historia con creces, es que te vuelvas un asesino, literalmente. Debes pensar como uno, sentirte de esa manera. Buscar en lo peor de ti, y sacarlo a flote.

Hace siete años, me contaste un secreto, y me hiciste prometer, que nunca te lo haría recordar. En esta parte de tu vida, al igual que hoy, reflejaste tu otro lado. El que se esconde, y te llevó a pensar en la historia de un asesino de mujeres. Es por eso, que te haré recordar. Así se te hará más fácil escribir. Espero no causarte un daño, pero creo que es la única solución.

Una semana después de que encontraras a Fernanda besándose con otro chico, ella te buscó a tu casa. Te pidió perdón. Tú estabas hecho un monstruo, me contaste, la agarraste del cuello, y quisiste ahorcarla. Pero al verla morada, te asustaste, y la soltaste. Fernanda comenzó a llorar, y se fue de tu casa corriendo. Ella nunca le contó eso a nadie, al igual que tú, prefirió olvidar. Te quería mucho como para arruinarte la vida, denunciandote por intento de homicidio.

Recordé. Lo que decía mi amiga era cierto. Yo intenté matar a Fernanda ese día. Tan solo un pequeño error, algo que no mencioné cuando le conté la historia a Teresa. Fernanda murió ahogada un mes después en la playa, cuando se fue acampar con unos amigos. Esa es la historia que se conoce. La verdad fue que yo la seguí a ese campamento. La maté sin piedad. La golpee tanto, que le destrocé el cerebro. El mar se llevó toda la evidencia. Nunca encontraron el cadáver.

La inspiración ha vuelto a mí. –Gracias, si no fuera por ti Teresa, no hubiese encontrado dentro de mí, la esencia que me hacía falta. Aunque suene mal lo que voy a decir, ya me siento como un asesino. Teresa rió. No se dio cuenta de que hablaba en serio. Al parecer la buena psicóloga, acaba de ser engañada. –Vamos a la cocina, ya se me antojó un buen pedazo de torta de chocolate. –Perfecto, yo también estoy con hambre, dijo ella.

La torta era pequeña, perfecta para dos. Le di a Teresa un cuchillo, y dos platitos, para que reparta el pastel en partes iguales.

Me acerqué silenciosamente a ella. Me estaba dando la espalda. Le susurré al oído. –Eras la chica más bonita del colegio. Tu rostro es tan perfecto. Nariz perfilada. Tus pecas perfectamente distribuidas, te dan un matiz de ensueño. Tu cabello, aquél peinado lacio de raya al costado, deslumbra a cualquiera. No sabes cuantas veces he soñado con tu cuerpo... Tu piel, tan suave (Mientras hablaba acariciaba sus brazos descubiertos). Daría lo que fuera por poder hacerte mía.
Pude sentir el miedo en Teresa. Apretó el cuchillo con fuerza. Aún me estaba dando la espalda. La tomé del cuello con un rápido movimiento, haciendo que votara su posible arma, y la comencé ahorcar.

La solté después de unos minutos, y me apoderé del cuchillo. Teresa no estaba muerta, pero tenía la tráquea sumamente lastimada como para poder gritar por ayuda. Ella estaba en el suelo, revolcándose, tratando de recuperar el oxigeno perdido. Me agaché, la miré. Debo confesar que ver el miedo en su mirada, me dio placer. Me eché bruscamente encima de ella, inmovilizándola por completo. Pasé el cuchillo por su rostro con delicadeza, y dije: “No te preocupes, te sacaré los ojos para que no puedas ver como te corto en pedacitos”. Ella no podía hablar, pero pude interpretar mediante su mirada, la pregunta que me estaría haciendo en este momento. –Sé que quieres saber por qué hago esto, la respuesta es muy sencilla. Yo no escribo mis historias, sentado en una mesa, bronceándome con una lámpara. Yo escribo con sudor, con sangre. Desde que Fernanda me engañó, odié a todas las mujeres, y pensé en esta historia en particular. Un asesino de féminas pecadoras…Te acuerdas de tu último enamorado, José Luis ¿Por que terminaste con él? Te haré recordar. Te comenzó a gustar otro chico, y lo engañaste ¡Eres una perra! Lo sabes bien. Te has pasado toda tu vida lastimando a los chichos buenos que te escribían cartas de amor, por que te gustaba acostarte con los más populares. Sin embargo, fuiste buena conmigo. Pero que más da, la vida es injusta, así que no pagaré de la misma manera.

La desesperación de Teresa fue única. Luchó por su vida la desgraciada. Le arranqué los dos ojos. La muy perra murió en ese instante. Me arruinó la diversión. Pero al menos tuve el placer, de poder verla desnuda. Aún sin vida, su cuerpo es hermoso.

Ya han pasado dos meses desde la desaparición de Teresa. Las autoridades aún no encuentran al culpable.

Tiré su cuerpo al amar, nuevamente la marea fiel a mis más bajos instintos, fue mi aliada, y no devolvió la evidencia de un asesinato. Nadie sabía que Teresa vendría a buscarme, así que sigo siendo para el mundo, uno de los más afectados con su triste desaparición.

Las editoriales han vuelto a interesarse en mí. He hecho contrato con “Santillana”. Mi novela genera muy buenas expectativas. Aún no la termino. Esto recién comienza.

Yo soy el asesino de mi historia. Me convertiré en la pesadilla de las mujeres que engañen, que enamoren en falso. Mataré a la culpable de cada corazón roto de un hombre. No soy un castigador precisamente, ni mucho menos un vengador. Tan solo soy un escritor, que escribe con sangre.

Jhonnattan Arriola