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domingo, 28 de octubre de 2012

Mirada siniestra


Capítulo I: Morir desnudo

Siento el frío del metal acariciar mi rostro con locura, y ansias de verme estallar en un mar de sangre que pinte de rojo mi última noche. El viejo revolver de mi padre, decidirá mi destino con un disparo.

La pregunta principal para este acto, encasillado por muchos moralistas como cobarde, es el porqué de mi futuro juicio ¿Por qué acabar con mi vida? La maldita explicación del demonio que me llevó a refugiarme en la esquina de mi habitación, totalmente desnudo, aullándole misericordia a  Dios por estar a punto de volarme los sesos con una bala de calibre treinta y ocho. Quisiera cerrar los ojos y poder olvidar. Pero aún lo veo a ese mal nacido, riendo con demencia mientras me empotraba contra la pared y me cogía como a su puta de turno, a golpes, humillándome hasta el punto de hacerme vomitar mi hombría. Hace una semana perdí la confianza y fe en el mundo. Hace una semana fui violado por un hombre sin rostro que entró a robar a mi casa y solo se llevó mis ganas de vivir.

Bésame, Cereza

¿Qué pasó, Cerecita? ¡Por qué estás llorando!

El idiota de Pedro me terminó, es un cojudo. No le importo para nada. Me mando al carajo porque hoy le comenté que pensaba salir con mis amigas a tomar un café. Es tan celoso y posesivo. ¡Ya no quiero seguir así!

Cere, no sé qué decirte…todos tus amigos ya te hemos advertido de ese tipo. Lo mejor que puedes hacer es salir con tus amigas como habías quedado, distraerte y no tratar de pensar en él.

— No, ya no quiero nada. Tan solo desaparecer me contestó mi amiga entre lágrimas. Se escuchaba terrible. Vencida.  

— Sabes qué, no soporto escucharte así. En mi casa no habrá nadie esta noche, mis padres se han ido de paseo. Ven y quédate a dormir como cuando éramos niños, prometo comprar mucho helado, películas estúpidas y una buena botella de vino. No pienso hacer que la felicidad regrese a tu corazón en unas horas, pero sí que compartas tu tristeza conmigo. ¿Qué dices?

Horas antes de que un maldito acabara con mi dignidad, disfrutaba de una copa de vino con la mujer que había amado en secreto desde que tenía diez años. Karina Montes, Cereza para los amigos, es la ninfa que acaricia mis sueños con su belleza, con la añorada escena de besar sus labios. Si tan solo hubiese tenido el coraje de ir tras ella esa noche, otra sería mi historia.

¡No le contestes! ¡Vamos, Cereza! No seas tonta, por amor a Dios.

Karina agachó la mirada y salió de mi habitación para contestar la llamada. Al diablo las horas que habíamos pasado juntos. La promesa que me hizo hace diez minutos de olvidar a Pedro para siempre, había sido palabrería pura. Seguro una miserable briza de coraje tras la segunda copa de vino.

Pedro está viniendo a recogerme sentenció la mujer que amo, rompiéndome el corazón sin sospechar de su crimen.

No hay palabras para describir lo equivocada que estás…

Mi oración no le hizo nada de gracia a mi amiga, su mirada empezó a echar chispas, disparándome su enojo a quemarropa.

¡Se supone que deberías apoyarme! ¡A caso no eres mi mejor amigo!

En esos veinte minutos que Karina se había tardado hablando con Pedro, me había tomado tres copas de vino sin parar, ahogándome en el dulce sabor de mis penas. No estaba ebrio, sin embargo, ese mecanismo que usualmente impide que le confiese mi amor a Cereza, se había apagado.

No me conformo con tu amistad anuncié sin darle la cara.

— ¿A qué te refieres? —preguntó mi buena amiga después de tomarse algunos segundos, letales para la agonía que me carcomía.

— Estoy enamorado de ti, Karina. Te he amado desde que te conocí. No soporto que sigas con el infeliz de Pedro porque sé que no te hace feliz. Daría todo por ser yo el hombre que sea dueño de cada suspiro tuyo, de tus labios…Ya no puedo seguir así, fingiendo que puedo ser solo un amigo, cuando por dentro, mi alma no hace más que destilar amor por ti —expresé entre lágrimas, acercándome cada vez más a ella. Aspiraba besarla. Alcanzar el cielo con la miel de sus labios. Hacerle ver con esa muestra de amor, que puedo ser yo su príncipe azul.  

Karina se quedó helada, sin reacción. No pude contenerme y le planté un gran beso en los labios. Sentí entrega en su respuesta. La apreté a mí mientras ella me cogía del cabello con pasión. Había una esperanza. Nuestros sentimientos se habían revelado. Mi gesto de amor había sido correspondido. Sin embargo, fue breve el sueño, Cereza dejó de besarme y partió de mi casa sin decirme adiós. Quería ir tras ella, detenerla, exigirle que me explique el porqué de su reacción. Pero me acobardé, mi miedo al rechazo hizo que no me atreviera a impedir que se vaya, que se encuentre con el imbécil de Pedro. Me conformé con ser el más patético de los perdedores. A sentirme en la gloria por haber sentido sus labios por un efímero instante, y a llorar en silencio por ser un perfecto cojonudo, con ausencia de pelotas para defender a la mujer que ama.

De pronto, escuché un ruido que provenía de mi habitación, en el segundo piso. Estaba bastante aturdido por todo lo que había ocurrido. Mi primera reacción fue contemplar la puerta principal de mi casa, aún estaba abierta así que decidí cerrarla. Subí lento las escaleras. En cada paso que daba, mi corazón palpitaba con más fuerza. Una extraña sensación invadió mi ser. De igual forma, no desistí y me dirigí a mi cuarto, donde finalmente me encontraría con mi verdugo, que escondido entre las sombras, me tomó por sorpresa, golpeándome brutalmente con un especie de tubo de metal, hasta dejarme totalmente vulnerable para hacerme suyo, abusar de mí sin piedad, mientras con su aliento putrefacto, me susurraba al oído lo excitado que se encontraba. Su máscara de cuero negra, ceñida a su rostro era espantosa, deforme. Solo sus ojos saltones, brillaban en la oscuridad, aquella mirada siniestra que jamás podré olvidar.    

La voz del ángel

Cierro los ojos. Respiro con fuerza mientras posiciono el arma en mi sien. Dispararé y acabaré con mi desdicha de una vez por todas. Las lágrimas no dejan de resbalar por mi mejilla. Me ahogo en mi llanto, quiero dejar de sufrir, de recordar al infeliz que abusó de mí sin piedad. Finalmente disparo. Aún sigo con vida y no recibido ningún daño. La vieja arma al parecer se averió, la arrojo con furia al espejo de mi cómoda y empiezo a gritar, la desesperación invade mi ser por completo. Mis padres entran a la habitación, justo en ese instante acababan de llegar de su compromiso. Me abrazan e intentan tranquilizarme. Totalmente fuera de mí, convulsionando delirio y al borde del vómito, les confieso el motivo de mi intento de suicidio. “El infeliz que entró a la casa no solo me golpeó… Abusó de mí”.

Desperté, a duras penas podía abrir los ojos. Una borrosa silueta estaba sentada a mi lado. Postrado en mi cama, no podía moverme.

—Descansa, mi amor. Todo va a salir, bien. Ya lo verás.

La voz de mi madre me daba fuerzas. La escuchaba llorosa. No me podía dejar vencer. Ella creía en mí y sufría por la suerte que había tenido. Dios me daba aliento a través de sus palabras. Es tiempo de levantarme. No puedo morir sin que ese desgraciado pague su culpa.

En busca del verdugo

— Disculpa la demora. Tuve un contratiempo.

Cereza me saludó con un beso en la mejilla. Ya había pasado una semana desde que intenté quitarme la vida y ahora me encontraba en un Café de Miraflores, aceptando la invitación de mi buena amiga para conversar un rato. Después de varios días de no saber de ella, volvía a ponerse en contacto conmigo.

—No te preocupes, no tardaste demasiado —contesté con una sonrisa.

Fueron varios segundos los que pasamos en silencio. Tan solo nos limitábamos a compartir miradas.

— Terminé con Pedro para siempre la noche que me fui de tu casa. Sé que he desaparecido buen tiempo, pero me he sentido muy confundida. Desde que me dijiste todas esas cosas esa noche, que estabas enamorado de mí, Rodrigo…yo…

— Déjalo ahí, Cereza…

— Es que no me entiendes, no es que quiera rechazarte. Después de haberlo pensado mucho, creo que comparto ese sentimiento.

Mi corazón empezó a latir con fuerza. Quería besarla, tomarla de la mano y decirle lo mucho que he soñado con este momento, pero no podía, los recuerdos de esa noche infernal volvían a mi cabeza.
 
—Necesito de tu ayuda —expresé de golpe, expulsando mi mirada más sombría.   

— ¿De qué hablas? —preguntó Karina totalmente desconcertada. La posible esperanza de un café romántico, había sido arruinada por mi inesperado semblante.

—Sé que me conoce porque mientras me torturaba en algún momento me llamó por mi nombre. No he visto su rostro, pero podría reconocer su perversa mirada si la tuviese nuevamente sobre la mía. Cereza, quiero que me ayudes a encontrar al hombre que abusó de mí la noche en la que te confesé mi amor.

 Jhonnattan Arriola Rojas



miércoles, 13 de julio de 2011

Mecánico suicidio en on


La continuación de Mecánico suicidio en off

(...)
La conexión tácita de armonía y aroma me trasportan a ese lugar lejano y bonito en el cual se podía respirar sin tanto peso en el cuerpo, aquellos días de color siempre entonaban bien con tu risa y mi pestañear.

Hoy salí a caminar por el mundo y solo he encontrado cientos de domingos en la arena y en las plazas, atardeceres que podían hacerse eternos y palabras que siempre podían aliviar esta sensación enferma que nos moldea a medida que pasan los años, a medida que crecemos y empezamos a sentir vergüenza de todo y de todos.

Qué fácil es ser niños y no tener todo este cúmulo de sinrazones que nos frenan y nos encierran en ese agujero negro tan reducido tan suyo y tan mío. ¿Por qué será que cuando los años empiezan a pasar, tus arpegios y la colocación precisa de tu capotraste metálico, empiezan a desdibujarse como una imagen sombría que solía tener mucho color? Qué bien entonaban mis sonidos agudos y los miles de motivos inocentes y livianos por cual podíamos reír, aunque no lo creas de vez en vez me suelo opacar, como niebla.

Nos es fácil querer salir al mundo como un torbellino sin camino y sin rumbo, muchos de mis sentidos incoherentes aunque se quedaron ahí, en las fogatas en los parques en las persecuciones de los policías, en mi nos hacemos los muertos, en mis mentitas y en mis piedritas de colores, esas mismas que dejé de coleccionar el día que me fui.

Esas tardes que podíamos mirarnos sin decir una sola palabra, esos buenos días que podíamos tener fe en lo que queríamos y no en lo que debíamos decir. Yo podía leer tu mirada cansada y sólo tú podías descifrar mis movimientos siempre al borde del éxtasis y la demencia. Qué fácil era ser uno mismo, me gustaría quitarme este escudo, porque también tenía el mío. Aunque nunca te lo dije, el mío era más perfecto, más imperceptible ante tus ojos académicos llenos de teorías y fórmulas químicas, biológicas, qué sé yo.

Sé que no era fácil dejar ese mundo que construyeron para ti. A veces pienso en tu graduación, en lo mágico que habría sido verte ahí parado frente a cientos de personas, de las cuales solo te interesaban unas cinco, me sentía orgullosa de ti, aún me siento. Pienso en tu discurso quizás me nombraste, me gusta pensar que es así. Me hace feliz.

Ayer te vi en el periódico y sentí esa mezcla inexplicable que denota felicidad y tristeza, era un artículo de nuevos métodos de saturación médica, entendí la quinta parte y el resto simplemente lo omití. Ya te esperan las grandes hospitales en Londres, Madrid y todos esos lugares enmayolicados que solías recortar en tu diario azul. Eran más de quince años de no saber del chico de cabeza de alcachofa, eran muchos días y ya había construido mi muro de concreto que bloqueaba todos los pensamientos relacionados a mi chico tabú.

Hace mucho no pensaba en ti, a decir verdad hace mucho que no sentía esa necesidad de escupirte y reprocharte ese domingo en que tiraste mis boletos y con ellos mis ansias de escaparme del mundo, ese mundo que a diferencia tuya habían destruido para mí. Dicen que siempre hay alguien para cada uno, créeme que me habría gustado ser esa para ti y tú ese para mí. Tú tenías alma y esa luz que muy pocas veces vi en alguien.

No, no quería que sueñes conmigo como pensabas, no te estaba regalando una licencia para volar, te estaba suplicando que me des autorización para abrazarme de tus alas y poder escapar de toda esta mierda que me acompañaba y que de vez en vez me atrapa en algún rincón de mi soledad.

No era fácil ver como mis dieciséis años se me escapaban de las manos y no podía hacer nada para retenerlos. Estaba cansada de lo mismo, de la historia de siempre, de sus golpes, de sus gritos, de su deporte favorito: hacerme corpúsculo inexorable e imperfecto. Quería huir, nunca te lo dije pero mi casa era un infierno, en donde yo no era precisamente el diablo. Yo necesitaba que me den algo más que polvo, habría sido tan hermoso escapar contigo esa noche, irnos a quién sabe dónde y aparecer en dios sabe qué lugar.

Probablemente tengas una casa preciosa, unos hijos saltando por el jardín y una esposa a lado de una piscina llena de besos y sonrisas, esas mismas sonrisas que me faltan cada vez que veo el reloj y me doy cuenta que la vida se nos ha pasado tan rápido. Desde que crecí crecimos, me repito diariamente, así me siento mejor. ¿Qué será de ti? No sé por qué, pero me gustaría encontrarte en algún respiro, quizás en algún sueño o tal vez en algún otro tiempo en que tenga más ovarios y no tenga que huir de algo que nunca hice. Sí, yo no me fui a volar al mundo como crees, yo me fui como un perro agazapado que busca comida y techo en otro lugar.

Otras veces pienso, en que debí obligarte a venir conmigo para que no te arrepientas después de que me vaya. Pero, mientras más pienso en eso peor me siento y las ganas incontrolables de llorar desbordan mis pupilas de lágrimas ausentes sin futuro y sin presente.

Qué hermoso es verte brillar, sin estas marcaras y cadenas que hoy me destruyen el cuerpo de a pocos. En un par de horas me tocará a la puerta la soledad y nos iremos a tomar un café en tu nombre, prometo no echarle azúcar y me conformaré con tres cucharitas de miel.

Hola mi chico tabú

Prefiero que pienses que recorro muchas ciudades y que esa luz tornasol que me envolvía por aquellos días nunca se disipó, es bueno que te quedes con mi imagen a todo color, para que cuando pienses en mi, sólo se te dibuje una sonrisa con esos hoyitos en el rostro.


No es a título personal,
pero si soy sincera,
es más fácil cuando no estás,
porque así me siento de luto.
Sin luz.Sin sol.Sin verbo.Sin cuerpo. Sin voz.

Jennyffer Salazar


domingo, 14 de noviembre de 2010

Celeste

Fumando un cigarrillo, contemplo el mar y me entrego a la mágica sensación de su fría brisa. Siempre me gustó venir a la “Costa verde”, pararme al filo del más alto acantilado y observar el relajante movimiento de las olas al chocar con las piedras del lugar. Pero hoy, no es como todo los días, no es como siempre lo imaginé, ni como acostumbraba. Son las ocho de la noche de un deprimente viernes. A las nueve…Estaré muerto.

Quién diría que me acabaría rindiendo como un asqueroso cobarde. Que una persona como yo, el siempre fiel consejero de sus amigos, el chico positivo y de sonrisa perenne, acabara decidiendo terminar con su vida, suicidándose de la forma más miserable, ensuciando el mar con su putrefacta sangre. Si tan solo tuviese un buen motivo para esta tonta acción, no me sentiría tan mal.

Simplemente me cansé de vivir, me aburrí de fracasar en todo lo que intento con mucho empeño. Mi banda se desintegró, repetí el ciclo en la Universidad y mi enamorada me cortó hace unos días, alegando que ya no soportaba más mi horrible carácter. Sé que para muchos les puede parecer tonta mi forma de pensar, pero es que ya no puedo más. Tan solo quiero someterme a un sueño profundo y no despertar jamás.

Son las ocho y media. El tiempo pasa rápido cuando no debe hacerlo y es lento cuando solo deseamos que trascurran las horas. Sonreí al reflexionar sobre los minutos y segundos y continué con mi deprimente pesadilla. Las lágrimas se apoderaron de mí, mostrándome mi principal error. Siempre fui muy soñador, entre mis metas siempre me veía grande, publicando un libro, siendo una estrella de rock y teniendo de novia a la mujer más dulce y bella del mundo. Pero lamentablemente volé muy alto, tanto que me estrellé en mi misma cima, cayendo tajantemente a la realidad, despertando bruscamente de mis sueños, asimilando a duras penas lo que es la vida real. Si bien es cierto se dice que la esperanza es lo último que se pierde… Yo ya la perdí.

Las nueve de la noche. El viento sopla con fuerza, tengo mucho frío. Debí haberme abrigado más, pero no importa, no me voy a poner exquisito en los últimos minutos que me quedan. Aunque ir a mi casa por una casaca, sería una buena excusa para no cometer esta locura que no tiene nada de valiente, pero sí mucho de cobarde. Cerré los ojos, ya no importa nada. Si sigo dudando terminaré por escapar de la muerte una vez más, como es obvio, no es la primera vez que lo intento.

Me paro al filo. Cierro los ojos para no mirar al vacío, pero escucho pasos. Alguien viene hacia mí, por inercia retrocedo e intento disimular mi verdadera intención. Empiezo a silbar como un real idiota, creyendo que la persona que está en camino, se creerá el cuento de que solo estoy contemplando el panorama. Siendo sarcástico, bromeo en mi cabeza. “Cómo joden, ya no se puede matar uno tranquilo ¡Qué cagada!”

Los pasos se detuvieron al lado mío. No voltee a ver quién era, me sentía totalmente avergonzado.

- ¡Qué buena vista la que se aprecia aquí!

La voz era la de una mujer. Giré mi cabeza levemente para poder contemplarla. El viento jugueteaba con sus cabellos negros, moviéndolos al compás de su danza de invierno. Los ojos marrones claros de aquella hermosa chica, reflejaban notablemente tristeza, al parecer había estado llorando.

- Sí, este lugar es genial. Se presta bastante para la reflexión, le dije mientras sacaba un cigarrillo y lo prendía.

Al observar detalladamente a mi inoportuna compañera, me di cuenta que estaba bastante arreglaba, llevaba unos tacos enormes y un sexy vestido negro.

- ¿Vas a alguna fiesta?, le pregunté con una sonrisa.

Una fuerte contradicción se forjaba en mí. Por un lado quería que se vaya para continuar con mi patético plan, pero por otro, me ilusionaba encontrar en ella un motivo fiel para no cometer mi asesinato.

- Bueno fuera tener una fiesta…Tengo que trabajar, por eso estoy así de arreglada, contestó ella, mirándome fijamente, como si quisiera ver a través de mi rostro y encontrar mi alma.

- Ah… ¿Eres una especie de anfitriona?

Sonrió de forma pícara al escuchar mi pregunta, y dijo: “Algo así”

El silencio se apoderó de los dos. Hasta que afortunadamente ella lo quebrantó.

-Me harías un gran favor, podrías ir a la tienda y comprarme una lata de cerveza. Te acompañaría pero la verdad es que estos tacos ya no me dejan caminar.

-Claro, no hay problema, le dije.

- Por cierto…Mi nombre es Celeste.

Recibí con agrado los cinco soles que me dio para hacer la compra y me fui a complacer a mi nueva posible amiga.

En el camino no dejé de pensar en ella, realmente es muy hermosa. Cómo es el destino. Un ángel se ha puesto en mi camino, distrayendo mi lado criminal, volviéndome a mi estado original, un romántico soñador.

Al regresar donde estaba Celeste, me percaté que había toda una multitud de personas aglomeradas en su lugar. Me acerqué a ellos y los seguí en su acción, mirar al abismo. Fue tan chocante darme cuenta que allí se encontraba el cadáver de Celeste, encima de las piedras del lugar, pintando de rojo la orilla del mar.

Muchas personas creen que sus problemas son los más duros, que es imposible sobrellevarlos. La verdad es que siempre alguien tendrá otra peor realidad de la que ya conocemos. No existe el más desdichado, solo existen los luchadores, que demuestran que tras las dificultades siempre se puede encontrar una salida.

Desde la muerte de Celeste aprendí a apreciar más mi vida y a no rendirme tan fácilmente. Y aunque me avergüenza recordar que una vez me estuve a punto de suicidar, hoy he decidido contarlo.

El verdadero nombre de Celeste era Diana Requena, era una prostituta. Su padre la violó desde muy niña, mientras su madre se hacía la desentendida. Diana huyó de su casa y se entrego a un oficio lleno de lujuria. A los 22 años no aguantó más y decidió quitarse la vida.

No me fue difícil investigar la vida de aquella mujer que sin querer salvó la mía. A su honor le escribí un libro, el cuál en la actualidad es todo un “Best seller”. Ya han pasado siete años de aquel incidente y aún lo recuerdo como si hubiese sido ayer. “La mujer de noche” es el nombre de mi novela, la cual me permitió cumplir mi sueño de escritor y me llevó a la fama.

Tu historia la conoce todo el mundo Celeste. Aunque quizá no sea la forma más adecuada, de esta manera te doy las gracias. No había necesidad de que tu muerte sea el motivo de mi inspiración, ya que desde que te vi a los ojos, me llené de ganas de seguir, ganas de soñar. Unos minutos fueron suficientes para que cambiaras mi destino. Sin embargo, yo no pude hacer nada con el tuyo. Es por esto que decidí escribir de ti. En mi historia siempre vivirás. Cambié el final.

Jhonnattan Arriola