domingo, 5 de mayo de 2013

Rojo: Necesito terapia


— Ricardo, no olvides que hoy es tu cita con la psicóloga. Espero que ya estés en camino. Cielo, sabes que es lo mejor para ti.

— Lo sé, mi vida…Vo no te preocupes que ya estoy bajando del auto para entrar a mi cita. Apenas salga te llamo para contarte cómo me fue —expresé con dulzura, fingiendo un trabajado acento chileno. Pero sobre todo, poniéndole silenciador a mi beretta de 45 milímetros. No sé si esta noche termine pegándome un tiro, rellenando de pólvora el rostro de la estúpida psicóloga, o simplemente, volándole los sesos a mi novia… pero con amor. 

¿Por qué es tan complicado ser un hombre de bien? Debo admitir que no me sale la cojudez. Estoy colapsando, apunto de vomitar mi cerebro por los constante dolores de cabeza. Y todo por la culpa de mi vieja amiga, maldita Mariela (Revisar post – Rojo: Detrás de la máscara). Después de haber sido traicionado por la mujer a la que alguna vez le salvé la vida, de haberla asesinado sin piedad y de confesarle mi verdadero nombre al mundo entero, no me quedó otra que desaparecer por un buen tiempo. Ya van tres años sin noticias de Rojo.
 
La capital de Chile me dio cobijo para volver a empezar. En pocos meses, ya tenía mi personaje. Ricardo Villavicencio, Director Creativo de la agencia de publicidad “Point Bum”. No sé cómo carajos me dieron el puesto, sin embargo, logré adaptarme rapidísimo. Santiago es una ciudad bellísima. Salvo por la comida, me hubiera gustado quedarme a vivir allí. Pero la presión de trabajar en agencia, los horarios, el estrés de mantener una cuenta y chuparle las bolas al cliente, no es lo mío. Así que a los dos años, con la excusa de abrir un negocio publicitario en Perú, regresé a mi país, dejando atrás mi rojo pasado.

Lo primero que hice al llegar a Lima, fue comerme un buen ceviche e ir a un bar de Barranco a tomarme una botella de Pisco. Allí conocí a Johanna, nos emborrachamos e hicimos el amor como si el fin del mundo estuviese a punto de llegar. Perdimos la cordura por el éxtasis de placer y quedamos tan exhaustos, que permanecimos inconscientes por más de doce horas. Luego, confesamos nuestros demonios, fumando un porrito de marihuana, filosofando de la creación de los tiempos y de las películas de Christopher Nolan. Al día siguiente, fuimos a cenar a la Rosa Náutica… y nos enamoramos.
 
Johanna Monteverde es una mujer maravillosa. Me ha ayudado mucho a organizar mi futuro negocio, pero sobre todo, mi vida. Sin saber mi más oscuro secreto, ha llenado mis días de tanto amor, que poco a poco, mi alma se ha ido limpiando, purificando mi pasado con el olvido. Pero lastimosamente, al año de nuestra relación, con miras de matrimonio y convivencia, mi demencia me volvió a encontrar.

No había noche en la que no despertara agitado, alterado y jadeando de angustia, producto de horrendas pesadillas. Mi inconsciente proyectaba mis asesinatos, uno tras otro. Tuve que mentirle a Johanna y decirle que tenía miedo de esos sueños macabros que afloraban en las noches, excusándome de despertarla violentamente por mis gritos. Sin embargo, lo que sentía era impotencia de no aflorar mi verdadero ser. De continuar un segundo más, siendo amado por alguien que no soy.

Mi novia me recomendó a una excelente psicóloga, y después de varios intentos frustrados de asistir, me decidí por cumplir la cita y buscar una solución a mis dilemas de sangre.

Son las siete de la noche. Llevo media hora esperando a que la asistente, me dé pase para entrar al consultorio de Sandra Mesías, la psicoanalista más famosa del país. Finalmente, las palabras que más deseaba oír, se pronunciaron.

— Señor Villavicencio, puede pasar al consultorio.

Agradecí con una sonrisa y entré a discutir de mis fantasmas con Sandrita.

Debo reconocer que la psicóloga es mucho más hermosa en persona. Si bien es cierto, en televisión sale bastante guapa, sentada en su escritorio y con las piernas cruzadas, toda una diosa, me hace temblar por  su belleza. Me he ruborizado. Y estoy seguro, que la muy puta, lo ha notado.

— Tome asiento, señor Villavicencio. Me alegra mucho que por fin se haya decidido a venir.

Le hice caso en silencio y le arrojé una fija mirada. Le sonreí con delicadeza, y expresándole lo guapa que se veía, me disculpé por las repetidas plantadas que le había dado.

— No se preocupe. Comprendo que debió estar muy ocupado. Esa fue la excusa me dio su novia, cuando me llamó para cambiar la fecha de su cita.  

— Así es — contesté, con mi singular acento chileno.



— Bien, Ricardo, espero que no te moleste si te hablo de tú. Cuéntame cómo te va. ¿Qué tal ha ido tu semana?

— ¿Puedo prender un cigarrillo?

Sandra me contempló por algunos segundos. Y con una sonrisa coqueta, dijo:

— Solo si me invitas uno.

Mientras yo buscaba la cajetilla y el encendedor en mi saco, Sandra sacaba un cenicero y habría la ventana. Cuando volvió a sentarse en su escritorio, le di el cigarrillo y se lo encendí.

— Gracias por permitirme fumar. Vo sabí que es difícil no hacerlo cuando uno está algo tensionado —expresé, después de darle una profunda pitada a mi Lucky Strike convertible.

— ¿Y por qué estás tensionado, Ricardo? Aquí nadie te va a juzgar. Sé que es complicado contar lo que uno siente, pero para eso estoy, para apoyarte. Puedes confiar en mí.

— Tengo muchas pesadillas…hace bastante que no sé lo que es dormir plenamente.

Sandra arrojó el humo de su boca de forma muy sensual, y apagó el cigarrillo en el cenicero.

— ¿De qué son tus pesadillas?

Sonreí al recibir la pregunta de la guapísima psicóloga. Y perdiéndome por un instante  en su mirada de color miel, le respondí:

— Digamos que sueño con mi verdadera vocación. La cual, he dejado en el olvido por tres años. Ya no puedo continuar viviendo sin hacer lo que realmente me apasiona. Pero no sé cómo regresar. Por un lado, podría perder a mi polola. Poner en riesgo la calma que me he ganado con mucho esfuerzo. Pero estoy seguro de que si no hago algo al respecto, terminaré explotando. Y esa bomba de tiempo que se está forjando en mí, puede ser muy letal.

Sandra agachó la mirada, luego, la devolvió en mí fijamente. Me sonrió por compromiso, y dijo:


— No debes dejar de hacer lo que te apasiona…

— ¿Pero si Johanna no lo entiende? —interrumpí de golpe.

— Si no lo entiende, es porque no es la mujer para ti.

— ¿Y cuándo debería regresar?

— Ahorita mismo. No debes dejar las cosas para mañana.

— ¿Está segura?

— Muy segura.

Sin pensarlo, mi verdadera esencia se apoderó de mí, y con una rapidez envidiable, saqué mi arma del saco y le disparé en el pecho.

Silencio y oscuridad. Soy viento y soplo de calma. Con los ojos cerrados, empiezo a escuchar la sinfonía número ocho de Beethoven. Mi alma danza al compás de la música clásica. Me relajo en la nada. Vuelvo a existir.

Abro los ojos y todo está como antes. Salvo que Sandra, sin poder gritar ni emitir algún ruido, agoniza espantada. Aún sigue sentada, tocándose la herida y mirándome con horror.

Dejo el arma por unos segundos apoyada en el escritorio. Saco de mi bolsillo mis guantes negros y me los pongo. Luego, con un pañuelo y un poco de alcohol, limpio mis huellas de la pistola.

Le sonrió con dulzura a Sandra, mientras escribo una nota en su libreta personal.

— Muchas gracias por la ayuda, Sandrita. La pasé de maravilla contigo. Es una lástima que haya acabado así la noche, pero bueno, espero que lo entiendas.

Sandra intenta ponerse de pie, pero es inútil, cae al suelo de cara. Busca arrastrarse hacia la puerta, pero le piso la espalda.

— ¿Realmente pretendes escapar? —le pregunto con inocencia en mi voz.

Me agacho y la volteo para poder mirarla a los ojos.

— Debo confesar que estoy algo nervioso. Hace mucho que no hacía esto. Pero lo vamos a disfrutar. Te lo prometo.

De pronto, la puerta suena. Es la asistente.

— Señorita Sandra ¿Todo bien?

— ¡Por favor, pase! Algo raro le ha pasado a Sandra —exclamo con preocupación.

Apenas la joven asistente abre la puerta, la recibo con un mortal balazo en la cabeza. Para mi mala suerte, yo era el último paciente. No había otra persona por asesinar allí.

 — Disculpa la distracción, Sandrita. Tu asistente quería un poco de protagonismo.

— Te vas a ir al infierno, Ricardo. La policía va a dar contigo, infeliz. Todo el mundo me conoce —aulló agonizante, mi querida psicóloga.

— No soy Ricardo, Sandra. Rojo ha vuelto. Y es gracias a ti.

Admiro la valentía y fuerza de Sandra. Un balazo en el pecho, no fue suficiente para acabar con su vida. Pude darme un banquete de sangre con su cuerpo. Le arranqué cada dedo de las manos y pies, después de haberle cortado la lengua, para disminuir el riesgo de que gritara y la policía venga a molestar. Finalmente, acabé con su vida, disparándole quince balas en la misma herida del pecho. Con sus dedos, escribí “Rojo” en su escritorio, junto a su libreta abierta, mostrando mi literaria nota.

Desde esta noche, mi nombre volverá salir en la portada de todos los diarios. Seguirán soñando con encontrarme, pero solo el infierno de mi locura, hallarán entres mis asesinatos. Necesitaba terapia y la gran psicoanalista Sandra Mesías, se prestó para ayudar. Sin saber que le aconsejaba a su muerte, me dio la respuesta que buscaba. No importa qué actividad sea la que nos apasione. Vivir con la expectativa de realizar nuestros sueños a futuro, es una mierda pintada a colores. El momento de vivir nuestra vocación, es ahora. Sin importar el precio, debemos arriesgarnos. Solo hay una oportunidad de vivir y no podemos desperdiciarla, soñando sin actuar.

Mi alma respira y canta cuando asesino. Y es lo que haré hasta el último día de mi vida. Mientras tenga la fuerza de empuñar un cuchillo en el pecho de alguien, lo haré con pasión, disfrutando cada gemido de dolor de mi víctima.

Rojo

— Aló, amor ¡Cómo te fue! —exclamó emocionada, mi  Johanna.

— Bien, preciosa. Estoy manejando a toda marcha a tu casa, para seguir el consejo de Sandra.

—  ¡Qué bueno, mi amor! Abriré una botella de vino y te esperaré linda para que me cuentes todito, precioso.

— Gracias, mi vida. Hoy te confesaré mi verdadera identidad —dije con un tono coqueto.

— ¿Ahora quién serás, bebé? No me digas que vendrás disfrazado de Rojo, el asesino, y me matarás a besos.

Me quedé en silencio por un segundo. Sonreí frente al espejo retrovisor de mi auto. Johanna es una mujer espectacular. Creo que antes de decirle quién soy en realidad, le haré el amor.

— Precisamente, mi niña. Hoy te voy a matar…a besos.

Jhonnattan Arriola Rojas


domingo, 31 de marzo de 2013

Living Soledad

Llueve como en ninguna otra noche. El frío me aturde, me confunde. Mi cuerpo tiembla al compás del viento. Me siento un espectro en la oscuridad, deambulando a paso lento en la orilla. Desafío al mar, arrojándole una piedra con todas mis fuerzas. Intento bloquear mis sentidos, pero no puedo evitar pensar en ella. El recuerdo de su piel me eleva al infinito, como droga alucinógena.

 
Soledad:

Jamás olvidaré la primera vez que la hice mía. Sin saber su nombre, nos sumergimos al fuego del placer, sin preguntas ni reclamos, solo nos dedicamos a dar lo mejor en la cama. Una vez al mes, sin falta iba a visitarla. Ella trabajaba en Céfiros (El mejor burdel de Lima). Un amigo me recomendó el lugar, y por curiosidad, con una buena dosis de tristeza, fui a invertir mi dinero en amores de una noche. No fue difícil  decidirme por Soledad, sin duda, era la ninfa más hermosa del local. Su piel canela era una tentación, y su sonrisa, la coquetería echa gesto. Su figura esbelta y sus curvas seductoras, me enamoraron a primera vista. Me la llevé a la cama, disfrutando al máximo cada segundo a su lado. La besé y acaricié a mis anchas. No se negó a ninguna de mis peticiones, obediente, cumplió su misión de hacerme estallar de placer.

La primera vez que partí de Céfiros a mi casa, no entendí por qué diablos había caído en ese lugar. Como un niño asustado, me juré nunca más volver, sin embargo, no pude ser firme en mi decisión. Poco a poco, empecé afilar el cuchillo, que finalmente, terminaría penetrando mi alma, dejándome en el vació.

Mi nombre es Arturo Quiroz, soy arquitecto con una maestría en Negocios Internacionales. A mis 35 años, entre comillas, mi vida debería ser perfecta. Tengo dos hijas, Teresa y María Gracia…Dios, realmente muero por mis niñas. Si he llegado tan lejos en mi vida profesional, ha sido sin duda por ellas. El simple hecho de imaginar que les espera un gran futuro, me da fuerzas para seguir trabajando, día y noche, superando mis propios límites. A su vez, no puedo dejar de darle crédito a la mujer que nunca dejó de confiar en mí. Cuando no tenía dónde caerme muerto y ahorraba para pagarme los estudios, trabajando en un Fast Food, ella no dejó de alentarme y apoyarme para que cumpla mis sueños. Camila es una estrella en mi vida. La amo con todo mi corazón. Ser su esposo es lo mejor que me ha pasado en la vida. Sin embargo, de un momento a otro, la soledad invadió nuestra cama, convirtiéndonos en dos extraños de sábanas compartidas.

Camila:

¿Cómo se puede acabar una relación de tantos años? ¡Coño! ¡El amor no se puede ir así nada más, por la reparimpamputa mierda! Me siento fatal, mientras le sonrió como imbécil a mi esposa, diciéndole: “Te amo, mi amor. Nos vemos en la noche”. Me voy a trabajar hecho un demonio por dentro.

Todos los días me rompo la cabeza y no doy con el problema. Juro que he pasado noches en vela reflexionando al respecto, esperando encontrar una solución, pero ha sido inútil. De un momento a otro, Camila se mostró muy fría conmigo y por más que le preguntaba el porqué, jamás se tomó la molestia de darme las explicaciones del caso. La muerte fue lenta, silenciosa. El desamor es un cáncer maligno, que mientras piensas que todo anda bien, se va ramificando por dentro.

Y así fue, de compartir noches infinitas, a casi no pasar ni un instante juntos, de conversaciones extensas, a banales y cortantes…de fingir algunos dolores de cabeza en la cama, a prácticamente renunciar a hacer el amor. Sin previo aviso, empecé a sentirme solo al lado de mi esposa. Intenté de todo para recuperarla, detalles, cenas románticas, entablar forzadas pláticas al respecto, seducirla, pero fue inútil. Al parecer la química que nos había unido todos estos años,  había desaparecido. Solo me quedó contemplar, cómo mi vida amorosa se iba cayendo a pedazos.


Fueron meses de tortura, fingiendo que todo andaba bien, sin atreverse a poner un alto. Camila y yo nos consumíamos en la misma habitación, luchando a ciegas por nuestras hijas, vendiéndoles un mundo de mentiras. Hablándoles del amor, mientras nosotros ya no lo sentíamos.

Finalmente, di a parar en “Céfiros” buscando un consuelo, ebrio de mis penas, cometí el mejor acierto o el peor error de mi vida. Después de 5 meses sin tener intimidad con mi mujer, sin escuchar siquiera de sus labios un “Te quiero” preferí acostarme una sola noche con una prostituta, a engañarla con alguna amiga, involucrando más que un sueño de cama. Sin embargo, jamás imaginé que el silencio de Soledad y la entrega de sus caricias, me hiciese regresar, para saber más de ella, y sin querer, enamorarme de la fantasía que representaba para mí.

Cada vez que iba por Soledad, pagaba por ella para llevármela toda la noche (Mi esposa nunca me preguntaba por qué no llevaba a dormir. Al parecer, ya no le importaba). Al principio, nuestro encuentro era enteramente pasional, teníamos sexo hasta quedar inconscientes del cansancio. Pero con el tiempo, simplemente conversábamos, salíamos a pasear y nos contábamos nuestra vida. Ella soñaba con ser cantante, tenía una voz hermosa. Mi sentido del oído llegaba al éxtasis al escucharla. Era fascinante verla darme un concierto en la habitación del hotel, imaginándonos que nos encontrábamos en un gran escenario, y que yo era su fan número uno.

Teresa y María Gracia

Ya lo tenía planeado. Iba a fugarme con Soledad. A las once de la noche la recogería del hotel y nos largaríamos a Argentina (Había conseguido un gran proyecto profesional allí). Al diablo con todo, pensaba, iba a dejar el 100% de mis pertenencias en mi casa para que nadie sospeche. Sin embargo, una conversación con mis hijas, cambió totalmente mis planes.

Estaba en el patio de la casa, fumando un cigarrillo, mientras mi esposa, fingía estar dormida un viernes a las 8 de la noche. De pronto, sentí un cariñoso dedo martillando repetidas veces mi espalda. Giré,  y  la sonrisa de Teresa, me llenó de paz. Mi Teresita llevaba de la mano a su pequeña hermana, juntas, tenían algo que decirme.

“Papá, mami está triste, la hemos escuchado llorar en su cuarto. ¿Crees que sea porque cancelaste el viaje que teníamos planeado a las playas de Grecia? Ella estaba muy entusiasmada, al igual que nosotras. Papito, ya casi ni te vemos. Últimamente ya no nos cantas nuestra canción antes de dormir. ¿Nos hemos portado mal, papito? Si es por eso, venimos a pedirte perdón para que puedas volver a jugar con nosotras”.

Teresa tiene 6 añitos y María Gracia 4. Si bien es cierto siempre lo han sido todo para mí, fue en ese momento en el que desperté por completo, en el que me di cuenta de lo miserable que sería sin ellas. Había sido el peor padre del mundo por pensar en la posibilidad de dejarlas. Así que conteniéndome las lágrimas, acosté a mis niñas, cantándoles su canción, y fui a despedirme de Soledad para siempre.


Grecia

Han pasado dos meses desde que le dije a Soledad que lo nuestro era una locura. Que la promesa que le hice de llevarla a Argentina para que nunca más volviera a trabajar en un burdel…no la podría cumplir. No la protegería por siempre, tal como se lo dije entre lágrimas una noche. Sería un tonto si dejaba de luchar por mi matrimonio,  y ella debía entenderlo.


Romper un corazón es fácil, pero vivir sabiendo que lo hiciste, te carcome por dentro. Mentiría si dijera que no la volví a buscar, no con la intención de retractarme, sino de pedirle perdón por mi determinación insensible. Pero no la encontré. Había dejado de trabajar en Céfiros y nadie sabía su paradero.

Ahora, frente al bello mar de Grecia, lloro una vez más. Lloro por mis hijas, que a pesar de que las veo a diario, me siento lejos de ellas. Sufro por mi mujer, porque sé que le he fallado y no me atrevo a confesarle mi crimen de amor. Mi alma grita por Soledad, porque no sé nada de ella…y su recuerdo me persigue sin cesar.

-       ¡Arturo!

Alguien gritaba mi nombre y se acercaba a paso acelerado. Estaba en blanco, sumergiéndome cada vez más en el mar.

-       ¡Arturo! ¡Qué diablos haces!


Camila me despertó del trance y me jaló nuevamente a la orilla, dándome unas cuantas cachetadas para que reaccionara.

-       ¡Arturo, reacciona, por Dios!, exclamó Camila, sin dejar de darme leves bofetadas en las mejillas.

Vi a los ojos a mi esposa. Me quedé perplejo ante su mirada. No me contuve más y caí en llanto. La abracé como un niño y le dije lo mucho que la amaba.

-       Perdóname, Arturo, perdóname por todo. Te he hecho mucho daño…

-       Ya no digas nada. No tiene caso.

Nos miramos a los ojos. Ambos estábamos llenos de tristeza. Pude darme cuenta en su mirada que estaba destrozada, se aferraba a mi pecho con fuerza, mientras no dejaba de sollozar.

-       Arturo, te he fallado. Hay tanto que no te he dicho. Fui una estúpida. Siempre andabas viajando, trabajando hasta muy tarde. Nunca tenías tiempo para mí. Todo era prioridad antes de pasar un rato a mi lado. Venías cansado y lo único que querías era hacerme el amor...a pesar de que eras mi esposo, me sentía usada. Y en la última salida que tuve con mis amigas, conocí a un tipo, un patán, sin embargo, busqué equivocadamente en él la atención y el cariño que tú no me dabas. Felizmente me di cuenta a tiempo y lo mandé a rodar, pero ya no tenía cara para mirarte a los ojos. Y justo en ese momento, empezaste a cambiar, a esforzarte más por los dos, y yo ya no podía más con la agonía de la culpa. Por eso empecé a evitarte, a volverme fría. Hasta ahora, que quiero que sepas que eres el hombre de mi vida. No puedo vivir sin ti…de verdad no quiero perderte. Arturo, te amo, te amo tanto…

Mi corazón se paralizó. Cerré los ojos por unos segundos con la esperanza de abrirlos y encontrarme en otra dimensión, sin embargo, seguía frente a ella, abrazándola.

- Yo también me he equivocado, Camila. Pero si estoy aquí contigo, no es para mirar atrás, sino para olvidar todo lo malo y salir adelante por nuestras hijas.

Camila me plantó un beso en los labios. Me resistí al principio, pero finalmente me entregué a la pasión del sentimiento. Esta noche no quiero pensar en nada más. Le haré el amor a mi mujer y despertaré a su lado, diciéndole que aún la amo. La herida aún sangra en nuestros corazones. Dudo mucho que se pueda reparar en su totalidad. Pero por Teresa y María Gracia, vale la pena luchar hasta el final. Así como ella olvidó a su amante, lo más probable es que con el tiempo, deje de pensar en Soledad.

El desamor no tiene cura. Pero el amor lo puede todo.

Jhonnattan Arriola Rojas