miércoles, 29 de junio de 2011

Un rencuentro cobarde es un recuerdo cobarde


La cobardía es asunto de los hombres no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí. Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.



Ahí estabas tú. En aquel café, en el cruce de las calles el Silencio y las Letras. Con aquel cigarrillo que nunca fumaste. Ya no esperabas nada de la vida, salvo que se cumpla la promesa que alguna vez hicimos.
Después de 15 años, tú y yo, teníamos una cita, en el mismo lugar, a la misma hora.
Te miraba de espaldas, mirando el reloj que llevabas en la muñeca.
- Ah, cuanto has cambiado! –
Pero por fin ahí estabas, esperándome como siempre, como cada vez que llegaba tarde.
“Más guapo que cualquiera”

Y ahí estaba yo. Con aquella figura que jamás pudiste volver a tocar, con el pelo largo y negro que tanto odiaste. Lista para volver a amarte con la mirada y en silencio. Ahí estaba yo y mi mirada de amores desgraciados, yo y mi único secreto.
Me viste, y no te sorprendiste. Tú sabías que llegaría. Y es que en 15 años, no fue necesaria ninguna llamada para recordarlo. Siempre fui tuya y tú mío, y eso siempre fue suficiente.

Me miraste y no te sorprendiste, me arrimaste la silla y yo me senté en frente de tu sitio.
Escogiste un buen lugar, la mesa pegada al vidrio que daba a la calle, aquella calle silenciosa.
Y una vez más, cruzamos las miradas y nuestros ojos se pusieron vidriosos.
El mozo llegó, y me sirvió aquel vino tinto que tantas veces tomamos.

Y yo brindé por ti.
- ¡par ta faute! (por tu culpa) -
Y sonreí, con lágrimas en los ojos.
Tú me miraste, alzaste la colpa y dijiste
- merci beaucoup - (muchas gracias / sarcasmo)

Me prendiste un cigarro para recordarme que yo era tu reina.
Me preguntaste como estaba, y en realidad, sabía que eso no te importaba.
Resumí, una vida y te dije
- Bien, todo tranquilo, ya sabes la historia y tú?
Tu mirabas mi boca, podía sentir el peso de las ansias en tus ojos café, y como si no me hubieras escuchado me dijiste
- Estas hermosa -

Escarapelaste mi piel, como siempre y encendiste aquel vicio en el que estuvimos desde que nos conocimos.
Me miras, me miras de cerca, me miraste cada vez más de cerca.
Vi tus ojos cada vez más grandes. Nuestras bocas luchaban y luchaban como siempre, hasta que alguien, TU, cedió.

Nuestras bocas se encontraron y se amaron como siempre, como hace 15 años.
Como en cada sueño, como cada vez que te vi y no pasó. Como cuando lo imaginaba.
Y mientras me besabas, cantabas que era solamente un beso y que el destino te estaba llamando. Y yo cogía tus brazos para no volar, para que no te vayas y te besaba más suave para no perderme cada milésima de segundo.
No, esta vez no era un sueño.

Pero después de aquel beso, ya no había nada más que decir. ¿Cobardes? Tal vez.
Me pare y me fui.
Era la primera y última vez que tú me veías partir.
Tal vez miedo, tal vez amor. Nunca lo sabré.
Pudiste decir algo más, ¿no?
¡au revoir mon amour!
La cobardía es asunto de los hombres no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar, ni el mejor orador conjugar.


















domingo, 26 de junio de 2011

La última canción

Hoy es un día de aquellos en los que me pongo a filosofar sin ni siquiera saber qué es lo que significa.

Intento componer la melodía difusa de la vida mientras mis dedos marcan los trastes de mi guitarra. Y es cuando canto que las palabras afloran lo que nunca dije al quedarme inmóvil al medio del camino.

- Cántame una canción – me dijo.

Suelo componer canciones cuando estoy deprimido, y la verdad, lo hago todos los días. Me encanta echarme a volar a la deriva mientras el presente sigue en el mismo rincón sufriendo. Rasgueo las afinadas cuerdas de mi compañera mientras las lágrimas mojan mis mejillas.

La llamaba todos los días porque me encantaba escuchar su risa cuando conversábamos de temas sin sentido alguno. Esa era nuestra rutina. Cada noche a las 10:45, reservábamos un mundo donde ambos echados en nuestras camas hacíamos un divertido resumen de lo acontecido en el día. Y al culminar, rasgueaba mi guitarra y le cantaba una canción. La que sea, a ella le gustaba escuchar y cada noche era un a canción nueva. El simple hecho de que ella esté del otro lado disfrutando, hacía que las palabras fluyan de tal manera que parecían que no tenían fin.

Recuerdo a la perfección las tres horas que pasé en un parque de San Isidro pensando en ella, haciendo una canción donde cada estrofa llevaba su nombre. Nunca supe en realidad lo que sentía por ella, éramos amigos pero existía un vínculo muy fuerte. Si no era amor, era algo muy parecido.

10:45 pm

Tomé mi celular y en el registro de últimas llamadas encontré su nombre. Presioné llamar pero nadie respondió. Tuve una sensación extraña pero seguí intentando, aunque no tuve resultado alguno. Luego de diez llamadas perdidas decidí dejar mi celular y mirar el mar mientras que la rabia y frustración iba carcomiendo poco a poco mis sentimientos.

Una hora y media más tarde, el vibrador de mi celular me alertaba que tenía una llamada entrante. Era ella. Por más resentido o molesto que pude haber estado, ver la pantalla de mi celular con su nombre en ella generaba una emoción única y mis ojos brillaban.

-¿Aló?

- ¡¡¡¡Perdón!!!!

- Me asusté, es bastante el tiempo que venimos haciendo esto… pero no importa – le dije con voz tierna y suave.

- Sí, lo sé, discúlpame en verdad.

- ¿Y qué pasó, por qué no contestabas?

- Lo que pasa es que estuve todo el rato con Daniel en mi sala y mi celular estaba en silencio.

- ¿Daniel? – le pregunté sorprendido.

- ¡Sí! Es que no te conté porque todavía no era nada seguro… Es un chico de mi trabajo con el que salía almorzar todos los días, a veces regresábamos juntos. Y… Bueno ayer me dijo para ser su enamorada y le dije que sí.

No podía sostener el celular.

- ¿Le dijiste que sí?

- Sí… creo que ya es hora ¿no?

Y me hundí. Estaba perdido en el subsuelo de mis emociones y seguía cayendo.

- Oye, ya es muy tarde y mañana tengo que trabajar. ¿Me cantas una canción? – Me preguntó.


- Claro…

Alejé el celular de mi oreja, lo miré fijamente y colgué llorando.

Tomé mi guitarra y empecé a cantar.

Una y otra vez, la misma melodía, la misma tonada, la misma inspiración. Y los papeles anotados con extrañas palabras vuelan junto al viento persiguiendo mis anhelos.

Te quiero.