domingo, 30 de octubre de 2011

Todos llevamos un marica dentro

Cuando una amistad es verdadera, los objetivos de uno se vuelven el esfuerzo del otro. Saber que en cada acto tendrás una mano, no sólo para resguardarte, sino para acompañarte en cada paso que emprendes y sostenerte si en algún momento del camino por error, caes. ¿Eras tú ese amigo?

Siempre vi a Iván como si fuese el hermano mayor que nunca tuve, aunque sólo era 5 meses mayor que yo. Su vasto conocimiento sobre la vida y su experiencia obtenida en sus viajes alrededor del mundo hacía que sienta una profunda admiración por él. Y más aún, cuando volví después de medio año al finalizar mi excursión por el Perú, aunque lo noté cambiado, muy cambiado.

Sincero como ninguno y el mejor amigo que pude haber tenido. Amante de la lectura y escritura. Su gran sueño era publicar una trilogía sobre historias de asesinatos donde el protagonista era él. Y mientras realizaba su largo proyecto, iba mejorando su nivel de redacción en un blog muy reconocido pero privado. Sólo gente que él invitaba lo podían leer, lamentablemente nunca estuve entre sus elegidos. 

Siempre tuve curiosidad de saber qué tanto escribía. Se pasaba largas horas en su departamento, fumando miles de cigarrillos - según él - la mayor fuente de su inspiración. 

No sé si maldecir o agradecer el día en el que Fátima, una de sus amigas más cercanas, escritora como él, me invitó a su casa para pasar el rato. Ella me consideraba su íntima amiga, pues siempre conversábamos de sus amores y desamores, acompañados de nuestras tazas de café cortado con una de azúcar, y un poco de tabaco para amenizar el ambiente.

Compartía el mismo blog que Iván y a diferencia de él, ella creyó conveniente que leyera uno de los textos publicados. Y esto fue lo que encontré.
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¿Maricona amistad? 

Puta madre, no lo puedo creer. Todo el mundo cambia en su vida, nada tiene que seguir igual. Y un claro ejemplo de eso fue ese maricón” 

Fue una triste tarde en la que decidí ahogar mis palabras cuando estuvimos los dos en el parque Kennedy de Miraflores.

Después de casi medio año nos volvíamos a ver las caras. Todo fue tan confuso y a la vez, sorprendente. Yo no había cambiado quizá mucho;  ahora vestía como bohemio, fumaba Marlboro rojo y adelgacé como si hubiese estado toda mi vida en un gimnasio. Pero, por otro lado, Javier ya no era el de antes. Ahora se delineaba los ojos, hablaba con un acento mucho más fino y usaba vincha. Los rizos que el siempre presumía, hoy estaban lacios, y al parecer era permanente.

Nos sentamos en una banca y comenzamos hablar mil y un tonterías, pero por mi mente solo pasaban vagamente aquellos recuerdos de cuando te conocí realmente varón. 

¿Pero qué coño te pasó Javier? ¿En qué pensabas cuando decidiste aparecerte así de repente y pensar que todo sería igual? Ahora pretendes ser otro, perdón otra, y hacer que te vea con los mismos ojos con los que te veía antes. Fuiste mi hermano, fuiste mi amigo, fuiste mi compañero de siempre, con el que compartía cada instante de mi vida, y ahora siento que no puedo enseñarte ni mis calzoncillos nuevos.

Lágrimas empezaron a rozar mis mejillas.

Quizá en otra vida, ¿me entiendes? ¿Qué quieres que piense ahora? Que eras tan buen amigo conmigo pero quizá tu mente pudo estar vinculando nuestra amistad con otra cosa que mejor ni la menciono, es más ni la deseo pensar. Qué pena…
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Apagué mi cigarrillo y me despedí de Fátima.

Caminaba a toda prisa. Por mi mente vagaban pequeñas escenas que para mí eran inolvidables. Las veces cuando renegabas por mi falta de cultura. Cuando me tildaste de maricón cuando no me tiré a la ex de Pedro. Las lágrimas que derramaste en mi hombro cuando Diana te fue infiel con tu compañero de estudios. El abrazo que me diste en el día de la amistad jurándome que seríamos amigos por siempre, pase lo que pase. Sí, así lo dijiste: “Pase lo que pase”.  ¿Lo recuerdas?

Hoy me pongo a pensar a quién verdaderamente las personas le dicen vilmente “maricón”. Y quizá tenga una respuesta, sin muchos fundamentos pero es la única que encuentro. Un maricón no es quien intenta vivir como mejor se siente, como es feliz, que actúa como le vengan en gana. Para mí, un maricón es un cobarde, una persona que no es capaz de afrontar lo que tiene en frente y asimilarlo. Un marica niega una amistad. Un marica manda a la mierda años de compañerismo. Un marica prefiere huir. Alguna vez, todos fuimos unos maricas, y lo seguiremos siendo mientras no aceptemos la realidad que nos toca vivir.

“No sé que más habrás escrito sobre mí, pero te aseguro que no encontrarás más inspiración a costa mía. Gracias por hacerme notar la valiosa amistad que desde siempre me brindaste, marica”.  Fue el comentario anónimo que envié.

Así lo veo yo.
¿Y tú?







jueves, 13 de octubre de 2011

Los buitres rojos

-¡Vamos, Chicho, ayúdame a quitarle la billetera a este sanazo!

La voz de mando de Chato Burro. Aguda pero firme. Nunca la he escuchado quebrarse. Me da la orden de entrar en escena. Dudo. Un frío sudor recorre mi frente. Me sentía tan seguro hace unos minutos, pero ahora, contemplando cautelosamente la escena. Tiemblo. 

A ritmo de los tambores y del corillo “Somos rojos, una pasión, un corazón”. Más de diez miembros de la barra de “Buitres rojos”,   a patadas y jalones, intentan despojar de todos sus bienes de valor, a un inocente hincha del equipo morado, “Turroneros”.

- ¡Por favor, déjenme! ¡Llévense todo, pero no me lastimen más, por favor!, gritó desesperado el pobre muchacho.

- ¡Cállate huevón! ¡Si haces escándalo te quemo ahorita!, contestó el aguerrido jefe de barra. Como dicen, hasta las piedras tiemblan cuando habla el Chato Burro.

- ¡Carajo, Chicho! ¡Déjate de huevadas y ven con nosotros!, exclamó el Chato, mirándome de reojo.

No pude evitar perderme por unos segundos, bloquear mis sentidos por los nervios y recordar aquel partido de Buitres Rojos contra Turroneros, aquella charla tan especial con mi padre. Tenía ocho años, aún estábamos en los noventas. Aún soñaba con ser astronauta.

Turroneros vs Buitres rojos (1998)

- Nos ganaron, papá. Y por goleada. ¡Me dan ganas de ir al estadio y patear a todos los jugadores de Turroneros!

Eran las siete de la noche. Mi madre nos hizo canchita para que mi padre y yo, pudiésemos disfrutar de una linda tarde de fútbol, pero lastimosamente, el resultado no fue agradable.

- Ay hijo. Así es el fútbol. A veces se gana, y a veces no. Y uno debe tomarlo con tranquilidad. Es un deporte, su fin es la recreación y solo eso debe trasmitir, expresó mi padre mientras acariciaba con dulzura mi cabeza.

- ¿Entonces por qué siempre afuera de la casa se andan pegando los de la barra de esos equipos?, pregunté con algo de inocencia.

Mi papá, el mejor arquero de fulbito de domingos del mundo, me sonrió de lado, y me dijo algo que hasta hoy, no había vuelto a retumbar en mi cabeza.

“Un verdadero hincha es el que alienta a su equipo en las buenas y en las malas. El que celebra cada gol con alegría. No el que usa el nombre del equipo para cometer barrabasadas.  La violencia no es parte del futbol. Es parte del mal manejo de las  emociones y de los conflictos internos del ser humano.  Hijo, si de verdad te gusta alentar a tu equipo, hazlo, pero recuerda que siempre debes respetar a los demás. El día que lo dejes de hacer, perderás el respeto por ti mismo”.

Abrí los ojos. Otra vez la escena de violencia y los gritos de Chato Burro, llamándome sin cesar.
Reaccioné, y simplemente atiné a ponerme en medio del joven y de los agresores. Lo ayudé a escapar. El estadio estaba repleto, el partido acababa de terminar en un empate sin goles. El asustado muchacho, logró afortunadamente perderse en la multitud en segundos. No dijo gracias. Y tampoco esperé que lo hiciera. Fui feliz con saber que llegará vivo a casa.

  - ¡Qué diablos hiciste! ¡Lo dejaste ir!, exclamó Chato Burro, mirándome con furia.

- No seas tonto, Chato. Ahí viene la policía, mejor vámonos de una vez. No quiero pasar la noche en una celda, dije, barajando la situación, volviéndome a meter al bolsillo al líder de la barra.
 
Chato Burro se tragó el cuento al igual que los demás nueve presentes, que sin dudarlo,  lo seguirían hasta la muerte.

 Y así fue. Salimos del estadio coreando: “Somos rojos, una pasión, un corazón”. Mientras que una lágrima rodaba en mi mejilla. A los quince años murió mi padre,  me metí a esta barra y mi vida se volvió roja. Pero dentro de mi nostalgia, volví a sonreír.  Las enseñanzas de mi padre que creí olvidadas, aún viven en mí.

Jhonnattan Arriola


domingo, 2 de octubre de 2011

Nada de narajanas, nada de gemelas

Autora invitada: Raquel Foinquinos

Siempre pensé que encontraría al amor de mi vida y todo sería muy fácil. "El amor de mi vida"... precisamente compenetrados para coordinar en todos los niveles, hasta cuando nos enojáramos. 

Había llegado a mí la astrología de Rodolfo Hinostroza. Encontrar a mi perfecto opuesto con el que me sentiría atraída desde el primer momento: necesitaría a alguien que tenga Venus o Marte en Virgo, o que sea Acuario o Escorpio... luego de un tiempo me permití desencasillarme y redefinir. 

Que sea mi perfecto opuesto no quiere decir que sea el amor de mi vida. No. Conocí a una persona así, lo conocía desde hace 6 años y mientras practicaba la astrología enseñada, logré averiguar todos sus datos, como era mi amigo fue fácil. 


En ningún momento he sentido atracción alguna por él, entonces comencé a estudiar más a profundidad la situación. Mi conclusión fue que no existía tal alma gemela, complemento perfecto, etc. Lo más perfecto que puede existir no es algo perfecto en sí. Se nos enseña eso del complemento perfecto, el alma gemela y se nos hace dependientes afectivamente. Mitad y mitad, uno y uno que hacen dos. No lo sé. 

No. Mi media naranja, mi complemento perfecto, mi alma gemela soy yo, yo y todas mis otras yo, somos las perfectamente complementarias. Y así me encontré, sentada frente a un espejo mirándome a los ojos y conociéndome. Alejandro Jodorowsky dice que tenemos 80 000 almas gemelas regadas en el mundo, que a cada uno de nuestros cambios le corresponde un alma gemela. Tiene razón. Al final, yo soy tú y todos los demás. Entonces, ¿cómo encuentro al amor de mi vida? 

Supongo que el amor de mi vida sería mi compañero eterno; con el que, por decirlo de alguna manera, mientras vamos evolucionando independientemente coincidimos más veces; que su simple existencia me ponga contenta; que nuestros caminos se crucen sin querer; que uno y uno hagan Uno con el universo entero.

Creo que la independencia en el ser, para encontrar al amor de mi vida, es el requisito más importante. Y que afloremos en el otro el deseo de compartirle lo que somos a los demás. Todo eso en líneas generales. Los proyectos, principios, y más cosas personales que coinciden o se complementan serían los detalles y claro que no espero a un amor perfecto y sin problemas ni etapas.

Típicamente, se dice que soy muy joven para encontrar al amor de mi vida. No creo en lo que dice la gente que debe ser.

En realidad, creo que todo lo escrito acá será completamente irrelevante para lo que sucederá. No se puede conceptualizar el amor, definirlo, encasillarlo en una forma correcta de encontrarlo. Aún así lo estoy haciendo, aunque sé que no debería. 

Estas palabras son nada comparado a lo que puedo sentir. Soy feliz cuando lo veo sonreír, cuando lo veo reír. A él le quisiera dar mi vida entera, quisiera ser su fiel pastel de cumpleaños y que me coma cada año (hasta que cumpla infinitos años), y curarlo de la vida cuantas veces se requiera. Tener una casa y que seamos padres de muchos hijos. Igual, mis deseos poco harán con la realidad por el momento. Él ahora camina por otro sendero, parecido al mío quizás, pero alejado de mí. No lo quiero poseer, no lo quiero tener, no quiero ser su novia, aún así lo sigo admirando, respetando y cada día siento que lo amo mejor. 

Dicen que una pareja está compuesta de alguien que ama más y alguien que ama mejor, y no hay nada malo en eso, así funciona. De seguro yo soy la que ama más, lo malo es que cuando no estás bien contigo mismo, te jodes. Prácticas autosabotage (léase en francés). Cuántas veces lo habré hecho con nosotros, cuántas veces lo habremos hecho con nosotros. Cometemos el error de meternos en una relación, de decir "te amo", cuando ni si quiera estamos amándonos a nosotros mismos, cuando ni si quiera nos aceptamos, cuando aún proyectamos nuestros miedo en el otro. 

Si algo he concluido sin lugar a dudas este tiempo es que los problemas que tengas en una relación de pareja con la otra persona, no son problemas de esa persona, son problemas tuyos que sueles proyectar. Algunos dirán que soy una cojuda, pero yo estoy convencida de una sola cosa: Yo al amor de mi vida ya lo he encontrado, solo es cuestión de ser paciente. Lo bueno toma tiempo, se tienen que construir los cimientos.

Amar es estar contento con la simple existencia del otro, así de simple.